COLUMNISTAS LA BATALLA DE LAS IDEAS DETRÁS DE KICILLOF

¿El ministro marxista?

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El nombramiento como ministro de Economía del doctor Axel Kicillof se está presentando al público como el acceso de un marxista a la conducción de la política económica. (…)  Indudablemente, esta identificación de Kicillof con la teoría marxiana contribuye a confundir y diluir el contenido crítico y subversivo de la obra de Marx. El objetivo de esta nota es explicar, brevemente, por qué lo de Kicillof no tiene nada que ver con la teoría o las posiciones políticas de Marx. Antes de entrar en el tema, respondo de antemano una posible objeción que se me puede dirigir, y que se condensaría en la pregunta: “¿Desde qué posición se puede decidir quién es o no es marxista”? Después de todo, existen muchas variedades de “marxismos”. ¿“Con qué derecho usted decide que Kicillof no tiene nada que ver con el marxismo”? (...).

A este respecto, pienso que nada puede suplantar el criterio que está relacionado con la idea (dialéctica) del “salto de cantidad en calidad”. Esto es, existe todo un espacio de matices, disonancias y críticas a aspectos de la teoría (...) dentro de una matriz de pensamientos que conforman un corpus teórico y político con una fisonomía característica. Son “alteraciones cuantitativas” que no alteran la matriz básica. Pero por otra parte, existen cuestionamientos que se colocan en un punto de ruptura cualitativo. Por caso, dado que la teoría de la explotación constituye uno de los rasgos definitorios del marxismo, si alguien sostiene que el modo de producción capitalista no es explotador, no podría encajar, de ninguna manera, dentro de la corriente del pensamiento marxista.  (…) En lo que se refiere al nuevo ministro de Economía, la primera y principal diferenciación tiene que ver con la posición política que ocupa.

(…) Un lector envió una interesante reflexión de Rosa Luxemburgo, realizada a propósito de los debates sobre el caso (de Alexandre) Millerand (el primer socialista en aceptar, en 1899, un cargo de ministro en el gobierno burgués del primer ministro René Waldeck Rousseau, de Francia, para “defender a la República” frente a la derecha). La realidad es que Millerand pasó a colaborar con la burguesía en el mantenimiento del orden del capital. (…) La izquierda socialista condenaba la entrada de los socialistas en gobiernos burgueses, y (…) Rosa Luxemburgo sintetiza en buena medida esa postura: (...) “el gobierno burgués no se transforma en un gobierno socialista, pero en cambio un socialista se transforma en un ministro burgués”.

Mi idea es que (…) no se puede estar “de los dos lados del mostrador”. Para explicarlo con un ejemplo sencillo: es una realidad que la explotación del trabajo demanda el apaciguamiento, por todos los medios posibles (coerción, convencimiento, desmoralización), de la lucha de clases. Cuanto más pasivamente soporten los trabajadores la explotación, mejores condiciones tendrá el capital “en general” para extraer plusvalía y más animado se encontrará para reinvertirla. La “confianza” y “el clima de negocios” que piden los capitales tiene este contenido. El Estado, lógicamente, depende también de que esta operación de generación y extracción de plusvalía sea exitosa (…) tiene que cumplir la misión de garantizar esas condiciones generales. Y aquí, el antagonismo de clases parte aguas (...)

Aclaremos que la naturaleza del asunto no se altera si en lugar del capital privado se trata del capitalismo de Estado. Una empresa estatal, en la sociedad burguesa, es una empresa capitalista, como ya lo señalaban Marx y Engels (...). Un marxista colaborando desde el Estado burgués en la explotación del trabajo “estatizado” no tiene manera de encajar en la matriz de la política derivada de la teoría de la plusvalía y la contradicción entre el capital y el trabajo.

Los analistas más reaccionarios acostumbran decir que de las tesis de Marx se deriva que el Estado burgués puede manejar los precios y decidir en consecuencia sobre costos y ganancias de empresas (…) También mucha izquierda “progre biempensante” comparte la creencia (…) Algo similar podría decirse de las políticas que desplegó Guillermo Moreno, el hasta ayer secretario de Comercio Interior, que terminaron dando como resultado que un kilo de pan en Argentina esté más caro que en España. Dado que Kicillof comparte este enfoque, en lo sustancial, no habría mejor prueba de su ideología “marxista”.

Pero lo cierto es que la pretensión de “manejar los precios desde el Estado”, y “a favor del pueblo”, no encuentra apoyo alguno en las ideas de Marx. (...)  La teoría de Marx del fetichismo de la mercancía se basa, precisamente, en la idea de que la ley del valor trabajo es objetiva; se impone, en tanto exista el modo de producción capitalista, al margen de la voluntad de los actores económicos. (…)

¿Cuál es entonces la base teórica de las políticas “a lo Maduro-Moreno-Kicillof”? Pues una teoría ajena a la de Marx (en mi opinión, también a la de Keynes). Hasta donde alcanza mi conocimiento, su raíz se encuentra en la Cepal. Recordemos que la primera explicación de Prebisch sobre el deterioro de los términos de intercambio se basó en la idea de que los precios se establecían, en el mercado mundial, a partir de relaciones de poder (…) de los agentes o actores sociales (…) Se puede acordar o no con esta explicación, pero no hay manera de atribuírsela a Marx. Sin embargo, desde hace años Kicillof mezcla estas posiciones. Recordemos también que ya había “metido la pata” al sostener –fue su tesis doctoral– que Keynes era partidario de la teoría del valor trabajo. De manera que el nuevo ministro de Economía ha logrado un indigesto guiso, en el que se mezclan, sin orden ni concierto, Marx, Keynes, valor trabajo, Prebisch y precios “por relación de fuerzas”. A esto se le llama hoy “heterodoxia”, que por supuesto emociona a la militancia peronista de izquierda y stalinista. Aunque todo esto es sólo pantalla ideológica (más popularmente, “verso”) destinada a disimular a un saltimbanqui intelectual, posando de “radical economist”.

(...) Con esa mezcolanza de Keynes y Marx, nuestro “académico-marxista-keynesiano” pretende justificar una intervención “a favor del pueblo” a partir de los mandos del ministerialismo burgués. Se legitimaría así “por izquierda” la intervención estatal en la lucha de clases. Intervención que no puede no estar determinada por la naturaleza de clase del Estado en la sociedad capitalista (incluso cuando se trata de capitalismo de Estado). Con el agravante de que infunde la creencia de que los trabajadores deben confiar en la acción “salvadora” de ese Estado; un mensaje muy apreciado por todo burócrata, sindical o estatal. (…) Todo esto no tiene nada que ver con Marx. No es casual, por eso, que la prensa más reaccionaria se empeñe en afirmar que con Kicillof el marxismo llegó al comando de la economía argentina. La identificación del estatismo burgués con el socialismo es funcional a la propaganda anti-socialista. El caso que nos ocupa no constituye una excepción a la regla.


*Es uno de los principales estudiosos de Marx en el país. El artículo fue extractado del blog del autor rolandoastarita.wordpress.com, donde puede leerse en forma completa. Astarita es docente en las carreras de Economía y Sociología en la UBA y en la Universidad Nacional de Quilmes.



Rolando Astarita