COLUMNISTAS SABELLA, MESSI, IRAN Y EL FUNDAMENTALISMO FANTASTICO

El pequeño ayatola y el entrenador infiel

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“Se requiere una virtud o fortaleza del ánimo igualmente grande para reprimir la audacia que para reprimir el miedo; es decir, un hombre libre evita los peligros mediante una virtud de ánimo igual a aquella de quien intenta vencerlos”

Baruch Spinoza (1632-1677); Parte 4: proposición LXIX, “De la servidumbre humana o de la fuerza de los afectos”, de su “Etica” (escrito entre 1661-1675).

 

Primero fue gris, aburrido, monocorde. Después dramático, porque pudo haberlo perdido con las tres que salvó Romero. Y cuando el empate con los iraníes ya era un buen negocio, quién diría, a Messi le salió la única y terminó en gol agónico. Ni fantásticos ni antiguas cábalas: nada por aquí, nada por allá. Las mil y una noches cayeron sobre un equipo que se las arregló para jugar aun peor que durante el primer tiempo con Bosnia. Mal, con un sistema y con el otro. The horror.

Bastante más entretenido que el duelo con Irán resultó el show previo: la metamorfosis de un Messi súbitamente locuaz, terminante; y la curiosa bordaberrización de Sabella, ninguneado sin piedad y, para colmo, elogiado. Peor, todavía.

Nunca desestimen el poder de la negación, muchachos. Es enorme. Por eso, en la semana, como la muchedumbre del cuento que veía vestido al rey desnudo, la mayoría compró la idea de que Messi estuvo genial cuando salió a destrozar sin necesidad al técnico –que ya se había inmolado no bien terminó el partido contra Bosnia– para imponer el nuevo paradigma de la argentinidad: el dibujo 4-3-3 y todos arriba, sagrado símbolo que nos llevará a la victoria y sepultará el pérfido 5-3-2, sistema esclavista, anulador de nuestros mejores talentos, el favorito del temeroso Sabella. Qué estupidez.

Todas las teorías son legítimas y ninguna tiene importancia, lo que importa es lo que se hace con ellas. No lo digo yo, lo decía Borges. La verdad es que, en 180 minutos, a los fantásticos y sus amigos no les salió casi nada. A Messi, cabeza gacha, se lo vio deprimido, ausente, fastidioso como en los últimos tiempos de Basile –que renunció, harto, después de un lánguido 0-1 en Chile–, cuando lo acusaban de no cantar el Himno. Hasta que acertó, dos veces. Virtud de solista.  

Ninguno de ellos hizo su autocrítica. Nadie se la pidió, por cierto. Sabella puso la cabeza en la guillotina en un desesperado intento de preservar al genio de la lámpara, y a la lámpara también. El resto –jugadores prensa, hinchas– prefirió demonizar al sistema. El mismo sistema con el que Argentina se floreó en México con Maradona; el de la Holanda de Van Gaal que le hizo cinco a España; el de Sampaoli y su Chile, un equipo ultravertical, ofensivo, casi suicida.

Reducir al fútbol en un diseño estático, como si se tratara de un metegol, es una simplificación a lo bestia, que no me extraña se utilice para explicar lo que la mayoría de las veces suena imposible o fatalmente obvio. El error se Sabella no fue teórico, sino de praxis. Los nombres que eligió para el debut no fueron los ideales. Porque Zabaleta-Rojo no funcionan igual que Giusti-Olarticoechea, a Maxi Rodríguez no le sale ser Enrique y la defensa se aísla y parte al equipo en dos si juegan cinco. O, muy expuesta, sufre cuando son cuatro más Mascherano. Aunque enfrente esté Irán.

Para colmo –lo repetiré aunque un tribunal de fanáticos de publicidad me declare infiel o vendepatria–, Messi fue un blues, Agüero otro, Higuain no pesó en el área, Di María corría sin llegar a ninguna parte y Gago la tocaba para atrás. Fue suficiente la modesta segunda etapa contra Bosnia –hicieron un gol, recibieron otro– para convertir al 4-3-3 en la nueva causa nacional, minga de los fondos buitre, el juez Griesa, esas boludeces. Y a gritarle al mundo que nadie necesita un equipo cuando tiene a los Fab Four del siglo XXI. Irán lo desmintió, sin anestesia.

Haber convertido el latiguillo “mejor del mundo” como segundo apellido de Messi da un poquito de vergüenza ajena, menos por simbolizar esa manera de ser que tanta simpatía y chistes de argentinos generó en el mundo que por infantil. Se nota demasiado nuestra desesperación por ser reconocidos, nuestro ruego. Ay.

Adularlo hasta lo ridículo, justificarle todo, no ayudará a nuestro héroe, un superdotado con la pelota en los pies. Más allá de estas miserias que nos definen mejor que cualquier teoría, todos sabemos –él, más que nadie– que será ejecutado al amanecer si hay derrota. Dura lex.

Ni siquiera al incontinente Maradona se le hubiese ocurrido cuestionar la idea del técnico en público, primero en caliente y después al día siguiente, por si no había quedado claro. Esa es la gran diferencia entre uno y otro: Maradona fue una bandera y lo pagó caro; Messi es un póster; y cuando quiere ser algo más, mete la pata. Lo que hizo fue una tontería innecesaria, producto del engorro que le provoca su nueva condición de líder forzado. “Si somos Argentina, tenemos que estar bien nosotros y no fijarnos en el rival”, es una frase  simpática, tribunera, vacía, de optimismo suicida; inofensiva, salvo que se la tome en serio. Y ése sí que es un drama, compatriotas. Nuestro drama histórico.

¿Sabella? Más allá de cualquier gusto, se lo nota trabajador, serio, respetuoso. Una pena que esté dispuesto a sobreactuar, a inmolarse, incluso, para que su equipo gane. Elogiar su espíritu democrático, su apertura mental, su indudable liderazgo, es patético. El episodio Messi, un canto a la individualidad brutal, es producto de nuestra cultura caudillista, aun sin caudillos. Ni sabemos ni podemos actuar diferente. Ignoramos al perturbador sistema, elegimos el atajo más corto para alcanzar la meta y chau, nada más importa. Ya está, entonces. En octavos se cantará el Himno y se gritará contra todos, sin culpa.

Porque somos Argentina; la Argentina de Messi, Messi para todo el mundo, es para vos, es para vos, qué grande Argentina, ya van a ver.



Hugo Asch