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El Godard que habla

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Jean-Luc Godard me aburre enormemente, y sin embargo reconozco que aprendí mucho de él, al punto de perder mi independencia. Pero no del Godard cineasta: veo sus películas como quien asiste a la conmemoración de una fiesta patria en el patio del colegio porque nuestra hija va a entonar el Himno Nacional con el coro y hay que verla. No espero nada de esas películas, porque nada me dan, pero al mismo tiempo cada película enciende las razones por las que Godard se vuelve objeto de entrevistas. Y entonces sí. Adoro al Godard que habla. Y, naturalmente, al Godard que escribe. Sus críticas juveniles, aparecidas en las Cahiers du Cinéma, siguen siendo la expresión más cabal no ya de lo que debe ser una crítica de cine, sino una crítica en general. Y no me vengan con esa estupidez deleuziana de que Godard haciendo cine es un filósofo que piensa en imágenes y sonidos, por favor.

Godard quería filmar una historia del cine que fuera diferente, pero dado que él odiaba escribir guiones, prefería tener la ocasión de hablar. Y para hablar hacía falta que alguien lo oyera y le hiciera preguntas. El lugar indicado para hacer eso era la Cinemateca Francesa, pero la muerte de Henri Langlois en 1977 echó todo a perder, y la que se ofreció para realizarlo fue la cinemateca de Montreal. Godard fue allá y, ante un auditorio de ocho personas, proyectaba a la mañana un film propio y a la tarde tres fragmentos elegidos al azar de tres películas que él pensaba que lo habían influido. Y luego de las proyecciones hablaba. Introduccion a una verdadera historia del cine contiene las desgrabaciones de lo dicho por Godard, pero dado que el micrófono apuntaba a su boca, las preguntas de los asistentes no se transcriben. En determinado momento, luego de que Godard consigue revisitar todas sus películas de la década del 60, se acaba el dinero del financiamiento y el curso se interrumpe. Es algo a lo que la gente de cine está habituada. Alguien parece hablarle de la soledad –no se lee su pregunta– y Godard entonces recuerda la época en que un accidente en moto lo tuvo internado meses en un hospital. Dice Godard que en su estadía había notado que la soledad es a fin de cuentas una cuestión de clase: él, proveniente de una familia burguesa francesa, prefería siempre estar solo, a lo sumo compartiendo habitación con una sola persona, mientras que veía que los obreros siempre preferían las salas comunes, ser muchos. Luego confiesa que cree que hay demasiada gente en todas partes: en los transportes públicos, en las calles, en los cines… Y dice una frase que repito cada vez que alguien se queja de la poca asistencia a una conferencia o a una presentación: “Aquí mismo, ahora –dice Godard–, antes ustedes eran ocho, yo podía preguntarles quiénes son, por qué increíble azar están aquí. Pero ahora ustedes son veinte: ¿cómo quieren que les hable a veinte personas juntas? Eso sólo lo consiguen los dictadores”.



gpiro