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El inicio de la campaña para suceder a Rousseff

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El Financial Times escribió en su servicio de noticias por correo electrónico: “Apenas unos días atrás, el ex presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva hablaba sobre ser candidato de nuevo. Esas esperanzas parecen muertas ahora: hoy fue llevado de su casa para ser interrogado sobre la saga de corrupción del país. Es difícil cualquier tipo de retorno ahora”.
 
No estoy de acuerdo. La encuesta más reciente de Datafolha le da 20% de intención de voto, óptimo punto de partida para un eventual candidato bombardeado desde hace meses por denuncias.
El propio Lula tampoco parece de acuerdo: dijo que el episodio del viernes apenas “reavivó” en él la certeza de que “la lucha continúa”.
Sólo faltó agregar que será candidato de nuevo, algo natural si se considera que el PT nunca tuvo, ni tiene ahora, ningún otro candidato natural y viable que no sea el propio Lula. Además, el prestigio de Lula también aumentó en otra oportunidad en que la policía fue atrás de él, en 1980, para detenerlo y no para conducirlo “coercitivamente” a declarar.
En 1980, Lula lideraba una huelga de 17 días de los metalúrgicos, hasta que fue preso y el sindicato que presidía fue intervenido. Pero hay una monumental diferencia entre el Lula de aquella prisión y el de hoy: en 1980, los amigos de Lula era obreros de manos ásperas. Fui testigo de la defensa de ese grupo cuando fueron a juicio, por “subversión”, en San Pablo.
Acompañé de cerca la transformación de Lula en gran amigo de los constructores cuyos negociados con los gobiernos de turno eran denunciadas por él y sus compañeros metalúrgicos.
Pero la transformación no es extraña a la historia de Lula: desde los tiempos del sindicato, él decía querer que los obreros que fabricaban automóviles tuvieran dinero para comprarlos. Es natural que él tuviera idéntico deseo para él mismo, favorecido por el milagro de haber sobrevivido en un ambiente en el que morir antes de los cinco años era rutina. Realizó su deseo a tal punto que dice ser el conferencista mejor pago del mundo, sólo detrás de Bill Clinton.
Estar bajo sospecha de corrupción puede no ser letal desde el punto de vista electoral, al contrario de lo que cree el Financial Times. Al final, el Mensalão, otro gran escándalo que involucró al PT, no impidió su reelección en 2006.
El motivo es simple: hay una extendida convicción de que todo político es ladrón. Si Lula también lo es, no es nada especial porque sería, según esta difundida sensación, “nuestro ladrón”, el político que defiende haber llevado a 40 millones de personas a la clase media, por más precaria que sea esta clasificación.El problema para Lula es que tres millones de esas personas volvieron a la pobreza, por el fracaso de su sucesora.
En todo caso, el pronunciamiento que hizo el viernes y el anuncio de que está listo para volver a recorrer el país representan el inicio de la campaña para suceder a Dilma Rousseff, en 2018, o antes.

*Periodista brasileño. Escribe en Folha de Sao Paulo.



Clovis Rossi