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El peso de la utopía

Inútil tomarse el trabajo de decir algo nuevo acerca de Leonardo Da Vinci (1452-1519). Verrocchio, su maestro, dejó los pinceles al verse superado por el alumno. Compositor de edificios, ingeniero hidráulico y militar, inventor, pintor, escultor, estratega y fabricante de armas, su búsqueda absoluta de la forma perfecta y la expresión intensa lo llevaba de la filosofía a la anatomía y de allí a la sentencia, del proyecto de una máquina de guerra a la descripción de una flor, de la aplicación de una nueva técnica al abandono de un cuadro o al acariciar infinito de la superficie de sus pinturas. Como su contemporáneo Pico della Mirándola, fue ejemplo de la potencia del Renacimiento, época que soñó con la posibilidad de que un hombre fuera la medida del universo. Es curioso que, en el presente, esa pasión antropocéntrica inspirada en la proporción áurea haya recaído en la figura contrahecha del astrofísico Stephen Hawking. En La agonía y el éxtasis, el best seller Irving Stone cuenta lo mucho que lo admiraba y envidiaba Miguel Angel, que llegó a acometer el arte del soneto para asemejársele. Tempranamente, Leonardo es víctima de un proceso de sodomía y de un sueño repetido que incluye el aire y el viento y un ave; en uno de sus escritos, Sigmund Freud examina ambas circunstancias heterogéneas y extrae conclusiones disparatadas. En ese punto, mejor leer su pasión por comprender el mecanismo perfecto del vuelo y arrancarle el secreto que hará posible la existencia de humanos alados.

dguebel