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El horizonte más temido

La candidatura de Massa, una muy mala noticia para la Presidenta. Su desborde con la Corte. La quietud de Scioli.

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Ponderación, ecuanimidad, equilibrio, prudencia, imparcialidad, respeto por la ley. Todos estos son atributos esenciales para quien pretenda acceder a ser designado juez de la Nación. Son atributos de los que carece la Presidenta, lo que se vio expuesto sin tapujos en las expresiones descalificadoras, y por momentos ordinarias, que Cristina Fernández de Kirchner pronunció luego del fallo de la Corte Suprema que declaró inconstitucional la elección por voto popular de los miembros del Consejo de la Magistratura. Este proyecto –pergeñado por Carlos Zannini como resultado de la furia presidencial que siguió al fiasco del 7D que pulverizó las intenciones del gobierno para destruir a Clarín– nunca tuvo otro destino que el fracaso. Lo que hubiera sido sorpresivo es que la Corte hubiera declarado que esta reforma era constitucional. Sólo la imposibilidad de hacérselo entender a Fernández de Kirchner explica este episodio. El mundo de los necios es así.

El fallo –impecable– que desató la ira presidencial, tiene un contenido didáctico notable. El Alto Tribunal se encarga de recordarle al Poder Ejecutivo que no es esta la primera vez que se considera inconstitucional una ley sancionada por el Congreso. Allí están, como ejemplos contundentes, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final a las que el entonces juez federal Gabriel Cavallo y luego la Corte declararon nulas. A nadie se le ocurrió en ese momento decir que la Justicia se había erigido en un suprapoder. Nadie osó decir que se corría el riesgo de que un día un juez “de por ahí” dictara una cautelar e impidiera la elección del presidente. Precisamente, para no dejar lugar a dudas, la Corte se encargó de puntualizar que su fallo de ninguna manera afectaría la realización de la Primarais Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO).

Fernández de Kirchner exhibe en sus juicios una concepción antirepublicana de la vida institucional del país. Eso representa la idea de que el 54% de los votos obtenido en las elecciones de 2011 da vía libre para hacer cualquier cosa. Es una concepción absolutista del poder más emparentado con las monarquías feudales que con la democracia. En una república, el presidente no es el dueño del Estado sino quien está cargo de su administración. Al asumir esa responsabilidad, presta juramento en una ceremonia en la que se compromete a observar y hacer observar en todo cuanto de él dependa la Constitución Nacional. Al hacerlo así, reconoce que su poder tiene límites. Son esos límites los que le señala la Corte. Eso es lo que ahora le molesta a la Presidenta que quiere ponerse por arriba de la Constitución y acabar con su normativa para avanzar en la concreción de su proyecto de suma del poder público. Esta tendencia del Gobierno a menemizarse tiene, además, otro objetivo: permanecer en el poder más allá de 2015. Por todo ello es que la elección legislativa es crucial para sostener ese proyecto. Para ello la Presidenta, encerrada en la Babel de Olivos, ha dedicado estas horas todo su esfuerzo para confeccionar la lista de candidatos a diputados del Frente para la Victoria. Como es habitual, lo ha hecho en soledad. Le quiso imponer a Daniel Scioli una candidatura a diputado que el gobernador, recordando el trago amargo de las testimoniales del 2009, no aceptó.

Finalmente, se produjo lo más temido para el kirchnerismo: Sergio Massa decidió presentar su postulación a diputado por fuera del Frente para la Victoria. La movida también complicó a Scioli. Es notable cómo el gobernador, que pacientemente ha venido surfeando la ola, quedó atrapado en un laberinto difícil de salir. A su modo, su individualismo también lo complicó. En todos estos años al frente de la gobernación no ha querido, no ha sabido o no ha podido conformar un espacio compartido con intendentes –a la manera de una liga– para llevar adelante un proyecto propio. Massa, en cambio, ha demostrado habilidad y decisión para ponerse al frente de esa movida, aprovechando el malestar de muchos intendentes peronistas y no peronistas disconformes con los abusos del kirchnerismo y las indefiniciones del gobernador.

Temeroso de la reacción de la Presidenta, Scioli no se animó a saltar el cerco sin darse cuenta de que corría el riesgo de que el espacio vacío que dejaba podía ser ocupado por alguien con decisión para liderar ese espacio. Es lo que ha pasado ahora con esa determinación del intendente de Tigre.
La historia de estas últimas horas es la siguiente: hasta las primeras horas de la noche del viernes el diálogo entre Massa y Scioli parecía haber fructificado. Como consecuencia de ello, Karina Rabollini iba a ser la número dos de la lista encabezada por Massa. De repente, la comunicación entre el gobernador y el intendente se cortó. Scioli desapareció. Inquieto, Massa llamó a Alberto Fernández, quien había venido trabajando un acuerdo cuasi artesanal entre ellos. El ex jefe de Gabinete fue quien entonces tomó el teléfono y lo ubicó al Gobernador. “Este no es el momento para hacer esto. La gente está esperando otras cosas. Me van a dejar sin plata y sin gestión”, dijo Scioli, quien con sus expresiones fue el reflejo de una persona aterrada.

Fue el fin de la negociación y tal vez el fin del proyecto político de un hombre que le dijo que no a Cristina y que pasó de negociar con De Narváez y con Massa a quedarse donde está, que es como haberse quedado en ninguna parte.

Producción periodística: Guido Baistrocchi.



Nelson Castro