COLUMNISTAS NIÑOS

El museo posible

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¿Por qué es tan difícil organizar museos para niños? El desafío no es menor. Los párvulos no parecen entender la diferencia entre mirar y tocar, ni tienen por qué. Buenos Aires parece tener flaca experiencia en la materia. No pretendo compararla con Tokio o Estocolmo. Estuve en Rosario (que no produce sólo narcos, pero las buenas noticias no son nunca noticia). En el antiguo zoológico (un cosmos inmanejable) funciona ahora el Jardín de los Niños, un edificio formidable, interactivo, con parques, juegos e instalaciones habitables inspiradas en las vanguardias del siglo XX. Los niños investigan estructuras según planos y sueños de Xul Solar, Paul Klee, o Calder, recreados en forma de subibajas, trompos que se pueden usar o barcos escalables.

En la estación de tren (ya abandonada por el arbitrio mafioso del transporte camioneril) está La Isla de los Inventos, donde los niños hacen papel, serigrafías, cerámica, o discuten en un teatrito cómo se resuelve una ciudad.

Ponerse a la vanguardia en materia infantil requiere decisiones fuertes, que ningún niño va a tomar, porque no hay niños en los Congresos. Salvo en Rosario, creo, donde los niños sesionan y hacen propuestas a sus diputados.

El Museo de los Niños porteño, que es privado, ofrece un juego de supermercado Coto, donde lo que se puede hacer es consumir de mentira marcas de verdad (con logo y propaganda) y pasarlos por caja. También un juego AFIP donde se practica el entretenimiento de hallar y denunciar contrabando. ¿Qué tipos de niños proyectan las ciudades cuando piensan sus museos?



Rafael Spregelburd