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El paro

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En el sindicalismo como en la vida, los combativos y los oportunistas son dos líneas que no se mezclan, son maneras de ser. Y toda etapa suele nacer por la lucha digna de los combativos y agonizar en el abrazo meloso de los eternos oportunistas. La gestan los luchadores y la parasitan los obsecuentes. Y en eso estamos. Los gremios más fuertes y combativos cambian con los tiempos; el Cordobazo lo gestó la industria automotriz, hoy vimos que el transporte es esencial y actuó como principal motor del paro.

Mientras el oficialismo tuvo prestigio y proyecto, hubo un sindicalismo y una sociedad que lo acompañó. En 2011 obtiene un caudal de votos que lo lleva a soñar con enemigos y eternidades. A la degradación del pasado la denominaron “revisionismo histórico”, a la degradación de la Justicia el cinismo la convirtió en “Justicia Legitima”, y a los restos del sindicalismo que había acompañado a Menem y a todos los gobiernos, a esos los asimilaron como sostén del supuesto modelo, “CGT oficialista”. También instalaron la repetida referencia a la dictadura que sólo estudia el pasado de los opositores. Se compraron el pasado y lo deformaron para imaginarse dignos junto a demasiados que nunca lo fueron y ni siquiera lo intentaron.

El paro no es un hecho aislado de lo mejor de la clase trabajadora, ocupa también el lugar de las multitudes que salieron a la calle en forma masiva y que un funcionario elegante imaginó como la gente bien vestida. Los docentes parecían oficialistas y la huelga demostró lo contrario. El modelo por suerte agoniza, se debilitan las agresiones y los sueños de heroísmos. Queda al desnudo una burocracia prebendaría y una inflación de esas que marcan la ineficiencia de los gobernantes. La desmesura de los medios oficialistas y de los nombramientos de empleados públicos, las cadenas oficiales que ya no dicen nada, la obediencia de los obsecuentes que ya amenaza resquebrajarse.

El sueño de la década ganada impuesto como sello ridículo sobre un tiempo de verdadero retroceso. Oficialismo fanatizado ya que sólo la ceguera los puede mantener en sus creencias. Ya no soportan la duda; únicamente el sectarismo puede mantenerlos en la fe.

El paro ubica al Gobierno en su verdadero espacio ideológico, la derecha; esa que asumen cuando ofrecen subsidios y cargos públicos para mantener seguidores. Es ese conservadurismo que los lleva a convertir a los necesitados en clientela electoral que, también, los conduce a gestar un acuerdo con el conservador y esquemático Partido Comunista argentino, un sector tan ortodoxo en sus convicciones que hasta el Santo Padre les debe resultar trotskista. Ese comunismo que pactó en tiempos de la dictadura e inducía a Radio Moscú a referirse a “los sectores progresistas de Videla y Viola”.

Estamos viviendo los finales de un gobierno que nació democrático y combativo y terminó autoritario y de derecha. Un gobierno que eligió ser Venezuela y ya ni habla del caos que vive como destino ese país hermano. Un gobierno que tuvo su primera etapa con los gremios combativos y termina abrazado a lo peor de la dirigencia obrera. Una burocracia agresiva más definida en las acusaciones de enriquecimiento ilícito que en los beneficios aportados a los necesitados.

El paro refleja la realidad de un gobierno que generó sus propios medios gastando en ellos fortunas, que tiene su propia televisión y radio, y hasta sus diarios aplaudidores. Refleja el fracaso de una Ley de Medios que se gestó para derrotar a Clarín y terminó convirtiendo a radio Mitre en la dueña de más del 50% de la audiencia. Una ley que confundió micrófonos con audiencias. Un gobierno que fracasó en todo, hasta en el logro de sus odios.

El paro expresa a la absoluta mayoría de la sociedad. La supuesta década ganada necesita con urgencia convertirse en década olvidada, y salir todos juntos a soñar un futuro mejor. El paro marca el fin de una época; obliga también a gestar alternativas con humildad y compromiso.

*Ex diputado nacional peronista.



Julio Barbaro