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El precio del inmigrante

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El recientemente fallecido Nobel de Economía Gary Becker proponía (en 1987) vender derechos de inmigración por 50 mil dólares (de 1987), de modo que fuera el mercado, a través del costo de oportunidad del inmigrante, el que seleccionara a los candidatos con la mayor motivación para trabajar en suelo americano.

¿Quién está a favor?, ¿quién en contra?, ¿por qué?, preguntaba hace dos semanas Michael Sandel, filósofo y autor de un best seller sobre moral y mercados.
La propuesta tiene aspectos positivos (prácticos) y normativos (morales).

Los aspectos positivos son relativamente simples: más allá de que no eliminaría la inmigración ilegal, el mecanismo sugerido por Becker no sería un buen asignador de recursos. La decisión del inmigrante dependería menos de su “motivación” que de lo que le cuesta hacerse del dinero, es decir, de su riqueza de origen. Así, el mercado de visas seleccionaría a los más motivados entre los extranjeros ricos. (Podría pensarse que el inmigrante sin recursos pediría prestado el dinero para la visa, pero ya sabemos lo difícil que le resulta al desocupado pobre obtener financiamiento, aun más si es para irse del país. También podría pensarse en un sistema público de garantías y becas, pero esto ya nos lleva lejos de la solución de mercado de Becker).

Sin embargo, son los aspectos morales los más interesantes. Está la cuestión del inmigrante como mercancía: ¿a qué otra cosa aspira la inmigración selectiva, de la que el mecanismo de Becker es apenas un ejemplo, sino a maximizar la calidad de la mano de obra importada? Está también el abuso de poder oligopólico de los países ricos, capaces de fijar el precio de entrada de modo de extraer todo el valor que para el inmigrante representa poder cruzar la frontera sin tener a Don Johnson cazándolo con un rifle como a un animal en un safari. (Ni hablar de la posibilidad, no explorada por Becker, de discriminar precio: 10 mil con título primario, 25 mil con el secundario, 50 mil con el terciario, explotando de este modo la relación entre educación y capacidad de pago).
Pero quizás el mayor problema moral no tenga que ver ni con la venta de visas ni con el inmigrante, sino con su efecto sobre el residente. Dado que el inmigrante mexicano promedio gana más en Estados Unidos que en México, está dispuesto a trabajar por menos deprimiendo el salario del trabajador americano, para alegría del empleador americano. Del mismo modo, el trabajador mexicano compite con el trabajador americano en el uso de servicios públicos (educación, salud) o en la demanda de subsidios y asignaciones.

Es entendible que muchos pensadores de la inmigración se desentiendan de la competencia laboral (por trabajos de menor calificación que la de ellos) y de la saturación de servicios públicos (que ellos no usan). Por otro lado, la ilusión de que se trata de generar más trabajos y más servicios para felicidad de todos puede satisfacer momentáneamente la conciencia del humanista, pero no debería engañar al estadista: si los recursos no fueran escasos, desaparecería la mayoría de los problemas (y disciplinas como la mía).

La propuesta de Becker (así como la pregunta de Sandel) genera sentimientos encontrados porque le pone precio al inmigrante pero también porque nos interroga sobre la inmigración. El igualitarismo es tan inimpugnable como son borrosas sus fronteras. ¿Igualitarismo provincial, nacional o global? ¿Dónde ponemos el cerco? No es casual que en los países pobres (emigrantes) el progresismo promueva la emigración mientras que en los ricos (receptores) el progresismo la resista. Esta asociación es más confusa en la Argentina, país rico o pobre según con quién se lo compare. Como en todo problema moral, es natural que su tratamiento dependa de la sociedad en la que se plantea, e incluso que varíe en el tiempo: la generosidad fronteriza se mueve al ritmo de la actividad económica.

Sería políticamente correcto salir del paso diciendo que la solución está a mitad de camino entre el ecumenismo y la xenofobia, lo que en principio es cierto casi por definición. Pero eso no es una respuesta, es una fuga. Becker sostenía que todo lo que hacemos es el resultado de un cálculo no siempre consciente de costo y beneficio. La pregunta de Becker no es entonces cuánto vale un inmigrante, sino dónde termina el cálculo económico y comienzan la culpa y el altruismo.

*Economista y escritor.



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