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El mundial nos narcotiza

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Ninguno de ustedes necesita que se les cuente cómo se vive un Mundial, cómo la sola insinuación de que el himno de tu país sea uno de los dos que se escuche último en ese torneo del cual nadie se quiere ir pronto deforma tu esencia futbolera hasta admitir que, si la victoria es tuya, no importa que el partido se juegue sin pelotas ni arcos.

Varios millones de argentinos no tienen la menor idea de cómo es llegar a una final; mucho menos, ganarla. No tengo esas cifras que, a un año de las elecciones nacionales, muchos políticos deben memorizar más fácilmente que la fecha de nacimiento de sus hijos. Esas que permiten saber cuántos argentinos hay con menos de 35 años. Todos esos ustedes, tan maravillosamente jóvenes, sólo saben cómo es un Mundial sin la celeste y blanca durante la última semana.

A todos esos argentinos, y a los que quedaron inevitablemente cortados por la tijera del inclasificable 1990 (miento; tengo infinidad de clasificaciones para esa participación argentina, pero no viene al caso en un día de euforia masiva), no les interesa que, al menos hoy, nadie les cuente otra cosa que no remita a que la ilusión de ser campeón sigue vigente.

En este tipo de jornada nadie quiere escuchar hablar de un plantel mal diseñado, de un técnico que jamás pudo imaginar que su suceso mundialista depositara una sombra en su imagen de conductor o de lo innecesario que se siente sufrir partidos más que jugarlos.

Fue un atardecer de sábado futbolísticamente demasiado feliz. No queremos análisis. Queremos relatores que griten estupideces aunque confundan a Messi con Shaquille O’Neal. No queremos gente que se pregunte dónde quedaron los “once de memoria”. Queremos voces que sepan de memoria los nombres de los vecinos que vieron crecer a Basanta en Tres Sargentos. No queremos que alguien pregunte cuánto tiempo se perdió con Federico Fernández como titular indiscutible. Queremos a Evangelina Anderson hablando del día en que se enamoró de su Martín Demichelis que, en apenas tres jugadas, llenó de certezas a los hinchas y a sus compañeros de zaga.

Vivir la vida en Estado Mundial y que ese estado dure, al menos, hasta el último sábado, es una bendición reservada para pocos. Piensen en nosotros, los muchachos de la tele, que llevamos un mes despidiendo gente de sus oficinas. Ingleses, italianos, españoles, mexicanos, uruguayos, chilenos... ayer, a los franceses. Mientras tanto, nosotros seguimos tirando un “bom dia” con tonada cada vez más argentina a los morochos de seguridad que nos vienen mirando con sorna desde los primeros días de junio. Para colmo, ellos perdieron a Neymar y nosotros no sólo tenemos a mano a Messi, sino que se recuperó Agüero. A ver si todavía lo de Di María es pasajero y terminamos embocándolos con los cuatro fantásticos, ahora que a nadie le importa que el Pipita haya llegado medio caderón al torneo.

Al margen, ¡qué partido de Higuain! Un partido que empezó a jugar contra Nigeria, actuación que se subestimó masivamente. Al margen, cuánto mejor se vio a Garay con Demichelis al lado.

Mientras tanto, el mediodía de Brasilia volvió a dejar la sensación de que todo es posible, de que a este mundial argentino se le podía imaginar lo mejor en resultados, pero nunca este mundial en cuanto a las formas y los nombres. Lo de Demichelis por Fernández parecía difícil por una cuestión de confianza que el técnico tiene en el ex zaguero del Pincha. Pero que Pérez, Biglia, Basanta y Lavezzi ocuparan, por diversos factores, las plazas de Di María, Gago, Rojo y Agüero no podía caber ni en la más afiebrada cabeza que habita Cidade do Galo. Y les aseguro que hay un par de cabezas afiebradas de esas que no soportarían ni dos minutos en una sobremesa.

Así se han dado las cosas. Con una dinámica sumamente extraña. Incluida la de un entrenador que no sólo se mostró dúctil para aceptar el esquema que más ayuda a Messi, sino que, en medio de un torneo en el que muchas de sus decisiones merecieron títulos de tsunami, metió mano en un partido clave para encontrar soluciones impensadas. A muchos tienta incluir la presencia de Biglia –o la ausencia de Gago– como una de ellas. Es una mirada muy parcial. Tanto Alemania-Francia como Argentina-Bélgica fueron partidos atravesados por la influencia de un gol tempranero. Nada ilegítimo. Pero distorsivo. Es demasiado simplista hablar de la performance satisfactoria de Lucas en un partido en el que, demasiado pronto, la Argentina lo necesitó mucho más para complementarse con Mascherano en la marca y la recuperación que dándole al juego una claridad que él no tiene en la dimensión del volante boquense. Aun en este tiempo inestable de Gago, sigue siendo el único mediocampista capaz de permitirle a Messi recibir una pelota bien redonda a quince metros del área rival. Valga esta salvedad para que nadie se sorprenda si Sabella insiste con Fernando el próximo miércoles.

En eso estamos. Festejando que seguimos comiendo peito de frango à passarinho mientras para la enorme mayoría del universo futbolero el Mundial es esa cosa que se mira de reojo mientras hay que volver al yugo. Y ustedes y yo gritamos la media vuelta del Pipita hasta la ronquera. Y sostenemos cábalas que jamás tuvimos. Y nos imaginamos con inusitado realismo adueñarnos del Maracanazo del siglo XXI. Les digo más. El torneo entró en una cadencia que permite imaginar que ni siquiera haya que mejorar demasiado para salir campeón.

Cuenten conmigo para un torneo de caipirinhas para esa noche de éxtasis. O para ésta de ser semifinalista. Todos hinchas. Todos bien argentinos.
Pero el Mundial nos narcotiza. No nos cambia. La esencia, de algún modo, sigue siendo la misma y, apenas pasan de largo la euforia o la depresión, resurge con elocuencia brutal. De tal modo, me confieso incapaz para olvidarme de los modos. Del placer por sentir que tuvimos una idea y la impusimos. Del orgullo por darle al mundo del fútbol un camino por seguir durante, al menos, los próximos cuatro años.

Entiendan que vengo de una tierra que se engañó durante más de dos décadas creyendo que la posta era ganar caricaturizando jugadores, bastardeando la esencia de nuestros potreros e instalando mensajes que no podrían traducir ni los discípulos de Champollion, el de la piedra de Rosetta.

Una verdad irreflexiva que podría perder su legitimidad de última referencia a manos de, paradójicamente, un hombre de cierto vínculo con aquel viejo alquimista de bidones.

Entonces, deseo tanto una fiesta argentina en Río como reniego de la mera insinuación de que alguien nos quiera explicar que, otra vez, la posta de nuestro suceso sea casi tanto un asunto de azar y albures como de armonía y consecuencias.

El seleccionado de Messi, Higuain, Mascherano, Demichelis, Di María o Romero merece mucho más que eso. El que soñó Sabella, también.



Gonzalo Bonadeo