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El horror del presente

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Recuerdo algunas tardes de infancia, aquel aparato antiguo, de madera oscura, puesto sobre una mesa de discreto tamaño, cubierto por un tejido de lana o lanilla bordado a mano, vaya uno a saber si eso se llamaba macramé. El aparato tenía perillas y las voces salían a través de una especie de enrejado de tela: eran voces de actores, sonidos de música, pero sobre todo, relatos de una épica guerrera que se repetía domingo tras domingo. Los relatos, al principio, resultaban incomprensibles, mera sucesión de apellidos por lo general españoles e italianos, que se sucedían o superponían en un circuito de habilidades que, con suerte, terminaban en uno o dos alaridos por partido. Para mí, por entonces, aquellos relatos eran básicamente sistemas de acumulación de valor depositados en el paraíso de una gloria sin representación, ya que nadie de mi familia iba a la cancha, excepto un par de veces en que mi viejo me llevó: éramos de River Plate y una vez fuimos al Monumental y no vimos nada excepto un bosque de nucas encrespadas (¿dónde nos habríamos metido?) y otra naufragamos sobre los modestos tablones de Ferrocarril Oeste (perdimos 3 a 1) y yo me aburrí bastante.

La falta de relación entre las maravillas del relato y la modesta realidad de los hechos se intensificó cuando la radio se volvió portátil: cuando había paseo, el recorrido dominguero tenía por espectáculo principal una corte variable de zombies que –anticipándose a la idiocia del presente y el celular– cruzaban pasmados calles y avenidas, arrastrados del brazo por novias sufrientes, mientras eran abducidos por el alarido ya más profesional de José María Muñoz. “¡Cómo corrió, Merlo, en este partido! ¿Pero cuántos pulmones tiene?”. “¡Tres, José María, como todo el mundo!”, etcétera.  El mundo era un deseo todavía inarticulado, y aún había el silencio suficiente como para que mis amigos se juntaran en las esquinas, cerraran los ojos y, escuchando a la distancia el ruido a motor de un auto que se acercaba, debatieran acerca de la marca del vehículo y la cilindrada, y entraran en parpadeantes éxtasis ante cada acierto, misterio musical que se me escaparía por siempre. Pero la verdad es que por mucho que el factor atronante de la radio brindara la ilusión de la inminencia de un hecho fundamental o tremendo, para mí, en el fondo, resultaba un fenómeno de orden espectral. Voces que salían de la nada para hablar un idioma desconocido. Una voz saliendo de una máquina resulta la criatura de un arte espiritista. Y como todavía no quiero que los muertos hablen de mí, en radio no escucho voces, solo música.

Pero la semana pasada la radio me mandó un mensaje de texto: la productora de un importante programa –no sé si matutino, diurno o nocturno, si de AM o FM– de actualidad periodística me invitó a sumarme a una corte variable de escritores que debían imaginar posibles finales para el acontecimiento aún suspendido que fue el enigma de aquellos días: el destino final del avión malasio perdido en alguna parte. Por un instante dudé. Estaba viendo los capítulos de la versión inglesa de Sherlock Holmes e imaginé que nos ofrecían alguna clase de trabajo, como si fuera posible restituir, desde la ficción, ciertos órdenes dislocados de la realidad, y eventualmente repararla. Pero a mi pregunta la productora me contestó que no, que sólo se trataba de hablar durante un rato, en la radio y para la radio, que “la idea era divertirse”.  Por otros instantes me sentí puro y superior contestándole que mi idea de la diversión no era la de especular graciosamente sobre los destinos de trescientas personas cuando empezaban a encontrar restos de avión en el mar. Luego me di cuenta de que la ficción había comenzado, pues, en rigor, todavía no los habían encontrado. Sería cosa de horas que estos comenzaran a aparecer, pero lo cierto es que el horror del presente había caído sobre mí desde el aire de tumba de la radio, ese espacio etérico donde la necesidad de hablar convierte en papilla el silencio y la dignidad que podrían alcanzar las almas de los vivos si no estuvieran tan ocupadas en dejar que ese rumor incesante los procese hasta convertirlas en puré.



Daniel Guebel