COLUMNISTAS EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

El mundo desarrollado crece a dos velocidades

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A casi seis años del epicentro de la crisis subprime, la economía norteamericana parece ir retornando de a poco a una situación de normalidad. La economía crece, el empleo aumenta (la tasa de desocupación cae), las personas elevan su nivel de gasto, al tiempo que las empresas hacen lo propio en materia de inversión en capital físico y humano.

Si bien todavía falta bastante para volver a los niveles precrisis, la mejora de la economía de Estados Unidos es, a esta altura, indiscutida. En ese marco, no debería extrañarnos que la Reserva Federal (Banco Central de EE.UU.) continúe con el plan de reducción de los estímulos monetarios extraordinarios. Es importante resaltar que el tapering no implica un cambio en el sesgo de la política monetaria en EE.UU. El sesgo sigue siendo expansivo, pero con una intensidad menor que la de hace sólo un par de meses atrás. De no mediar algún imponderable, el programa de estímulo monetario extraordinario habrá finalizado para los últimos meses de 2014, dejando el terreno listo para un aumento de las tasas de interés de corto plazo para algún momento del segundo semestre de 2015.

Si bien los mercados globales, en general, y los emergentes, en especial, han estado particularmente pendientes de los pasos que ha dado, y de los que puede dar a futuro, la Reserva Federal en términos de la política monetaria en EE.UU., lo cierto es que los temores lucen a priori un tanto sobredimensionados. Como comentamos hace unas semanas atrás en este mismo espacio, el cambio en el sesgo de la política monetaria será eventualmente la consecuencia natural de una situación económica que, luego de una crisis disruptiva como la sufrida hacia fines de 2008, vuelve a desarrollarse bajo parámetros cercanos a la normalidad. Y que la economía más grande del planeta retorne a una situación de relativa normalidad económica (tanto desde los niveles de empleo como en lo que hace a la demanda del sector privado y flujos de inversión en capital físico y humano por parte de las empresas) nunca puede significar una mala noticia. Todo lo contrario. Tanto el mundo desarrollado como las naciones emergentes deberían beneficiarse enormemente si, efectivamente, EE.UU. logra alcanzar en el mediano plazo (digamos, de aquí a un año) una situación económica tal que deja de ser necesaria la presencia de una política monetaria híper relajada.

Lamentablemente, es mucho más difícil ser optimista en cuanto al futuro de Europa. La crisis que puso en serio riesgo la continuidad del Euro quedó definitivamente atrás, pero los problemas seguirán presentes en el corto/mediano plazo. La decisión del presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, de imponerle una cota inferior al precio de los bonos soberanos (y, por tanto, también un límite superior al rendimiento de dichos activos) le puso fin a la inestabilidad financiera que atormentaba a la mayoría de los países europeos hacia 2011/2012. Sin embargo, y más allá de la estabilidad financiera, la situación económica de muchos países de Europa continúa endeble, con magras performance desde el punto de vista de la actividad económica (y, por tanto, también en materia de empleo) y con evidentes y persistentes presiones deflacionarias. En este marco, el BCE seguirá relajando en el corto plazo aún más la política monetaria, llevando la tasa de interés nominal de corto plazo a 0% y activando políticas de estímulo monetario extraordinarias (similares a las que viene llevando adelante la Reserva Federal hace ya varios años).

El problema es que en Europa, y a diferencia de EE.UU., existen problemas estructurales que tienden a diluir los efectos de la política monetaria sobre la actividad económica, en general, y la generación de empleo, en particular. Dicho de otra manera, una política monetaria ultralaxa en la Zona Euro, si bien necesaria, tendría mucho menos tracción de la que ha tenido en EE.UU. Siguen existiendo importantes diferencias de competitividad entre las economías de la Zona Euro, producto principalmente de distintos niveles de productividad, las cuales no pueden zanjarse a través de una política monetaria más laxa. Una relajación monetaria ayudaría a que baje el precio del euro, mejorando la competitividad de la Zona en su conjunto con respecto al resto del mundo, lo cual es deseable, pero no resultará suficiente. Sólo en la medida en que la relajación monetaria eleve los niveles de inflación relativa de los países más competitivos de la Zona Euro (vis à vis los menos competitivos), resultará una herramienta útil. Pero es difícil pensar que eso pueda suceder, teniendo en cuenta la reticencia que persiste en dichos países a la hora de aceptar tasas de inflación más elevadas y, al mismo tiempo, la negativa del BCE de convalidar un target más alto de inflación para la Zona Euro en su conjunto.

Así, incluso frente a una política monetaria más laxa del BCE en el corto plazo, la situación económica de la mayoría de las economías de la Zona Euro continuará signada por la debilidad. Sin mejoras sustantivas de los niveles de productividad y sin márgenes para aumentos en la tasa de inflación de los países del centro, el ajuste continuará operando vía presiones deflacionarias en los países periféricos a través de una situación de magro crecimiento económico y elevado desempleo.

En definitiva, nos encaminamos hacia una situación de crecimiento a dos velocidades en el mundo desarrollado, lo cual, si bien lejos de representar una situación ideal, representa un avance con respecto al panorama reinante desde el estallido de la crisis subprime allá por fines de 2008, principios de 2009. En cuanto a las economías emergentes, y más allá de la incertidumbre y volatilidad financiera que puede seguir provocando a futuro la transición que lleva adelante la Reserva Federal de EE.UU., en cuanto al sesgo de su política monetaria, el outlook debería seguir resultando positivo, lo cual no implica que a todos les irá bien. Implica que les seguirá yendo bien a los que hayan hecho los “deberes” correctamente, al tiempo que representa un “colchón” de contención para aquellos que aún tienen “materias pendientes” en lo que a política económica se refiere.

 

/Deloitte



Martín Apaz