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El niño Chiche

No habría que subestimar, según creo, los tramos aparentemente anodinos de la entrevista que Chiche Gelblung le hizo en Crónica TV a Cristina Fernández de Kirchner.

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No habría que subestimar, según creo, los tramos aparentemente anodinos de la entrevista que Chiche Gelblung le hizo en Crónica TV a Cristina Fernández de Kirchner. Gelblung suele jugar ese juego: ocuparse de temas triviales como si tuviesen la mayor gravedad, y rondar temas importantes con un tono distraído o ligero.

En algún tramo de la extensa conversación, Gelblung habló un poco de sí mismo. Y más concretamente, de su infancia. Maniobra astuta, por cierto, en la que Cristina Fernández cayó. Porque ella venía ofreciendo, hasta entonces, una versión del peronismo más que nada vivencial, la de la época de su juventud, la de los tiempos en que se enamoró de Néstor, la de los lejanos años 70, la de una militancia añorada que parece haberse mantenido a una más que prudente distancia de los focos quemantes de conflicto.

Abriendo un intercambio de vivencias personales por vivencias personales, Gelblung trajo a colación las suyas, sus recuerdos de la infancia. Y aunque nadie cree de verdad que exista inocencia en los niños, Chiche se las arregló para dotar a las escenas de su niñez de un aire (falso) de angelicalidad. Pues la infancia de Chiche Gelblung transcurrió durante el primer peronismo, es decir, durante un período histórico que, bajo el criterio excluyente de las propias experiencias, había quedado hasta entonces desplazado de la charla.

Primera evocación de Chiche: apenas derrocado el peronismo, en 1955, se lleva a cabo una exposición pública (con neto afán de denuncia) de los bienes de Perón y Evita. El niño Chiche asistió, llevado por su padre. Y el viejo Gelblung evoca, ahora, en la tele, la poca cosa que entonces se exhibió y él contempló: de Evita, apenas unos diez vestidos diseñados por Paco Jamandreu; de Perón, un par de automóviles, uno de los cuales le resulta poco menos que una batata. La indirecta es clara. Tan clara, que no habría ni que llamarla indirecta. ¿Con qué bienes, y con cuántos, se deja una presidencia? ¿En qué escala estamos hoy, si se quiere establecer un parámetro de la frugalidad o la opulencia dirigencial justicialista?

Chiche rememora, Cristina escucha. Más recuerdos: un abuelo de Gelblung fue tesorero del Partido Comunista. Y el niño Chiche, que jugaba a la pelota en la vereda, servía de campana cuando se hacían las reuniones. ¿Por qué razón? Pues porque el jefe de manzana, delator profesional del partido peronista, los denunciaba a la policía de inmediato, ante lo cual la policía venía y los metía presos a todos. “Todo esto mucho antes de que vos nacieras”, le dice Gelblung a la ex presidenta con evidente ironía, pues lo dice como si no existieran ni los libros ni la historia. “Todo esto mucho antes de que el Partido Comunista se hiciera kirchnerista”, agrega a continuación, con evidente ironía también, pues no deja de resultarle irónico un ensamble semejante después de tanta persecución, tanta cárcel, tanto ataque.

Cristina se muestra interesadísima, como si estuviese enterándose recién ahora de todas estas cosas, en Crónica TV, y gracias a Chiche Gelblung. Le propone incluso pasar a ser ella la que haga la entrevista, y que Gelblung pase a ser el entrevistado: le propone ser ella la que pregunta, y no la que responde, ser ella la que indaga, ser la que no sabe. Porque Chiche ha puesto el dedo en la llaga, o en una llaga: la del hostigamiento antiizquierdista por parte del peronismo, la de las tomas de posición posibles de la izquierda ante esos hechos.

Pareció un segmento de mero anecdotario banal en el transcurso de la entrevista, pero no lo era. Incluso a Cristina Kirchner pudo parecerle un segmento de mero anecdotario banal. Pero no lo fue. El peronismo a veces se piensa a sí mismo (Cristina lo dijo expresamente, siendo presidenta todavía) como la única izquierda posible. Y a la izquierda se le plantea a menudo el mandato de ser peronista (el peronismo como obligación, ni siquiera como alternativa). Para mí fue la parte más urticante de toda la entrevista. Mucho más que la de las preguntas sobre la corrupción, que Cristina sorteó sin inmutarse, admitiendo casos puntuales y dándose por perseguida.