COLUMNISTAS BEIJING Y MOSCU (II)

El panda gigante y el oso ruso

El acercamiento estratégico entre China y Rusia se convierte en un ancla de estabilidad global. Por ahora, no desafían la hegemonía de Estados Unidos. Conocen sus límites y aceptan que hoy les conviene sumar.

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En vísperas de su viaje a China, en mayo pasado, el presidente Vladimir Putin dijo: “Ampliar (los) lazos con China, nuestro amigo de confianza, es definitivamente una prioridad de la política exterior rusa”. Y añadió: “No me equivoco si digo que es el mejor momento de los muchos siglos de cooperación entre nosotros”.

El presidente chino, Xi Jinping, no le había ido en zaga en cuanto a gestos previos. Rusia fue el primer país que visitó como presidente; asistió además a los Juegos Olímpicos de Invierno.

Luego, China se abstuvo cuando el Consejo de Seguridad de la ONU votó la propuesta americana de sancionar a Rusia por la anexión de Crimea; el 16 de abril el ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, se reunió en Beijing con Xi, antes de la cumbre cuatripartita: Rusia, Ucrania, Unión Europea y Estados Unidos, en Ginebra, cuya agenda incluía el caso de Ucrania. Dijo entonces Xi: la alianza entre los dos países “es una opción inevitable” para el desarrollo de un mundo multipolar.

Si los intereses comerciales gravitan, el valor del que cruza entre los dos vecinos es un indicador al rojo vivo. Según Putin, “China es el líder entre los socios comerciales de Rusia. En 2013, los intercambios sumaron 90 mil millones de dólares. Este no es el límite, trataremos de aumentar nuestro intercambio a 100 mil millones para 2015, y hasta 200 mil millones para 2020”.

Dos ejemplos del área energética revelan la veracidad de esa programación. Rusia viene negociando desde hace años un pacto para proveer a China 38 mil millones de metros cúbicos de gas, casi una cuarta parte del consumo actual de la República Popular. El acuerdo durará treinta años a partir del día de su firma. Según fuentes de Gazprom, el precio acordable sería de unos 250-380 dólares por 1.000 m3 (precio europeo promedio), pero ambos países no se han sentado aún a firmar.

Rusia está empeñándose igualmente en un oleoducto de US$ 60 mil millones para suministrar crudo a China. Si sus relaciones con Europa, su principal cliente, se deterioran por la crisis ucraniana, a Rusia le interesa abrir válvulas de salida hacia Oriente. Sobre todo sabiendo que no es el único vendedor en ese mercado. Y la prueba la da China: al tiempo que negocia precios con Moscú, suscribe distintos acuerdos con países del Asia central (Turkmenistán), a mejores tarifas.
Antes de viajar a China, Putin sostuvo que tanto Moscú como Beijing “entienden bien que los potenciales de nuestros países no están agotados. Hay metas que alcanzar. Como prioridades de nuestra cooperación en la fase actual, se puede destacar el estrechamiento de lazos económicos y la colaboración en el ámbito de las ciencias y las altas tecnologías”. Sabe de lo que habla.

La Organización Mundial de Propiedad Intelectual informó que en marzo de 2014 China alcanzó el tercer puesto mundial por pedidos de otorgamiento de patentes, (más de 20 mil), un crecimiento del 15,6% anual. Frente a las restricciones de Occidente, nada mejor que la materia gris de Oriente.

Alguna vez supo decir Putin que la desaparición de la URSS fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Pensaba remediar las consecuencias con otras herramientas y una adecuada política exterior. Y detener y revertir una rodada hacia la pérdida de poder internacional. Tanto la oposición a la invasión a Siria en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU cuanto la alianza con Irán, el referéndum de Crimea y su posición en el conflicto de las provincias orientales de Ucrania evidencian la vocación de proponerse vigorosamente como una potencia global renovada.

Finalizadas las tribulaciones posteriores a “la caída del Muro”, cuando Yeltsin se inclinó hacia el “atlantismo”, Putin es decididamente “euroasianista”, lo que se inscribe más nítidamente en la tradición política de Rusia. A sus ojos, de lo que se trata es de asegurar las antiguas repúblicas soviéticas (excluyendo las bálticas) como territorios sujetos a la influencia de su país. No trata a los Estados Unidos como un polo incompatible (de hecho, consintió la extensión de la OTAN a los países bálticos, el posicionamiento de efectivos estadounidenses en Asia central y la retirada de Washington del Tratado ABM –sobre misiles antibalísticos–). Al propio tiempo, el “euroasianismo” aparece como una idea ordenadora claramente perceptible a caballo de instrumentos vinculados con la economía y la energía. Sobre esos ejes, ordena sus relaciones con las antiguas repúblicas soviéticas y con Europa.

Uno de los objetivos es que todo el gas y el petróleo del Caspio se exporte a través de Rusia, para ganar influencia sobre Europa y los países ribereños de ese mar, lo que remite al lanzamiento –en 2001– de la Comunidad Económica Euroasiática (unión económica entre las repúblicas de Rusia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán). Como bien aprendió Churchill tempranamente, no hay buena política exterior sin la conciencia territorial que dan los buenos mapas.

Desde que, allá por los 70, comenzó en la ex URSS, en la Unión Europea y en los EE.UU. el runrún de la gestación de un “peligro chino”, la República Popular respondió a esas percepciones con una política exterior multidimensional que recurría a un empleo dinámico de su diplomacia pública, presentando a China como un país responsable y no hegemónico, cooperativo y pacífico. La cultura vernácula tuvo gran importancia en la respuesta a lo que se percibió como potencialmente nocivo y en el contenido de las propuestas.

Los conceptos de “ascenso pacífico” y de “mundo armonioso” fueron desarrollados por especialistas chinos en relaciones internacionales, con apoyo gubernamental (Hu Jintao y el Partido Comunista Chino). El “ascenso pacífico” se asocia a Zheng Bijian, vicepresidente de la Escuela Central del PCCh y aliado de Hu: China no amenaza, pero no renuncia a las responsabilidades derivadas de su ascenso.

Hu Jintao cambia “ascenso” por “desarrollo”, y así se comienza a difundir el “desarrollo pacífico de China”, doctrina que dice: primero, es un camino que China tomará inevitablemente en su proceso de modernización; segundo, China logra este desarrollo creando un ambiente global pacífico y facilitando la paz; tercero, China logra su desarrollo confiando en sus propias capacidades; cuarto, China se acomoda a la globalización y se esfuerza por lograr beneficios mutuos y desarrollo con otros países; quinto, China adhiere a los principios de paz, desarrollo y cooperación, y un mundo armonioso. O sea que el país “puede y quiere ascender sin poner en cuestión, desafiar o perturbar el orden internacional existente”.

Con estas cartas sobre la mesa, no puede sino coincidirse en que el acercamiento estratégico entre China y Rusia se convierte en un ancla de estabilidad global. Para Putin, China y Rusia deben “reforzar la colaboración financiera y protegerse de las oscilaciones del cambio de las principales divisas mundiales”. El Nobel de Economía (2007) Eric Maskin afirma que “China es un héroe en la reciente recesión económica. Si China no hubiera estado allí, esa recesión habría sido mucho mayor para Europa y para Estados Unidos”. Desde hace un año, China es la primera potencia comercial del mundo, al superar el valor de sus intercambios los 4 billones de dólares.

Pero aún está lejos de equipararse con los EE.UU. en poderío militar y en despliegue planetario de ese poder. Y es en ese poder que reside la capacidad de influir en las zonas o territorios que presenten una amenaza a una hegemonía vigente como la americana. Adicionalmente, en la preeminencia financiera que le procura la gran divisa convertible, el dólar. Rusia y China lo saben. Ambos conocen sus desparejos límites actuales y los dos aceptan que hoy les conviene sumar.

Deng Xiaoping, el gran reformador y agudo líder de los años 80, ya aconsejaba en la intimidad: “Oculta las ambiciones y esconde las garras”. Como genuino ex jerarca de la KGB, Putin debe arrullar parecida consigna.



Rafael Bielsa / Federico Mirré