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El post kirchnerismo es hoy

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La salida de la presidenta Cristina Fernández en 2015 posiblemente no signifique ni la apertura de las compuertas a una contrarrevolucionaria restauración noventista –como parece sostener el kirchnerismo– ni una liberación del autoritarismo populista (o de la “fiesta del monstruo”), como parece desprenderse de la oposición histérica. Mucho del kirchnerismo progresista de estos años –y en alguna medida el clima de época heredado de la crisis de 2001– persistirá: no creo que el matrimonio igualitario sea derogado, que el seguro universal se acabe o que las empresas públicas sean masivamente privatizadas. Pero en verdad no hace falta esperar dos años para ver el post kirchnerismo. Este está comenzando ya entre nosotros a la luz de las reacciones del oficialismo tras las primarias y la confusión reinante en sus filas, donde se desdibujó de manera bastante abrupta la frontera que dividía a leales de traidores.

El post kirchnerismo parece haber comenzado desde el momento en que Cristina Fernández puso como candidato a Martín Insaurralde y pasó a depender de Daniel Scioli para ganar la provincia: la actitud del candidato a diputado –apoyado por el gobernador– para tratar de revertir los resultados adversos de las primarias ya es decididamente post kirchnerista, al menos si entendemos esa expresión como la deriva hacia un peronismo que no quiere saber nada con setentismo, “derechos humanos” ni progresismos, especialmente si éstos les impiden hacer el populismo securitario que creen necesario para juntar votos.

El primer problema es que ese núcleo progresista fue en gran medida una ficción, porque la fuerza política sobre la que está construido es la estructura pragmática y corrompida del PJ –que se enorgullece de su capacidad para hacer lo que “se debe” en cada momento histórico–. La renuncia a la transversalidad y la apuesta por el pejotismo no fueron gratuitas. En las provincias nadie notará demasiado el post kirchnerismo porque será un post kirchnerismo feudal, como ahora es feudal el kirchnerismo (retomando el título del reciente libro de Diego Rojas). Los habitantes de Tucumán, Jujuy, Santa Cruz, San Juan o Formosa no conocieron el peronismo progre que atrajo a algunas masas juveniles en Capital y en parte de la provincia de Buenos Aires con la imagen del Nestornauta, constituyendo lo que Maristella Svampa llamó un “populismo de las clases medias”. Espacios kirchneristas autónomos como el partido de Sabbatella fueron engullidos también por el peronismo y perdieron su identidad.

Un segundo obstáculo a la consolidación del kirchnerismo es que su conversión a la “izquierda” tuvo mucho de relato, bastante de opacidad en el manejo de los recursos y poco de cambios estructurales en la política, la economía y la sociedad (el tema del transporte es sólo un emergente de la mezcla de ineficiencia, corrupción y tragedia; el de los recursos naturales, de poca vocación nacional). Así, a diferencia de Venezuela, Ecuador o Bolivia, el kirchnerismo no creó un nuevo orden –y ni siquiera una fuerza política propia–: la apuesta se restringía a una sucesión al interior de la pareja presidencial y al control del PJ. Pero Cristina tuvo la chance de elegir un vice que a la larga la trascendiera y mantuviera vivo el proyecto. No lo hizo, eligió a quien no podría hacerle sombra después del trauma con Cobos. Pero al encumbrar a alguien como Boudou selló su suerte, atándola a los poco felices devenires de un ex militante de la UCeDé que intentó sobreactuar su conversión nacional y popular.

Dicho esto, todo indica que el post kirchnerismo no será mucho mejor. Como vienen las cosas, ese “post” consistirá en un poco de “kirchnerismo distante” (al estilo de varios intendentes y gobernadores K pero no tanto), y mucho, muchísimo, de pejotismo cínico mil veces reciclado que buscará cerrar las brechas pactando con todos los grupos de poder para “pacificar” el país.


*Jefe de redacción de Nueva Sociedad.



Pablo Stefanoni