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El partido kirchnerista

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La política se fue convirtiendo en la forma más simple y caudalosa de enriquecerse, ello explica demasiado, mucho más que cualquier supuesta doctrina, que lo que quedó del  peronismo termina siendo el espacio en el que se desarrollan las ambiciones más pragmáticas y con menos principios. Ya con Menem un conjunto de personajes menores que deambulaban entre la farándula y los negocios oscuros, había intentado la gloriosa síntesis de salvar a la patria mientras los que se salvaban eran sólo ellos. Ahora se agota la segunda etapa de esta ocupación de memorias ajenas para proyectos propios, como esas aves que ponen sus huevos en nidos ajenos para lograr descendencia  evitando esfuerzos. El peronismo es una memoria popular sin otra organización que la voluntad obsesiva de quienes viven de explotar su nombre.

El kirchnerismo no tuvo ni tiene pretensiones ideológicas. La adhesión y la obediencia están por encima de cualquier detalle. Los gobernadores e intendentes más oscuros y cuestionados, los legisladores menemistas que se ajustan a todo servicio, ese mundo abarca lo esencial de sus seguidores. A eso se le suma el decorado tardío, derechos humanos y pensadores, variados restos del fracaso setentista.

Nuestros revolucionarios frustrados no pueden mostrar una  conducción. La derrota tuvo  más de suicidio que de epopeya. Es por eso que sobreviven como agrupaciones de Derechos Humanos y no como propuesta política. Funcionarios y gobernantes no tienen un pasado colectivo  que merezca respeto, por eso se toman de virtudes ajenas para  expandir su heroísmo sobre el conjunto de arrepentidos y olvidadizos. En esas endebles bases se asienta un intento de partido sectario y obediente donde el resentimiento de grupos e individuos derrotados ayer los convierte en personajes del hoy.

Algunos respetables sobrevivientes de los setenta, otrora exagerados defensores de Menem, y varios que vienen del marxismo con acento estalinista, todos ellos, junto a jóvenes que ponen en  la pasión por una ortodoxia figurada el posible camino al ascenso burocrático. La obediencia en el grado de fanatismo por una causa carente de sustento. Demasiados se enriquecen haciendo silencio y se sienten molestos por los que extrañamos el diálogo. Intentaron quedarse para siempre, con todos los Medios y todos los jueces adscriptos al partidito de los obedientes, logrando estabilidad en las rentas otorgadas vendiendo revoluciones.

Para el partido kirchnerista la virtud esencial es la obediencia. La corrupción y la mediocridad no son ni siquiera desviaciones ideológicas. Obedezcan y después hagan lo que quieran. Ningún ladrón fue cuestionado, todo disidente fue devaluado. La obsecuencia como virtud que abarca a todas las demás se constituye en una indulgencia plenaria que condona todo pasado e ignora los defectos del presente.

El partido kirchnerista va a tener mayor vigencia que el menemismo. Reunió izquierdistas y fanáticos; se organizó como una fuerza pequeña pero sólida. Cuando dejen el poder van a retornar a un caudal de votos menor al diez por ciento: más de lo que siempre tuvieron, menos de los que soñaron siendo gobierno, usurpando un pensamiento ajeno. La causa que ayer integró a los humildes devenida en camino para conducir clientelas electorales.

El Estado y sus generosos beneficios ejercen un poder de atracción y convicción infinitamente más fuertes que las ideas y lo principios. Si pudiéramos separar a los beneficiados de los convencidos, estaríamos en condiciones de conocer el número real de seguidores. Desde el llano, como dijimos, el kirchnerismo  será un partido de menos del diez por ciento de los votantes. Y eso, en caso de que logre sobrevivir a sus propios rencores. El resto lo integran las fuerzas democráticas, y necesitamos que todas se unan para desalojar los restos de autoritarismo hoy apañados por el calor oficial.

*Ex diputado nacional.



Julio Barbaro