COLUMNISTAS EL HURACAN DONALD

El hijo de Trump

Se rasca la cabeza, el ojo, después la frente, mueve los dedos de la mano y los lleva al cuello.

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Se rasca la cabeza, el ojo, después la frente, mueve los dedos de la mano y los lleva al cuello. Durante el discurso casi no aplaude y mira al público. Suspira, está incómodo. Cierra fuerte los ojos, los mantiene así cerrados unos segundos; no es un pestañeo, es un cegamiento voluntario. Su padre tiene la corbata larga, evidentemente larga, mientras él la tiene evidentemente corta. Allí, todos los resúmenes de esa noche. Hillary sin hablar y el mundo paralizado representado en ese pequeño hijo del nuevo presidente de los Estados Unidos de América. Nadie lo puede creer. En realidad, nadie lo pudo ver.

Los jóvenes votaron en su mayoría por Hillary, su victoria se expande hasta la población de 44 años de edad, y de ahí en adelante la abundancia fue para Trump.

Ese niño estupefacto es un símbolo de quiebre entre dos grandes bloques generacionales y de la ilusión del retorno al pasado supuesto, de un país que aparentemente sólo conocieron esos adultos.

Maravillados con Silicon Valley la gente va a las charlas sobre el mundo moderno, los jóvenes emprendedores y la abundancia de la tecnología. Mark Zuckerberg, los pibes de Google, la realidad virtual, los drones que te llevan el pedido a tu casa y la vida en teléfono celular. Esos que llaman los millennials, la generación libre, sin compromiso, mostraría al mundo una nueva lógica de sociabilidad que pondría en duda el mercado de relaciones sociales tradicional.

Lo que nadie aclara es que al “marcar” a los millennials, para describir a los jóvenes del siglo XXI, se deja sin observar a jóvenes que son empleados en supermercados como repositores, en empresas de limpieza privada, en seguridad privada, repartidores de pedidos, empleados de fábricas, padres jóvenes, y sin posibilidades de pasarse un año viajando por Europa y lo que sea que fuera un trabajo de los divertidos y novedosos del mundo nuevo. No se marca a estos jóvenes ni a sus padres decepcionados.

El voto contundente a Trump viene de los sitios más pequeños, de las zonas rurales, de los sitios olvidados, de los suburbios, de lo que toda esta cosa canchera ha dejado sin observar, pero que existe. A la autodescripción adulatoria de las redes sociales y la nueva tecnología, la sociedad offline le ha recordado que sigue por ahí existiendo y que no todo ha cambiado.

No es la primera vez que el capitalismo se la cree.

El clima previo a la Primera Guerra Mundial era de plena euforia y optimismo respecto de las oportunidades de aquel mundo novedoso. Sociedades que crecían, aumento de la tecnología en relación con la producción y un sistema democrático en el que se confiaba que podía llevar al bienestar general. Todo esto, que aparecía en la Exposición Universal de París, convivía con un desarrollo imperialista poderoso y el crecimiento impactante de las luchas obreras organizadas.

Cuando la euforia capitalista enfrentó la realidad, el mundo ingresó a toda velocidad en una guerra global que destruyó todo ese optimismo previo en cuatro años de conflicto. Todo lo que no parecía observable apareció y derivó en el fortalecimiento de expresiones políticas extremas de todo tipo.

Las charlas TED son una delicia estética del público de nivel socioeconómico alto donde se relatan en pocos minutos experiencias fabulosas del nuevo mundo. Y resulta que Trump viene a ganar en los lugares donde ni se sabe qué son esas charlas.

Gana en los restos del pasado glorioso industrial estadounidense, de la vieja industria automotriz poderosa, su victoria se refleja en los metales antiguos ya borrosos, donde el trabajo es un problema y donde las compañías mudan sus instalaciones a otros países por temas de costos.

Disfrazado de peronista amenaza con poner impuestos altos a la importación. El público obrero, que hace cualquier cosa menos trabajar desde la casa o jugar al ping-pong en la oficina, lo escucha emocionado y expectante de que lo salve.

El universo de los incluidos, educados en universidades, en contacto con el mundo, que siguen la tecnología de cerca, que se visten a la moda, se enamoró tanto de sí mismo que no miró más que su propia perfección. Eso es lo que les pasó a los encuestadores, lo que nos pasó también acá.

El hijo de Trump no aplaudía y cerraba muy fuerte los ojos ante la evidencia, todo lo contrario a lo que deben hacer los jóvenes cool de este mundo. Bienvenidos al capitalismo, niños, éstas son cosas que pasan.


*Sociólogo. Director de Quiddity Argentina.