COLUMNISTAS POPULISMO Y ORTODOXIA

El peculiar mix del ajuste K

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Suele denunciarse como una contradicción y una inconsecuencia la reciente introducción de componentes ortodoxos en la gestión económica por parte de un gobierno que hizo profesión de fe populista en ésa y otras materias cada vez que pudo en el pasado.

Pero tal vez haya tal contradicción porque una dosis de ortodoxia es el medio hoy imprescindible para mantener en pie metas básicas del populismo. Y por tanto, ella esté “ideológicamente justificada” y las denuncias al respecto erren el tiro. Las cuestiones que habría que someter a crítica serían otras: primero, ¿de esta política resultará una situación de mayor equilibrio y crecimiento, o una que requerirá nuevos ajustes y sacrificios?; y segundo, ¿cuál es el destino previsible para los recursos que el Gobierno está tratando extraer vía ajuste, endeudamiento y cambios en los precios relativos?

Para empezar, los instrumentos populistas del modelo K tuvieron siempre menos que ver con el grado de equidad a alcanzar que con los vínculos políticos y las oposiciones que se buscaba construir. De hecho, como han mostrado los estudios de Ernesto Kritz, el gasto público no fue en estos años más igualitario que antes, o que el gasto privado; al contrario, considerando salarios, jubilaciones y subsidios, y a pesar de la Asistencia Universal por Hijo, el Estado kirchnerista ha sido una máquina de producir desigualdad. El ajuste que se aplica ahora restringe algunos gastos muy inequitativos (subsidios), pero también otros que no lo son tanto (salarios y jubilaciones, ajustados muy por debajo de la inflación), mientras se eleva incluso la presión impositiva, para que el grueso de los costos los pague la economía privada; con lo cual no sólo tendremos menos inversión y menos crecimiento futuro, sino parecidos problemas de inflación y desequilibrio cuando concluya el proceso.

Los instrumentos ortodoxos, por otro lado, no son tan nuevos. El kirchnerismo los usó en el pasado, por ejemplo, para esterilizar los excesos de liquidez que él mismo provocaba, así como para que el mercado disciplinara a sectores del capital poco dóciles, por ejemplo los productores agropecuarios. La diferencia es que ahora se trata de administrar costos mucho más amplios y sostenidos. Lo que revela un cambio coalicional: algunos sectores antes favorecidos dejan de serlo, para poder concentrar recursos en otros más necesarios. Y un cambio temporal: el Gobierno asume que tiene que resignar algunas metas para postergar costos y garantizar objetivos esenciales en la transición.

Lo primero es bien visible en el cambio de prioridades de gasto: hasta hace poco el kirchnerismo se esmeraba en financiar el consumo de muchos sectores que sólo minoritariamente lo votaban; ahora y ante la escasez de ingresos y de chances para seducir a esos actores, parece decidido a quedarse con sus apoyos más fieles, que son además en general los más económicos. Los recortes de subsidios son el mejor ejemplo de ello: afectarán a sectores de Buenos Aires y el Conurbano que ya de por sí han mostrado declinante interés en acompañar al Gobierno y entre los que Massa, Macri y UNEN hacen su mayor cosecha, para mantener planes sociales, transferencias discrecionales y demás gastos que sostengan los componentes periféricos y de menores recursos de la coalición oficial.
Lo segundo se puede observar en el abandono del desendeudamiento y la búsqueda acelerada de créditos internos y sobre todo externos. Así como en la fijación de tasas de interés altas, que permitan recomponer reservas sin mayores saltos en la cotización del dólar.

Ahora bien: ¿existe realmente eso que la política oficial parece haber definido como el núcleo duro de su coalición, la última trinchera donde podrá resistir su salida del poder, para preparar la vuelta, o la que le permitiría condicionar un eventual gobierno de Scioli? Tal vez la resignación kirchnerista esté animada por una ilusión tan o más injustificada que las que ha decidido dejar atrás, y en el Gobierno sigan dándose demasiado crédito cuando asumen que las “lealtades a la jefa” van a poder mantenerse después de 2015 porque ella ha echado raíz en la sociedad.

*Investigador del Conicet y director de Cipol.



Marcos Novaro