COLUMNISTAS SIRIA Y EL CAPITALISMO ARCAICO

El fracaso de Occidente

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Todo puede ocurrir en Siria. Una intervención de Estados Unidos, solo o acompañado, y una respuesta simétrica de Rusia. China podría inmiscuirse, del mismo modo que Irán e Israel. O sea que podría estallar una guerra regional devastadora; incluso mundial. Medio Oriente es un caldero al máximo de presión desde hace mucho tiempo.

Al Assad puede triunfar o ser derrocado. Siria podría incorporarse al anecdotario reciente de países árabes o persas que van de satrapías a “democracias” hegemonizadas por fundamentalistas religiosos, como Libia; o de éstas últimas a dictaduras militares, como Egipto. En cualquier caso, el caos. Pase lo que pase, el fondo de la cuestión es que la “occidentalización” del mundo árabe y persa, que Occidente vende como la instalación de la democracia republicana (“libertad, igualdad…”), es en los hechos la explotación capitalista despiadada de los recursos naturales de la región, con total prescindencia del tipo de régimen en plaza. Ahí tenemos a Arabia Saudí, un enorme pozo petrolero cuya monárquica estabilidad fascina a Occidente y donde las mujeres no pueden votar ni conducir vehículos y para recibir asistencia médica o viajar necesitan la autorización por escrito de un tutor masculino. El otro gran aliado occidental, Israel, es una democracia con toda la barba cuyas necesidades de defensa están más que justificadas, pero que practica el terrorismo. Decir esto ha dejado de ser una “provocación antisemita” desde que ciudadanos estadounidenses, judíos y respetadísimos intelectuales como Noam Chomsky y Gore Vidal, entre muchos otros, lo han dicho y escrito.

Se olvida con ligereza que la inestabilidad regional sistemática si no empezó, se agudizó en Irán. No hay espacio aquí para desarrollar la historia del subdesarrollo iraní y sus conflictos internos posteriores a la guerra de 1914 y la revolución soviética; de la intromisión de Inglaterra y Estados Unidos, ansiosos por apropiarse de su petróleo y mantenerlo lejos del vecino comunista. En 1953, el gobierno democrático y nacionalista moderado (había nacionalizado el petróleo e impulsado una reforma agraria) de Mohammad Mosaddegh fue derrocado por un golpe de Estado organizado y financiado por la CIA. El Sha Muhammad Reza Pahlavi pasó a ejercer el poder absoluto, desencadenó una implacable represión contra la izquierda, los nacionalistas y algunos líderes religiosos y, en “déspota ilustrado”, inició la “modernización” de Irán. En rigor, una occidentalización capitalista salvaje que acentuó las desigualdades y debilitó o destruyó las redes y mecanismos familiares y religiosos tradicionales, sin reemplazarlos por los sistemas de protección social occidentales.

Este capitalismo arcaico que los países desarrollados de capitalismo moderno aplican a los demás, desembocó en 1979 en la “revolución islámica” del ayatollah Khomeini, el primer régimen fundamentalista abierto y activamente antioccidental en un gran país petrolero. Luego vinieron las dos invasiones occidentales a Irak, basadas en falsedades ampliamente comprobadas, que provocaron centenares de miles de víctimas y el caos en el país. Antes, Occidente había cerrado los ojos ante el empleo de armas químicas contra Irán por su todavía aliado, el sátrapa iraquí Saddam Hussein.

“(…) Si Occidente hubiese dejado a los países árabes en libertad de tomar sus propias decisiones (...) hemos sostenido a gobiernos muy poco recomendables y hemos derrocado a otros que no considerábamos simpáticos (...) Si hubiésemos hecho aquello que habíamos prometido a los árabes, es decir, dejarlos en libertad de tener sus propios gobiernos y nos hubiésemos quedado al margen de sus asuntos, simplemente comprando su petróleo (...) pienso que esto no hubiese ocurrido”.

(Declaraciones de Ken Livingstone, alcalde laborista de Londres, luego de los atentados terroristas del 7 de julio de 2005).
 

*Periodista y escritor.



Carlos Gabetta