COLUMNISTAS GUSTOS

El gen del cilantro

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Mientras los actores de mi grupo se enardecen comiendo supuestas delicias en Lima, yo –que no como pescados ni mariscos– reboto sin remedio contra cada terco menú. Cuando creo haber encontrado en el menú infantil o en las guarniciones alguna cosa que puedo llegar a comer sin morir de asco, hace su entrada el enemigo público número uno: el cilantro, que los peruanos justamente han decidido llamar “culantro” por su consabido sabor a culo. Esta es una cosa espantosa que arruina todas las comidas, desde México hasta Perú, pasando por Colombia y ahora también –horror, injusticia– por la exquisita gastronomía india. El triste desembarco del cilantro es novedad: hace unos años no existía y sospecho que es un invento de científicos yanquis buscando armas letales, como el virus del sida.

Sin embargo, el otro día un amigo sabelotodo me reveló que el cilantro tiene dos sabores y la percepción de uno u otro depende de un gen caprichoso e innecesario que la madre naturaleza ha querido complicar para su entera diversión. Parece que una cantidad grande de personas razonables (un 10%, digamos) carecemos del gen que percibe el sabor del cilantro como hierba fresca y aperejilada, y en cambio lo sentimos como humedad rascada de abajo de una piedra.

No me molesto en verificar la información científica, que suena bastante a “recientes estudios afirman que”, pero el daltonismo de sabores podría significar una revolución absoluta en el tema del gusto, del que no hay nada escrito y sin embargo se han llenado tantas páginas memorables.
¿No es asombroso encontrar una explicación para este escándalo según el cual el 10% de la población creemos realmente que el otro 90% está comiendo culo?

La genética tiene mucho por revelarnos. ¿Y si existiera también un gen faltante en el campo literario? ¿Y si eso explicara por qué algunas personas no pueden leer a Mario Benedetti, a James Joyce o a Haruki Murakami mientras que otras lloran y se estremecen sin entender el porqué de la abulia ajena? ¿Y si la apreciación literaria –como la del cilantro– no dependiera de la experiencia interna de sujetos construidos en base a memorias, traumas, utensilios lingüísticos y fuera en cambio estricto capricho de la biología? ¿Y si los autores verdaderamente extraordinarios tuvieran también dos sabores a la vez y algunos lectores pudieran percibir tan sólo uno? Se me ocurren varios autores de dos gustos, pero aquí me detengo, porque sospecho que tales estudios son mero amarillismo.



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