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El nuevo mensaje

Imagine, estimado lector, una ciudad de Buenos Aires atiborrada de argentinos que celebran una de las fiestas de la democracia: la asunción presidencial.

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Imagine, estimado lector, una ciudad de Buenos Aires atiborrada de argentinos que celebran una de las fiestas de la democracia: la asunción presidencial.

Imagine que por Avenida de Mayo grupos favorables al gobierno que está por asumir presentan sus banderas y pancartas, y sobre la vereda, un vendedor ofrece prendedores y remeras con las caras del político opositor. Sería el inicio de una batalla campal.

Hace pocos días viví esa escena mientras caminaba por la Avenida Pensilvania hacia el Capitolio del país más poderoso del mundo.

Al grito de “KKK Fascist Trump” (referenciando al Ku Klux Klan), envalentonados grupos opositores se mezclaban con el rítmico “Trump Make America Great Again”. No había caras de odio, sólo de indiferencia. Tampoco hubo golpes. Tal vez algún comentario entre murmullos.

Bajo el frío y la llovizna de un Washington gris observé atónito que la violencia estaba ausente.

Uno de los propósitos de mi viaje fue ver, escuchar, observar y analizar el discurso de Mr. Donald Trump. Lo hago desde hace veinte años, es parte de mi trabajo, pero me costó concentrarme en él, porque el público que me rodeaba comenzó a ganar protagonismo y me dediqué a verlo, escucharlo, observarlo y analizarlo.

Antiguamente era buen orador quien monologaba con su público. La verbalización de las ideas, con ímpetu y proyección, movilizaba a una masa. Hoy el público participa y no importa si son diez o cien mil. La audiencia dialogó con el presidente electo. Junto con un hábil director de cámaras, los ciudadanos presentes aplaudieron cuando Michelle Obama fue presentada, silbó ante la presencia de Hillary Clinton e hizo silencio cuando el presidente hizo mención a la gestión de su reciente colega.

Donald Trump, finalmente, aprendió a hacer pausas, y en esos espacios de pensamiento y sentimiento el público intervino. Con vítores, agradecimientos, asentimientos o negación. El público hablaba, decía, se mostraba a gusto o a favor. El ciudadano se estaba comunicando, el ciudadano estaba hablando. En varios pasajes de su discurso otorgó el poder de la palabra al auditorio: “Ustedes están hablando y el país los está escuchando”. Con ojos de extranjero participé de una fiesta democrática, en la que el ciudadano es el protagonista y lo sabe muy bien.

La comunicación es el vehículo de la conducta; cuando los ciudadanos respetan las ideas y el mensaje propio y ajeno, la beneficiada es la misma sociedad. Y crece, más allá de la política o los candidatos.


 *Director de la consultora Tandem.

Desde Washington.


Marcos Mazzocco


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