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El problema del indio

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Hace ya casi cien años que el intelectual José Carlos Mariátegui escribió sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, que tanto nos han ayudado a comprender la vivencia indígena en nuestra América: “El problema del indio es el problema de la tierra”. En la Argentina del siglo XXI, esta máxima sigue igual de vigente que en el Perú de finales de 1920.

En septiembre, la Universidad del Salvador (USAL) organizó, junto al Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa), sus Primeras Jornadas Indígenas a veinte años de la reforma constitucional de 1994, que incluyó por primera vez los derechos de los pueblos originarios en el artículo 75 inciso 17. Todos los expositores coincidieron en afirmar que la principal problemática de las comunidades sigue siendo la disponibilidad de tierra y territorio, seguido de cerca por el derecho a consulta previa sobre la gestión de sus recursos naturales.

Gobierno nacional, provincial y empresas privadas conforman un triángulo de intereses políticos y económicos en detrimento de la vida indígena. A ellos se suman los medios de información que, ya sea por la pauta publicitaria o por la agenda de noticias que priorizan, no le dan espacio a este avasallamiento institucional sobre los pueblos.

Si bien las comunidades qom, wichi y mapuche son las que más resistencia han mostrado, los problemas afectan a todo el mundo indígena: expansión del monocultivo de la soja, la industria petrolera y Vaca Muerta, expropiación de tierras por parte del Estado o el capital privado, y las madereras irrumpen en su territorio.

El modelo extractivista está matando a nuestros pueblos originarios, que encuentran en la Madre Tierra sus alimentos y sus medicinas. Resulta difícil percibirlo desde una lógica occidental, pero la cosmovisión y la vida india descansan en su vínculo con la naturaleza. Contaminar los suelos y los ríos, el desmonte y la explotación de bosques son modos de matar a los pueblos.

Fue justamente con el objetivo de crear conciencia sobre el imperativo ético de respetar los derechos humanos de los pueblos indígenas que la USAL ha decidido llevar este debate al ámbito académico. Fue una novedad. Y una novedad bien recibida por los más de 300 estudiantes y profesores que aplaudieron las palabras del Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel; la madre de Plaza de Mayo Nora Cortiñas; el qarashe de la comunidad qom, Félix Díaz; el periodista Darío Aranda y el profesor de Sociología Miguel Angel Forte.

Las universidades públicas han llevado siempre la delantera en materia de contenido social, mientras que las privadas se han replegado en la formación profesional y en la construcción del imaginario del éxito. Sin embargo, cuando se discute con los estudiantes las problemáticas sociales y las diferentes realidades, los profesores se encuentran con que estos temas tienen un interés superlativo para los educandos. El dolor y la solidaridad con los que sufren, al fin y al cabo, forman parte del ser humano.

Hace menos tiempo, el maestro Paulo Freire nos dejó un legado al comienzo de su Pedagogía del oprimido: “A los desharrapados del mundo y a quienes, descubriéndose en ellos, con ellos viven y con ellos luchan”. Bienvenido sea que cada vez más educadores y educandos se sumen a esta consigna.

*Profesor de la Universidad del Salvador y maestrando en Ciencias Políticas y Sociología en Flacso Argentina.



Damian Andrada