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El ingenio del auto

Todos saben a qué me refiero cuando hablo del esprit de l’escalier, aunque sea la primera vez que se topan con una expresión semejante, o aunque sea la primera vez que se topan con una frase escrita en francés: describe el acto de pensar en una respuesta ingeniosa cuando ya es demasiado tarde para darla.

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Todos saben a qué me refiero cuando hablo del esprit de l’escalier, aunque sea la primera vez que se topan con una expresión semejante, o aunque sea la primera vez que se topan con una frase escrita en francés: describe el acto de pensar en una respuesta ingeniosa cuando ya es demasiado tarde para darla. La palabra esprit no se refiere en este caso tanto a espíritu, sino más bien a ingenio o mente. Al parecer la expresión fue acuñada por Diderot y no hubo en la historia alguien mejor aquejado por el esprit de l’escalier que Rousseau, al punto que en sus Confesiones se extiende largamente sobre ese mal. A todos nos pasa. Arno Schmidt llegó a decir que el sentido de las discusiones solía residir en las ocurrencias que llegan a nuestra mente a destiempo. Pero Schmidt era budista, y los budistas ven el lado positivo en las cosas más infames.

Hace unos años circulaba por las calles de Lecco, en Lombardía, con mi amigo Luca Radaelli. Las calles de Lecco, como las de cualquier ciudad emplazada en una zona montañosa, suben y bajan en pendientes a veces pronunciadísimas. Conducir un automóvil puede resultar un poco dificultoso para un turista, pero los oriundos de Lecco se mueven con aceitada agilidad por sus calles. Un día circulaba con Luca, decía, y en un momento, al final de una de esas pendientes de montaña rusa, donde debíamos girar a la derecha para volver a subir por la calle lindante, vimos estacionado un auto en doble fila. El auto no estaba simplemente en doble fila, lo que ya de por sí –para mí– significaba un estorbo, sino en doble fila en la esquina. Luca aminoró la marcha, se detuvo al lado del auto que conducía una señora, y me pidió que bajara la ventanilla. Lo hice, y acto seguido, gritando, para que la señora lo escuchara, dijo: “Disculpe señora, ¿le puedo hacer una pregunta?”, a lo que la conductora estática, sonriendo, accedió, para que Luca le espetara: “¿No encontró un lugar más de mierda para detener el auto?”.

La cara de la pobre mujer se descompuso. Me hubiera gustado presenciar la progresión de su estado –pensé que al final de su in crescendo expresivo iba a haber algo interesante–, pero Luca no me dio tiempo porque arrancó el auto al instante y nos fuimos.

Me pareció un modo muy simpático y educado de decirle a esa señora que era una idiota, y me prometí usar esa expresión algún día. Y ese día llegó veinticinco años después, en otro continente, en otra ciudad. Yo manejaba mi auto por una calle de Boedo y de pronto se repitió una puesta en escena bastante similar, sólo que sin la pendiente. Era un señor y había estacionado su auto en plena ochava. Yo debía girar, y supongo que por esa razón volvió a mi mente, de golpe y entero, el parlamento de Luca. Así que me acerqué, bajé la ventanilla y le pregunté al sujeto: “Disculpe señor, ¿le puedo hacer una pregunta?”, a lo que el señor, naturalmente, accedió. Pero apenas le dije: “¿No encontró un lugar más de mierda para detener el auto?” el tipo soltó una carcajada incomparable, hermosa, magnífica, y todo lo que resultó fue que fuimos dos los que nos reímos a carcajadas.

Desde entonces me considero el creador del esprit de la voiture: usar una salida ingeniosa en el auto y que el resultado sea exactamente contrario al deseado. Voy a dedicarle un largo capítulo en mis Confesiones.