COLUMNISTAS EL GENIO DE MESSI, LOS GOLES DE MARADONA Y LAS BESTIAS DE CULTURA


El pie izquierdo del nene y los asesinos de Borges

PERFIL COMPLETO

“¿También tú, Bruto?
(Et tu, Brute?)

William Shakespeare (1564-1616); de “Julio César” (1599), actus tertius, scena prima

 

Era un tiro libre ideal para un diestro, pero con Messi ya se sabe. Ni siquiera trastabilló luego del impacto seco, potente, exacto. Giró, puso cara de “Uy, lo que hice” y se dejó abrazar. La pelota voló hacia el ángulo izquierdo, el palo del arquero Brad Guzan, que había dado un paso hacia su derecha y voló para la foto. Un día antes que el país celebrara con menos euforia que melancolía el 30° aniversario de los goles maradonianos a Inglaterra –el tramposo y el más lindo de la historia–, Messi ejercía su curioso oficio: hacer de lo imposible un gesto cotidiano, banal. Lo hizo con cierto desdén y precisión de cirujano. El aplomo del que sabe, como Hume, que su bola de billar indefectiblemente moverá a la otra. Lo usual.

Martino, grave, serio como boxeador que siente los golpes, por fin logró un funcionamiento que recuerda a su mejor obra, el Newell’s campeón 2013. ¿La clave? La mitad del campo. Augusto por derecha, Mascherano y Banega, repetían la melodía del viejo hit de Pablo Pérez, Mateo y Bernardi. Una zona de gestación capaz de sostener a los tres puntas con equilibrio, buen retroceso, toque y manejo de los espacios para que pasen los laterales.

Estados Unidos, el poderoso anfitrión es, en términos futboleros, subdesarrollo puro. Un rival rústico, duro, sin vuelo, atónito frente a una orquesta afinada y con Paganini como solista. Too much. Sin embargo, encontrar el equipo y un estilo propio puede ser más valioso que un resultado obvio. Si la idea crece y se afianza, más allá de cualquier coyuntura, habrá proyecto. Algo que suena exótico en un país donde primero se consigue el poder y después –lo reconoció con honestidad intelectual el ministro V-Power Aranguren– “se aprende sobre la marcha”.   

A Maradona se lo vio feliz en el programa de Víctor Hugo. Recordó el partido contra los ingleses y la Guerra de Malvinas que, en 1986, era una herida abierta. Seducido y todavía no abandonado por Gianni Infantino, presidente de la FIFA, jura que tiene su apoyo para iniciar una cruzada mani pulite en lo que quede de la AFA. Abominó de la Superliga, defendió a los clubes chicos y se regodeó en su propia épica, con Bilardo reducido al papel de clown rico en anécdotas. Recibió la última pregunta con una sonrisa. “¿El domingo? ¡Ganamos!”. Pero desbarrancó al final. “Y si no ganamos, ¡que no vuelvan!”, maradoneó, incorregible.

Antes de la exaltación mediática a treinta años del Mundial ganado en México, hubo austeros homenajes a Jorge Luis Borges, muerto en Ginebra una semana antes de “la mano de Dios”. Lo recuerdo bien porque cubrí su funeral y desde allí volé a Londres para ver el tenso choque en un pub de Tottenham. Paz y amor hasta el derrame de alcohol y… Maradona. Cuando la cosa se puso espesa, me sacaron por la puerta de atrás. Desde lejos los oía cantar: “¡We won the war, ohh, ohh, we won the war!”.

La tele repitió las charlas de Borges con el español Joaquín Soler Serrano en su programa A fondo: la de 1976, grabada en blanco y negro, y la de 1980. También el ciclo de Piglia, películas, reseñas de su obra, anécdotas, fotos; hasta reportajes inéditos, si tal milagro fuese posible. No faltó, colado, el ya célebre poema apócrifo Instantes, una línea electrocardiográmica plana que engañó a algunos distraídos, gente capaz de confundir a Zidane con Gattuso, a Stravinski con Ray Conniff. En fin. La autora del atentado se llamaba Nadine Stair, 85, una anciana de Louisville, Kentucky, los pagos de Ali. Una de cal y una de arena.

Gabriel García Márquez, ya enfermo, toleró la misma desgracia con un texto que se viralizó como su “despedida”. Era terrible. “Lo que realmente puede matarme, pero de vergüenza, es que alguien crea que puedo escribir algo tan espantoso”, atinó a decir.
El texto resultó ser de Johnny Welch, un ventrílocuo mexicano. Se titulaba La marioneta y así empezaba: “Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo”. ¿Peor imposible? No, faltaba algo más. El ventrílocuo se ofendió y el pobre Gabo, resignado, se disculpó y posó junto a Welch y el pícaro El Mofles, su muñeco especialista en chistes verdes. Ay.

La autodenominada Dirección de Ecosistemas Culturales porteña, empeñada en batir todos los récords, decidió homenajear a Borges con una regia cita personal, bien exhibida en la estación San Martín de la Línea C del subte, cerca de Maipú 994, 6° B, su departamento por años. Eligieron ésta: “Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad. Jorge Luis Borges”. Oh, no.

El arma homicida, por alguna razón escrita en inglés en su versión original, se titulaba After a while y pertenecía a la señora o señorita Veronica Shoffstall. Si uno guglea Borges + citas, aparece una fila de desopilantes miniposters con más frases del poema letal. Por ejemplo: “Y después de un tiempo, uno aprende que si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema”. ¡Qué incerdio, don Carlos!

¿Hubo harakiris públicos en el área que comanda el popular Darío Lopérfido? Nah. Como monos con navaja, primero apuntaron al Archivo General de la Nación: “Pedimos una frase de Borges y mandaron ésta”. Después, en su Facebook y sin firma, confesaron, alegres & despreocupados: “Quisimos homenajear a Jorge Luis Borges pero cometimos un error de cita. Nuestro escritor de Ficciones no escribió esto. Disculpá, mala nuestra. Ya sacamos los carteles de circulación”.

Extraordinario. Mala nuestra, nos dice con un guiño cómplice, esta gente de… Cultura.

Y, sí. Una vez más, muchachos. Seguimos vivos de milagro.



jasch