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El hombre que ríe

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Los miserables y Nuestra Señora de París (Notre Dame) son, probablemente, las dos novelas más conocidas de Victor Hugo, autor líder del romanticismo francés.
En 1869, Victor Hugo publica El hombre que ríe, una novela ubicada en Inglaterra a fines del siglo XVII, en donde 172, de los cinco millones de ingleses, acumulan el 10% de la riqueza. Estas personas pueden matar a quien quieran, pues están por encima de la Justicia.

En paralelo, bajo el reinado de Jaime II, existía una organización de “compra niños” que se dedicaba al tráfico de menores. La historia de El hombre que ríe es la de un chico de dos años, único heredero de un Lord que es asesinado. El pequeño es vendido a los “compra niños”, quienes experimentaban, en cada chico comprado, cirugías deformantes  para luego venderlos como atracciones en las ferias.

Al niño en cuestión le realizan la operación bucca fissa, que le desfigura el rostro para siempre. Con cortes a los costados de los labios le generan una eterna sonrisa, le tiñen el cabello y le modifican las articulaciones, educándolo para ser saltimbanqui, una suerte de acróbata, equilibrista y cómico.

A la edad de 10 años el pequeño es abandonado por sus compradores y llega a la caravana de un cómico ambulante de buen corazón.
El niño, cuya boca deformada da la idea de que siempre está riendo, logra hacerse famoso en su profesión de artista e incluso se enamora de una adolescente ciega y es correspondido. En la historia, el joven es apresado y en la cárcel se encuentra con el autor de su deformación quien le da a conocer que es heredero legítimo de un Lord inglés. El saltimbanqui, tras gestiones y contactos recupera sus derechos.

Cuando Victor Hugo escribe esta historia del hombre que ríe, aclara que hay dos tipos de dramas, el drama que se puede representar y el que no.
Estamos a cuarenta años de un golpe militar que dio origen a la dictadura más cruenta de nuestra historia. Hemos leído artículos, novelas. Hemos visto películas y asistido a conferencias, se han creado museos, y, sin embargo, nos queda la sensación de que ese  24 de marzo se inicia el drama argentino que no se puede representar.

En estos cuarenta años hemos escuchado voces proponiendo reconciliaciones, indultos, olvidos. Nos hemos tirado con muertos. Y cuando creemos que la historia esta saldada aparece un hecho, una persona, un nieto, un testimonio, unos huesos y la historia sigue en deuda.
Los años de humillación y heridas no desaparecen porque así quieran establecerlo los causantes.
Los países no pueden hacer terapia, no hay psicólogos para las naciones.

La Justicia es la única que puede contribuir a cicatrizar, algo, la mueca que la tragedia nos legó.
Cuando el “hombre que ríe” recupera su lugar en la aristocracia da un discurso a sus pares nobles, uno de ellos pregunta “¿Qué viene a hacer aquí este monstruo?”.

“Vengo a ser terrible” es la respuesta. “La risa esculpida en mi rostro expresa la desolación universal, esta risa la produjeron las torturas… poderosos idiotas, abran los ojos, yo represento a la humanidad. El hombre está en ella mutilado, como lo estoy yo, como lo está el género humano, le han estropeado la forma al derecho, a la Justicia, a la verdad, a la razón y a la inteligencia”.

De todos modos, al pronunciar este discurso, su cara, con la permanente risa, no logra más que la risa de los otros y decepcionado vuelve a su lugar en la feria itinerante.
24 de marzo de 1976-24 de marzo de 2016, dicen que el que ríe último ríe mejor, pero no hay refrán que se ocupe del llanto.

 *Secretario adjunto de la Asociación del Personal de los Organismos de Control (APOC) y secretario general de la Organización de Trabajadores Radicales (OTR-CABA).



Federico Recagno