COLUMNISTAS ENREDOS

El grotesco criollo

Discurso con duras palabras un día; bailes y cánticos al otro. 

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Foto:Dyn

Aparte de la bandera, la escarapela y el himno, todos los países tienen símbolos que los representan. Para nosotros, el fútbol es el gran deporte argentino (aun cuando en los libros diga que el deporte patrio es el pato), el tango es nuestra danza y nuestra música más propia y el mate, quién lo duda, la bebida que nos distingue.

Ahora, si se habla de géneros teatrales, la última semana pretendió confirmar que el grotesco criollo es el mayor representante de la escena nacional. Definido como la versión argentina del sainete, con una mezcla de tragedia y comedia que subraya la condición patética del conflicto y de carácter definitivamente popular, el grotesco calza muy bien en la controversia del traspaso de mando.

Y es que todo grotesco habla de la inmigración, del conventillo, del diálogo inexistente y de la falta de dinero. ¡Qué casualidad!

El traspaso de mando presidencial que supimos conseguir no tuvo laureles ni ramos de flores ni palabras de aliento. Más vale, mantuvo ocupados a los medios con el artículo 93 de la Constitución Nacional, llamadas telefónicas reseñadas, medidas cautelares que adelantan coyunturas y aviones de Aerolíneas Argentinas que no esperan. Ni la ex presidenta le pasó los atributos al presidente en el Congreso, ni el presidente los recibió de la ex presidenta en la Rosada. Lo que se dice un ingreso ríspido del nuevo inquilino de la Casa de Gobierno (el inmigrante), quien –para colmo– debió sobrellevar el cotorreo de los pasillos y las declaraciones extemporáneas (el conventillo).

Al final, la escena fue una tragedia de enredos que la ciudadanía observó azorada. En lugar de disfrutar la fiesta de la democracia que nos merecemos los argentinos, con una ex presidenta que le pasa la banda y el bastón al flamante presidente, debimos presenciar una pieza de teatro lastimosa. Un acto de mezquindad compartida signada por caprichos infantiles, de un lado y del otro (el diálogo inexistente), mezclado con noticias agoreras de un asado a 130 pesos para la Navidad y un Banco Central casi vacío de billetes (la falta de dinero).

La función, en definitiva, resultó doble: el mismo escenario, dos elencos, dos públicos, dos días distintos.

Ante una Plaza de Mayo colmada de militantes y vestida de blanco (igual que el día en que su propio marido, el ex presidente Néstor Kirchner, le puso la banda celeste y blanca allá por diciembre de 2007), Cristina Fernández pronunció su último discurso de gobierno. Sorprendentemente, sin cadena nacional. A poco de terminar, se retiró de la Casa Rosada: vivada por los jóvenes, presidenta todavía y “antes de convertirse en calabaza” (como ella misma expresó).

Al mediodía siguiente, el nuevo presidente de todos los argentinos, Mauricio Macri, salió al mítico balcón con su hijita en brazos y escoltado por su esposa Juliana Awada (siempre tan elegante). Luego de la jura y el discurso de rigor en el Congreso. Luego de recibir los atributos presidenciales de la controversia en la Casa Rosada. Y, en ese balcón, dejó en claro el cambio de ciclo: no hubo ya un largo discurso sino unas pocas palabras –con resabios tribuneros– que retomaron las expresiones de la campaña, “gracias” y “juntos”, mientras la plaza repleta coreaba “sí se puede”.

No sólo eso. Ahí, en el balcón, el flamante jefe de Estado se permitió cantar el eslogan de su partido (“oh, oh, oh, oh, estoy con vos”) y hasta bailar –un acto que ya se ha convertido en la marca personal de sus apariciones en público– con el micrófono en la mano, como un rockstar.
Ninguna de las dos celebraciones logró esconder, sin embargo, la rara exhibición de aquella disputa sin precedentes. Porque ante el desconcierto de las comitivas extranjeras que nos visitaban y de los ciudadanos que no lo podíamos creer, el uno promovió una medida que define la existencia de un presidente provisional por doce horas y la otra se negó a participar de una ceremonia obligada de la democracia.

Rara expresión de la intolerancia política, este pobre espectáculo no nos representa como Nación. Seguro que, en poco tiempo, será apenas una anécdota grotesca que preferiremos olvidar.

(*) Doctora en Lingüística y directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.



Silvia Ramírez Gelbes