COLUMNISTAS

El reacomodamiento de los caciques

PERFIL COMPLETO

Como la política es una variedad de la acción humana, el tiempo es una de sus dimensiones básicas. Aunque falta mucho para 2015, no es menos cierto que su inminencia tiñe la escena. Los gobernadores, esos actores cuyo conjunto entreteje una de las tantas argamasas del poder, lo saben mejor que nadie. Hace unos días, Daniel Scioli ofició de anfitrión  de un encuentro al que asistieron algunos miembros de la cofradía de los gobernadores peronistas, quienes se reunieron secretamente, no para hablar de federalismo sino de supervivencia.

Los miedos parecieron sobrevolar el fondo del reservado encuentro. Miedo a la inflación, a la recesión, al desempleo. Miedo al fantasma de otro diciembre desbordante donde estallen furias reprimidas. Miedo a Macri. Miedo a Cristina. Miedo a que la intemperancia de Kicillof y de La Cámpora lleven las cosas a un punto de difícil retorno. Miedo a un futuro incierto donde puedan perderlo todo.

Como otras veces, los gobernadores “amigos” hablaron de la “unidad”, esa morada mágica desde donde podrían afrontarse tantos temores ancestrales, residuos de aquella dependencia irresuelta de un unitarismo que, tarde o temprano, siempre vuelve a ahogar la autonomía de las provincias.

Los gobernadores amigos volvieron entonces a hablar de lealtades y conveniencias, de astucias y argucias. Mientras se preguntaban por la forma de un futuro que ya ha comenzado y en el cual se sellará su suerte ¿Cómo capitalizar a favor los vientos del cambio antes de que éstos sentencien naufragios? Los grandes estrategas suelen aplicar su energía a la construcción del poder. Juegan a ser el centro. Tienen vocación de sol. En cambio, los estrategas menores sólo buscan un espacio claro donde poder seguir girando. Tienen vocación de satélites. Acaso esa sea la razón por la que Argentina nunca termina de ser un país federal.

Mientras en la división mayor algunos presidenciales van configurando un juego propio, la liga de los gobernadores mira expectante para saber dónde convendrá jugar. A veces, parecen intentar ser Artigas, “Pancho” Ramírez o el temido Facundo. Pero casi siempre, vuelven a ser actores de reparto. Quizás sea porque para ser reyes indiscutidos, sólo hace falta salvaguardar el propio feudo.

Una de las escenas más enigmáticas sobre la naturaleza del poder humano es la que protagoniza Napoleón Bonaparte cuando, solitario luego de escapar de su destierro en la isla de Elba, se apea para enfrentarse al mando del ejército que debe apresarlo y, en un solo acto, logra imponer su condición de líder.

Cuando el liderazgo se reconoce sin fisuras, todo se ordena. Mientras, los gobernadores semejan peones a la espera de un rey. Eso sí: ¡con la dama, algunos ya no parecen querer saber más nada!

*Director de González Valladares y Asociados.



Federico González