COLUMNISTAS UN ESCRITOR DESCRIBE Y ANALIZA LOS ULTIMOS PASOS DEL CANDIDATO DE CAMBIEMOS

El hombre de la revelación

Con frases de manual de autoayuda junta fieles, pese al hastio y la emocion impostada.

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Después del triunfo de María Eugenia Vidal sobre Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires, y de su derrota frente a Daniel Scioli por tres puntos, Mauricio Macri descansó unos días en Tandil y regresó a la campaña el día que Boca salió campeón en la Bombonera, un escenario cautivo que Daniel Angelici le ofrendó a su jefe para que se alzara con otra imagen de triunfo. Estuvo en el palco y no fue un espectador sino un actor en una puesta con dos obras simultáneas. De un lado, Fernando Galmarini –suegro de Sergio Massa, tasado en 5 millones de votos–, con quien se saludó a los manotazos. Del otro, más cerca, Adrián Suar, en representación de la “ficción” televisiva.
Estuve allí y puedo dar fe de que la presencia de Macri en ese hervidero no despertó ningún clamor, ninguna corriente de pasión, ningún desmayo emotivo como, en cambio, sí despertaron ovaciones muy cerca de él las presencias soleadas de Chicho Serna y Raúl Cascini, dos ex volantes metálicos que las tribunas identificaron y reconocieron. La salida social de Macri a la Bombonera fue para calentar motores y encauzar, por fin, los contenidos de su propuesta hacia el 22 de noviembre, cuando de las dos Argentinas que se vienen trenzando desde hace unos años una quede en pie y la otra tecleando.
Al día siguiente fue recibido en la frontera que une los programas de Longobardi y Lanata en Radio Mitre. Los anfitriones lo atendieron con delicadeza, al punto que hubo momentos en que parecieron un trío de periodistas, o de candidatos. Allí Macri se hizo un lugar en medio de la espesa parva de cumplidos y refundó su campaña con una frase diseñada para la alta rotatividad: “Yo creía que Scioli era una buena persona, pero lamentablemente se mostró ciento por ciento kirchnerizado”. Dejar de creer en quien ha dejado el bien para demonizarse a fondo. La frase es intencionadamente pueril si se la pone en su justo lugar, que es el de una guerra entre lobos. Pero siempre hay una transferencia de simpatías en favor del bien para quien señala el mal, y este tipo de poesía inmaterial es la lengua muerta pero muy eficaz que se habla en Cambiemos con un automatismo insobornable.
Como se sabe, el mal es un don sucio, por lo que –sobre la base del paso de su adversario de la bondad a la maldad– Cambiemos denunció un mal secundario, el de la campaña sucia, que fue contrarrestada con un humor blanco, en el mejor de los casos a lo Nik, para darle un registro naif al debate: “Si gana Macri los chocolatines Jack van a venir vacíos”, “Si gana Macri, la tostada va a caer del lado de la mermelada”, etc. El propio Macri contó que su hija Antonia, de cuatro años, le preguntó si era cierto que los huevos Kinder iban a venir sin sorpresa si él era presidente. Fuese genuina o de la utilería de Jaime Duran Barba, la pregunta intentó conjurar por el lado del candor los fantasmas de ambigüedad que flamean alrededor de una propuesta de neto perfil espiritualista, al tiempo que se descartan las precisiones políticas como si fueran drogas.

Es evidente que el guión de hierro de Cambiemos es blindar cada vez más la imagen idílica de su candidato mientras se va acercando a la meta en puntas de pie. Pero el pasado inmediato, aquel que Cambiemos intentó dejar atrás la noche del 19 de julio en la que Horacio Rodríguez Larreta fue electo jefe de Gobierno de la Ciudad y Macri se mostró, él también, “ciento por ciento kirchnerizado”, comenzó a filtrarse y a conmover su celoso plan de autocensura.
El líder de Cambiemos y sus colaboradores más poderosos han introducido en la política argentina la novedad de la bartlebyzación. Como una variación de la conducta de Bartleby, el personaje de Hermann Melville, que cuando se le solicita realizar un acto repite “preferiría no hacerlo”, Macri prefiere no decir. El modo de negarle contenido verbal a la política –cuantos menos verbos, menos compromiso de acto– tiene sus precedentes, pero es difícil encontrar en otro lado semejante grado de perfección a la hora de poner en juego la voluntad de omitir. Sobre esa plataforma de omisión se asienta el propósito de hacer creer, combinando dos extremos: el silencio político –o el cliché político, que también es una modalidad de silencio– y la altisonancia espiritual.
No obstante la preocupación de todos estos días por controlar que no haya fugas en la caldera ideológica de Cambiemos, Macri debió pagar por las filtraciones que describen con cierta crudeza el sesgo de su espacio. En la semana en que regresó a las provincias del interior, y luego de reunirse con los líderes de la comunidad qom que acampan desde hace una larga temporada en la Avenida 9 de Julio sin que Cristina los haya recibido, apareció en YouTube una charla de Alfonso Prat-Gay en la que defenestra a los “caudillos del interior” que vienen sin currículum desde provincias deshabitadas y nos “cooptan”. Esa consideración de los presidentes de provincias tomada desde el punto de vista de Harvard, utilizando con naturalidad el prejuicio social y hasta racial con que la aristocracia de otra época podría haber juzgado la llegada en tren a Retiro de “Rosa de lejos”, afectó a Macri y obligó a su tropa a tapar algunos agujeros que van apareciendo sobre la lisura del asfalto, y que no son otra cosa que la presencia material, física, humana, de su sistema de alianzas. En esas tensiones puede intuirse el combate entre el Cambiemos espiritual y el Cambiemos corporal. Si Macri llegara a ser presidente, ¿triunfará el espíritu o la materia?  
Por eso el reposicionamiento de Macri en estos últimos días –ya veremos qué queda de todo esto en el debate– es constante, y tiene por objeto alejarse tanto del halcón que hasta hace algunos meses no dudó en recomendar pagarles hasta el último centavo a los holdouts como del Macri camporista que, tras el susto que le dio Martín Lousteau en el ballottage de la ciudad de Buenos Aires, habló de YPF con la euforia con que nunca lo hizo el general Mosconi.
La definición provisoria de los nuevos rangos de tolerancia e inspiración tiene por estos días un no, que es el cepo que nos acerca a Venezuela; y un sí, que es el gobierno libre de peronismo de Arturo Frondizi, según Macri el mejor presidente de la historia. En su gira del norte, de paso por Misiones, dijo que no eran necesarios “los ajustes neoliberales que ellos hicieron en los 90, ni el desastre de demagogia que han hecho en esta época”. ¿Qué sería lo necesario? Lo necesario es “crecer, invertir para que la gente tenga oportunidades”.

Con el título “Abrimos los ojos y no los vamos a cerrar”, el 5 de noviembre recibo junto a millones de personas un mail firmado por Mauricio Macri. Dice que “el domingo 25 de octubre nos alcanzó una ola de alegría y esperanza”, que ese día “empezó algo verdaderamente nuevo”, y que “el oficialismo despliega ahora una estrategia oscura de llenar de pesadumbre y de miedo a la población”. Pero no va a funcionar porque “ya sentimos el olor del aire fresco. Ya sentimos la felicidad que da la proximidad de un nuevo comienzo. Ya nos dimos cuenta de que somos millones y millones. Ya abrimos los ojos y no los volveremos a cerrar”.
El concepto “abrir los ojos” es un caballito de batalla de El Arte de Vivir. Según cómo se lo mire, se lo puede asociar con la oftalmología o con el mesianismo. En cualquier caso, no se deja de alentar la idea de que si Macri llegara a ser presidente triunfaría esa antigüedad llamada “economía liberal”, por supuesto, pero también, y por primera vez, el discurso de la autoayuda. Hay una explicación estadística que el mercado editorial no ignora, y que en los últimos años le da a la autoayuda un estatus ya no tan secreto de discurso dominante.
El domingo pasado, Lanata entrevistó a Macri para su programa Periodismo para todos y le recordó que no cumplió con los diez kilómetros de subte por año que había prometido. Macri contestó, imperturbable: “Es verdad, no pudimos cumplir. Porque el subte es una inversión muy cara, que necesita crédito a largo plazo del BID, del Banco Mundial, y Cristina y Néstor dijeron: ‘A la Ciudad, cero crédito’. Igual, aunque no pudimos cumplir, fuimos los que más subte hicimos en sesenta años, ¿eh?”. Lanata presionó sobre los números y Macri reconoció haber hecho poco más de seis kilómetros de los ochenta que se prometieron. Luego la conversación derivó en aquella confesión de Federico Sturzenegger, cuando dijo que Duran Barba les había recomendado a los dirigentes de Cambiemos que cuando les preguntaran por la inflación hablaran de sus hijos porque, de lo contrario, deberían proponer y explicar un ajuste. Pero Macri intentó desmarcarse y le dijo a Lanata que él tuvo propuestas desde el primer momento, como cuando habla “de pobreza cero, enfrentar el narcotráfico, unir a los argentinos y plantear reformas concretas para poner en marcha la Argentina”.
Pero el corazón dramático de la entrevista está dominado por el Macri emo, que le dice a Lanata: “Yo vengo de recorrer Formosa, Corrientes, Misiones, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, el Chaco; y en todos los lugares... no te puedo explicar la expresividad, la alegría, la liberación... En Formosa estaba la plaza llena, la caravana era eterna, desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, ida y vuelta, y la gente... ¿sabés lo que me gritaron todo el viaje?, ¡todo el viaje!, hasta el último momento en que me subí al avión en Jujuy para volver: ‘¡Sí, se puede!, ¡sí, se puede!’. Es una locura. Es como que los argentinos nos volvimos a dar la oportunidad de volver a soñar”. La descripción de su visita al norte como una entrada triunfal al Ghetto de Varsovia el día de su liberación fue acompañada adecuadamente por un recuerdo de llanto: “En Jujuy lloré, lloré toda la caravana porque fue muy fuerte... Gente en semejante nivel de abandono... me desbordó el corazón y aparte me genera una enorme responsabilidad porque hay que cumplir ahora. Porque la verdad es que estos que hablan de justicia social se olvidaron de esta gente”.

Después dijo que las economías regionales están “destruidas”, habló de la inflación y de la “maquinita” de emitir billetes, invitó a Lanata a ver la “revolución” en los programas de salud mental a pesar de que el periodista le recordó que sólo había ejecutado el 29% del presupuesto en ese rubro, citó de un modo confuso a Bartolomé Mitre y tropezó con los hilos de su propia memoria cuando recordó que la noche que ganó Rodríguez Larreta dijo que no iba a “estatizar” –por privatizar– Aerolíneas Argentinas. Ya en una realidad un poco más concreta, prometió una rebaja del 5% anual en las retenciones a la soja en defensa de las “fuentes de trabajo”, se negó a aplicar el impuesto a las ganancias a quienes no lo hubieran tenido en 2007 y se mostró ambiguo con el aumento del 82% móvil a los jubilados.
Como cuando habla en sus escenarios de 360 grados, girando en 360 grados, mirando y siendo mirado en 360 grados, fue cuestión de ir acercándose el final de la entrevista –la más extensa que haya dado desde el 25 de octubre– para despacharse con unos párrafos de crescendo y clímax: “Va a ser un camino complejo. Pero ya recorrer el camino correcto y saber que estás mejorando todos los días un poco más te va a mantener en estado de felicidad, te va a mantener en estado de entusiasmo. (…) No nos va a ir mal, porque aun equivocándonos, si hay buena fe, si hay una actitud constructiva, hay un camino que vamos a recorrer bien, y... lo siento. Y las lágrimas de los jujeños y los santiagueños me convencieron más que nunca”. El estado emotivo de Macri es el del que está atravesando una revelación y congrega a sus fieles al follow me. Es el contenido más estable y denso de su propuesta, asumido sin inhibiciones en el punto 21 de sus 21 consignas, publicadas en su web: “Y de repente tenemos una revelación: somos nosotros mismos los responsables de hacer o de no hacer lo que hay que hacer”.  
Mientras en la última semana fueron saliendo como panes precongelados los nuevos spots de Cambiemos que arengan a la población a reencontrarse, a entusiasmarse y a apasionarse hoy, acá y ahora, y a emocionarse por “lo que estamos logrando juntos” (esto último dicho con la voz remilgada de María Eugenia Vidal) y a recomendar que es mejor juntos que separados, y a entender que su candidato no está donde está por vanidad o poder sino de onda, el periodista Daniel Malnatti siguió a Macri por su gira norteña y la resumió en un segmento de Telenoche llamado “¡Todo por un voto!”. Era la oportunidad para verlo llorar y llorar a Macri durante toda la caravana porque aquello –ya sabemos porque se lo dijo a Lanata– había sido “muy fuerte”. Pero no lloró nunca. En ninguna etapa del seguimiento, que fue amplio, se lo vio conmovido o emocionado, y sí, en cambio, incómodo en el contacto físico, hastiado del rush que lo llevó de un lado al otro del país por tercera vez en el año. Un hombre joven se le acerca y le pregunta: “Mauricio, ¿vamos a seguir con la Anses?”. Tres segundos de pausa, minuto Macri
en el aire: “Vamos a seguir con la Anses, pero la vamos a administrar para la gente”.



Juan Jose Becerra