COLUMNISTAS TEORIA Y PRACTICA DEL GASTO PUBLICO

El recesivo déficit fiscal

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Hace algunos años, y para defender el ajuste que la Unión Europea les quería imponer a los países deudores, el ministro de Finanzas alemán declaraba que “si los déficits fiscales fueran la receta para el crecimiento económico, la Argentina sería el primer país del mundo”.
Sin entrar a discutir la racionalidad de la política económica europea, parece oportuno que debatamos un poco la racionalidad de la política económica argentina.

Veamos los números. El déficit fiscal de la Argentina bien medido creció, aproximadamente, entre 2012 y 2015, antes de pagos de deuda, 11 veces. Sí, leyó bien: 1.100%. En ese período, la economía, en promedio, terminará con crecimiento cero, o muy cercano a él, incluyendo 22 meses de recesión suave. Como los argentinos somos más, el PBI per cápita, en ese mismo lapso, cayó.

En otras palabras, pese a la fenomenal expansión del déficit fiscal de los últimos cuatro años, los argentinos somos un poco menos ricos que antes. (Para no discutir con el presidente de la Asociación Argentina de Hockey, sobre el concepto de pobreza).

La “teoría” que vincula déficit fiscal con el crecimiento económico se basa en la idea de que, bajo ciertas condiciones, salida de capitales, suba de las tasas, una mala cosecha, una caída transitoria de los precios internacionales, o un  “complot”, el sector privado deja de invertir, o de gastar. Se produce, entonces, “un cambio en el ciclo económico”. En ese caso, se justifica que sea el Estado quien invierta y gaste, hasta que las condiciones que llevaron a los privados a retacear su gasto se superen. Bajo este enfoque, el Estado actúa como un sustituto transitorio del sector privado en materia de actividad económica.
Por supuesto que para que este esquema funcione, el sector público no puede gastar sólo lo que recauda, porque en ese caso estaría sacando con impuestos lo que paga con gasto, y su tarea sería, como en épocas “normales”, de distribución del ingreso, pero no de aumento del ingreso. Sólo les sacaría a algunos para que reciban otros. Es por ello que se recomienda que el Estado se endeude, y gaste más que lo que recauda para hacer las inversiones que el sector privado, en ese momento, no está dispuesto a hacer. Y que una vez que cambien las condiciones y el sector privado vuelva a invertir, y se recaude más, se reduce el gasto extraordinario y, con el superávit fiscal resultante, se cancela la deuda previa. Dicho técnicamente, “hacer política anticíclica”. En los ciclos en contra, déficit fiscal. En los ciclos a favor, superávit.

Alternativamente, y para evitar recurrir al endeudamiento en los años de vacas flacas, la recomendación se completa con la formación de un fondo anticíclico en los años de vacas gordas.
La política argentina no funciona así. En los años de vacas gordas nos gastamos todo, y en los años de vacas flacas nos tratamos de endeudar. Y cuando no se puede recurrimos al impuesto inflacionario o a la expropiación directa o indirecta para financiar el aumento del gasto.

El problema es que esta vez “se nos fue la mano” y el aumento del gasto ha sido incompatible con la capacidad de pago de aquellos que producen bienes que generan dólares.

Por lo tanto, el mayor gasto financiado con una carga impositiva insostenible y el mayor déficit financiado con inflación no ha sido una política anticíclica, sino que, por el contrario, se transformó en una política de estancamiento.

Básicamente, porque el Gobierno emite pesos para aumentar la demanda, pero la oferta necesita dólares. Y como los productores de bienes exportables se han quedado sin rentabilidad, por la presión fiscal para financiar el gasto, por el aumento de los costos, y por la caída de los precios internacionales  y la crisis en Brasil, se consiguen menos dólares para importar. Y para evitar en un año electoral una devaluación mayor que la actual, para bajar la demanda de dólares y aumentar la oferta, se recurre al cepo, al uso de las reservas y al endeudamiento con China.

En síntesis, la “continuidad” prometida por algunos candidatos sólo es posible con más endeudamiento. Pero el endeudamiento puede ayudar a manejar, en forma inteligente, el ritmo del cambio, pero no a evitarlo, a menos que ocurra un improbable boom de los precios de la soja.

Pero, insisto, nuestro problema no es sólo el déficit, es el tamaño de un gasto público que los que producen ya no pueden financiar.



eszewach