COLUMNISTAS #8M (I)

El llamado

Hoy queda en primer plano la fuerza del movimiento de mujeres porque está generando una revolución sensible en los lugares de trabajo, en las casas, en los territorios y en las calles. Hemos corrido definitivamente el umbral de tolerancia frente a las violencias machistas.

Marcha. En 2016, miles de hombres y mujeres se hicieron presentes en todo el país.
Marcha. En 2016, miles de hombres y mujeres se hicieron presentes en todo el país. Foto:Marcelo Aballay

Hoy queda en primer plano la fuerza del movimiento de mujeres porque está generando una revolución sensible en los lugares de trabajo, en las casas, en los territorios y en las calles. Hemos corrido definitivamente el umbral de tolerancia frente a las violencias machistas. Y esto genera respuestas cada vez más cruentas que buscan aterrorizarnos: vemos en el incremento de los femicidios un tipo de ensañamiento que intenta acallar con más violencia cada gesto de autonomía y rebelión de las mujeres. En la medida en que más demostramos que no estamos dispuestas a aguantar maltratos y abusos y en la medida en que más nos afirmamos en lo que deseamos, la reacción se torna más cruel. Leemos en esta clave: hay una guerra contra las mujeres porque estamos diciendo basta, porque estamos afirmando otro deseo, porque estamos construyendo una nueva forma de poder.

También constatamos un cambio generacional y apostamos a ese tiempo por venir: hoy los y las adolescentes se politizan desde el reconocimiento de las cuestiones de género como primera opresión, detectan ahí una relación de poder que se resisten a sostener.

El llamado al paro de mujeres que estamos haciendo es un llamado político hecho por fuera de las dirigencias sindicales pero que se fue tejiendo con las organizaciones de base. Hemos interpelado al mundo sindical y ha sido efectivo: sabemos la enorme discusión hacia adentro de las organizaciones gremiales y este 8M será el segundo paro que las mujeres le hacemos a Macri, a quienes sólo lo hemos parado las mujeres. Muchos sindicatos están convocando, adhiriendo y llamando a acciones diversas: asambleas, paros de una hora –como el caso de lxs bancarixs–, convocatorias directas –como en los gremios docentes–, otros sumándose al ruidazo de inicio, etc.

Nos aliamos y nos potenciamos en esa presión de las mujeres de base que ponen en marcha una voluntad por sostener esta desobediencia al mandato patriarcal y a las organizaciones machistas. Esto genera alianzas insólitas, transversales, poderosas, que hacen emerger a las mujeres como el actor político inesperado y al feminismo como una cuestión masiva, popular y callejera.

El movimiento de mujeres como sujeto político desestabiliza la escena, obligando a revisar prácticas y también a incorporar en todas las agendas nuestras demandas concretas: desde nuevas formas de abordaje a la violencia, que nunca se termina con más cárcel o penas más duras, hasta la socialización de las tareas de cuidado y reproductivas a través de la ampliación de licencias por maternidad y paternidad, con jardines de primera infancia en los lugares de trabajo, lactarios, etc. Nuestras demandas son muchas, hablan de la autonomía de nuestros cuerpos y decisiones –y eso implica el aborto legal, seguro y gratuito, pero también el derecho al parto respetado en todos los centros de salud y hasta el derecho a meterse al mar sin corpiño–, hablan del derecho a migrar sin ser criminalizadas, del derecho a la tierra, el respeto a las mujeres de pueblos originarios. Hablan de nuestro derecho a una vida digna y sin violencia. Demandan que se termine la discriminación en el acceso al trabajo y, por supuesto, denuncian la feminización de la pobreza.

Nuestro movimiento es político.
Por eso no soportamos que los medios hegemónicos insistan en ver a las mujeres y a sus acciones como “notas de color”. Se nos quiere así infantilizar y despreciar, cuando lo cierto es que ya hicimos tres marchas masivas en menos de dos años y que esas marchas obligaron a todas las fuerzas políticas a tener posiciones en cuanto a los reclamos de género. La interseccionalidad de nuestro movimiento, mientras tanto, no para de crecer: el feminismo del que hablamos se construye en la práctica, en el encuentro con otras, en la toma de conciencia cotidiana en torno a las relaciones de poder y por eso cuestionamos la política, la economía que nos ajusta y nos empobrece y nos deja más débiles a la hora de salir de los círculos de violencia. Por eso, cuando las mujeres nos movilizamos nos proponemos cambiarlo todo.

*Convocantes al paro internacional de mujeres el #8M.




Colectivo Ni Una Menos