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El héroe posdramático

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El héroe dramático no tiene superpoderes ni aniquila a sus enemigos a golpes de puño; muy por el contrario, el héroe es aquel que supera su debilidad y vence el más terrible de sus miedos. La clave para la construcción del héroe no está en su fortaleza sino en su debilidad.

Suponiendo que existiera realmente un teatro posdramático, en el que la representación busca ser desplazada por la presentación –que cotiza mejor al ojo contemporáneo–, ¿cómo sería ese héroe posdramático? ¿Habría que exponer la vida de la persona que sube al escenario y describir su tránsito desde la debilidad hacia la fuerza, sin manipulación de conflictos ficcionales? ¿Dónde ir a buscar entonces estos héroes, que antes las ficciones inventaban en la encrucijada de un sinfín de causas y efectos?

El protagonista de un drama personal (incluso histórico) no siempre tiene por qué ser héroe.

Ha aparecido el nieto de Estela Carlotto. Las cámaras –que agonizan y boquean si no muestran– esperan frente a una casa en Olavarría como si de atrás de esa puerta debiera salir un Hércules dispuesto a derribar el mundo. Los medios tienden a ser distorsivos, fastidiosos y banales, aun cuando sean bienintencionados y busquen la identificación emocional con el personaje. Dicen que es músico, que toca miles de instrumentos, pero que viaja en colectivo, como si de tocar los instrumentos con gracia, pasión y habilidad se dedujera automáticamente el beneficio de acceder a un Escort. Es simpático y amable, remarcan en tono de noticia, como si de la actitud heroica debiera suponerse por norma lo contrario. La aparición de Guido Montoya Carlotto es un milagro que debe ser celebrado, pero también preservado en la intimidad que reclama su compleja circunstancia.

Las expectativas son muy grandes, muy simbólicas, y parecen incluir mucho a muchos otros. Tal vez los medios vistan de héroe a su protagonista sólo para que la opinión pública juzgue –en la pausa de su almuerzo– si está a la altura o no, como en el circo. La historia de este país es complicada. Las redes son piedra libre para la aparición de todo fascismo (que milita cuidadosa y casi siempre anónimamente en la coartada de la opinión pública y la ignorancia más pedante) y ya hierven de conspiraciones y malversación.

Tal vez sí; quizás el posdrama cotice mejor. El drama vende mejor sus segundos de revuelo cuando además de ser intensa la historia es encarnada por alguien de verdad, y no por alguien (el actor) que dice ser.

Pero la historia es –también– íntima. Ojalá la opinión pública no la profanara como entretenimiento. Una manga de hijos de puta ha separado a un nieto de sus abuelos de la manera más horrible. El mismo hecho es leído como tragedia familiar, política e histórica. Es demasiado grande para tener un solo rostro, pero yo preferiría deponer la clave heroica para ver cómo –sin ningún derecho– una abuela y su nieto han sido privados cuatro décadas de hacer las cosas hermosas que los nietos deben hacer con los abuelos.



Rafael Spregelburd