COLUMNISTAS

El peligro de una lengua equívoca

Por Omar Genovese

Si toda lengua es política, ¿de qué manera su articulación puede trastornar el pensamiento? Aquí, el efecto del kirchnerismo es devastador. Lo que resta de gobierno asegura más sorpresas que desatarán tanto perplejidad como humor e indignación.
Si en un principio se creó “el relato”, a su vez interpretación del presente con revisionismo exprés de cualquier suceso histórico (tan urgente que omite al referente como para ser tomado como tragedia o farsa), a continuación se puso en práctica una forma de enunciado que carece de asidero con lo real.
Ejemplo es la malvinización y puesta en consigna de la rebeldía económica ante un juzgado neoyorquino. “Patria sí colonia no” reciclada como dicotomía cavernaria de “Braden o Perón”, no explica por qué se le pagará al Club de París una deuda indexada que duplica a la original mientras que al fondo buitre, por un monto mucho menor, se lo unge como simple enemigo. No se trata de ser francófonos o antiyanquis, el relato, al quedarse sin un enemigo tangible como lo fue el campo, necesita rivales simbólicos. Para eso renombra el problema, determina qué actores son su opuesto para que el objetivo, por más disparatado que sea, termine por imponer, al menos, una parálisis del síntoma, y si no funciona, un silencio sepulcral en representación del olvido. Todos los días la lengua kirchnerista salta de tema en tema, busca fantasmas para entronizarlos como rivales, a la par que marca precedente de su vocabulario haciendo glosa. En la etapa final, a la acumulación de conflictos disimulados se los llama “logros”, que deben preservarse como una pared de sonido ante el estrepitoso derrumbe económico y aguda crisis para los sectores asalariados, subocupados y omitidos de la sociedad argentina, la gran mayoría de la población.
El ejercicio constante de tal lengua acrítica, elevada al infinito en lo mediático oficial, encarnada en verborrea de funcionarios satelitales a Cristina Kirchner, impone dos estigmas de la burocracia estatal: primero, que lo dicho por el jefe es verdad indiscutible; y segundo, que la culpa siempre es del otro. El otro es el que gobernó antes. Antes de ellos, los dueños del enunciado, el relator omnisciente. Pero de tanto inaugurar lo mismo, el cerco cierra todo escape hacia el futuro. Cualquier abuelo diría la frase común: la mentira tiene patas cortas. Chancho enano con ganas de jirafa, diría Perón. Y hablando del amputado ausente, que viene al caso, el tema central sigue siendo la estrategia por desentenderse de lo que ocurre. Hoy, cualquier economista burdo es referente del problema argentino. Ni escritores, ni ensayistas, ni filósofos. Aquellos que manejan la lengua con virtud no pueden exponer en el escenario mediático para cuestionar los mandatos que marcan la realidad de manera inevitable. Trampa en la que cayó la oposición toda. En eso son funcionales a la tribu K. Porque la clase política debe escuchar y tomar nota de los que piensan en su materia discursiva, o será muda.
Reafirmo que toda lengua es política, pero sin ser esclava de su motivo. La lengua sobrevive al que la enuncia, hasta que cesa su uso con la población. Es una verdad tan irrefutable como la muerte. Esto expone el abandono ideológico y conceptual. Y voy con otro ejemplo. Hoy, martes, en A dos voces, programa de la señal de cable TN, el presidente de Shell expuso el discurso nacionalista del peronismo y resulta más vertical que el mejor militante. Ahí está la falla, el abismo del relato. De tanto ir hacia el progresismo simulador terminan por ofrecer el páramo para la inocencia del supuesto angloenemigo. En tal ridículo, queda como desafío dar lugar al pensamiento, imponer la reflexión antes de tomar una medida: piensen que la estupidez viaja en Audi o vive en un médano. Las masas no se movilizan y la política está estancada, sin valor en la vida del que vota.

*Escritor.



Redacción de Perfil.com