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El papel del islamismo

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Las causas inmediatas de la Primavera Arabe son evidentes. Se había producido una reacción contra las camarillas represivas y corruptas de los Estados “blandos”. Estas camarillas protegían a sus parientes y amigos, y dependían de las potestades del clientelismo y a veces del tribalismo para mantener el control. No desarrollaron políticas que brindaran oportunidades de empleo adecuadas ni permitieron a sus pueblos vivir con decencia y en razonable libertad. Esto significó que toleraron un ensanchamiento del abismo entre ricos y pobres, y la amarga desesperación de una generación más joven sin esperanza alguna de un futuro mejor. Su método preferido para mantenerse en el poder era dictar leyes de emergencia que permitían a las fuerzas de seguridad emplear la violencia sin miedo a que nadie les pidiera explicaciones.

Muy a menudo estos regímenes lograron reclutar el apoyo estadounidense y europeo –o al menos su tolerancia– para los aspectos más turbios de su gobierno. Esas mismas potencias occidentales hicieron poco o nada por resolver los resentimientos que han distanciado de Occidente a tantos árabes y musulmanes: distanciamiento que habrá quedado dolorosamente claro en este libro. El más obvio de estos resentimientos es la continuada agonía del pueblo palestino, que tan a menudo se ha pasado por alto en las capitales occidentales a lo largo de las décadas, considerándolo un tema que hay que “manejar” y no que resolver.

Los traumas que ha padecido el pueblo de Irak desde la década de 1990 en adelante, y que ahora han estado aquejando a Siria y a otros países árabes desde 2011, son recibidos con perturbadora indiferencia en Occidente. ¿Cabe sorprenderse de que muchos árabes sientan que su suerte simplemente no le importa a Occidente? Esta percepción es peligrosa para el futuro de todos.

La catastrófica situación que ahora impera en Siria, Libia y Yemen parece aportar una lección objetiva sobre los peligros inherentes a intentar derrocar a un autócrata. Sin embargo, sea cual fuere el futuro del mundo árabe, el genio se ha escapado de la botella y no será posible volver a encerrarlo.

Este libro, por tanto, concluye con una breve mirada a algunos temas de los países árabes que es necesario analizar para comprender los dilemas a los que se enfrentarán en los años venideros. Lo que habría que preguntarse es qué papel jugará el islamismo, aunque el laicismo ha demostrado estar más profundamente arraigado en los países árabes de lo que algunos habrían predicho un par de años antes. El atractivo del islamismo parte de ser una búsqueda de autenticidad e identidad que constituye al mismo tiempo un llamamiento contra la corrupción, la injusticia y la subordinación a los intereses extranjeros. Ahora que los islamistas están siendo electos al Parlamento, formando gobiernos y controlando los Ministerios de Educación, ya no podrán darse el lujo de tener una tribuna sin responsabilidades.

¿Qué es lo que quieren los islamistas? ¿Acaso un retorno a una versión idealizada de la Edad Media, posible gracias a la tecnología y a ingentes dosis de riqueza petrolera? Esta era la visión de Osama bin Laden, y ahora la de Estado Islámico, pero su poder de convocatoria va mucho más lejos y no implica necesariamente recurrir a la violencia. Es un rasgo típico de lo que Irshad Manji llama “islam del desierto”, el literalismo salafí que se ha extendido por todo el mundo musulmán. Cuando los salafíes egipcios fundaron su propio partido político, Nur o Partido de la Luz, para participar en las primeras elecciones parlamentarias del país tras la caída de Hosni Mubarak, hubo predicadores callejeros que exhortaban a sus seguidores a votarlo.

A veces llegaron a afirmar que una mayor observancia religiosa conduciría a una recompensa de Dios que llegaría en forma de riqueza descubriendo vastos recursos petroleros, tal como se afirmaba que había ocurrido en Arabia Saudita a causa de la piedad de su pueblo. Algunos que votaron por Nur se beneficiaron de los actos caritativos de los grupos salafíes durante la era de Mubarak, y el partido salafí logró hacerse con el 27% de los votos en el recuento de noviembre de 2011. Resulta impresionante para un partido creado sólo seis meses antes, y demuestra que los cimientos del respaldo a la esencia de su mensaje son muy sólidos. Pero el literalismo no ofrece el mismo atractivo a todo el mundo. En el otro extremo del espectro existe una visión alternativa: la búsqueda de una sociedad justa basada en el espíritu de la revelación coránica y los ideales del profeta. Lo que probablemente ocupará la atención del islam en el futuro inmediato es la lucha entre estas dos visiones, ambas influyendo sobre una posición intermedia que representa a la gran masa de musulmanes. Un tema crucial en esta lucha será probablemente la posición de las mujeres.

En las formulaciones clásicas de la sharia, que datan de los siglos viii y ix, hay muchas reglas que restringen sin ambages la autonomía de la mujer musulmana. No pueden casarse con alguien que no sea musulmán. Su testimonio vale la mitad que el de un hombre musulmán. Un hombre puede casarse hasta con cuatro mujeres a la vez, y también puede tener concubinas esclavas.  (...) El esposo tiene “un derecho limitado de corrección” y puede restringir el derecho de la mujer a salir de la casa.

El contrato matrimonial no lo firma la mujer, sino su tutor masculino: su padre, o si éste no viviese, su hijo adulto o su abuelo. Este contrato está diseñado para protegerla estipulando el pago que su esposo deberá realizar en caso de que la repudie con el divorcio. (...)  

El esposo puede divorciarse de ella a voluntad sin tener que ir a los tribunales, en tanto que las circunstancias en que una mujer puede divorciarse de su esposo suelen ser tan limitadas o complejas que a menudo le resulta más conveniente tratar de persuadir a su esposo de que se divorcie de ella. (...)

La respuesta a la sugerencia de que habría que conceder a las mujeres los mismos derechos al divorcio es que ello conduciría al desmoronamiento de la familia.

*Abogado en derecho internacional.
Fragmento del libro Una breve historia de los árabes, editorial Turner.



John Mc Hugo