COLUMNISTAS CLIENTELISMO AMARILLO

El respeto olvidado

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Quienes vivimos en Buenos Aires fuimos agredidos, descuidados y desoídos de muchas maneras durante el último fin de semana largo por un Gobierno que machaca, cruel ironía, con el eslogan “en todo estás vos”. Se cortaron calles, se cercaron barrios y se contaminaron auditiva y ambientalmente amplias zonas de la ciudad según cálculos clientelistas que seguramente irán en aumento a medida que se acerquen las elecciones.

A poco que se observen sus dinámicas se verá que populismo y clientelismo están fuertemente emparentados. El primero es habitualmente más directo, desembozado y brutal. El segundo suele adoptar algunas formas más glamorosas y engañosas, encuentra a veces discursos más astutos, explota fórmulas que le provee el marketing. Ambos germinan en tiempos y espacios sociales en donde hay anemia de valores y florecen las éticas oportunistas. Uno y otro suelen adoptar distintas formas y colores. Hoy en la Argentina se pueden vestir de amarillo, de naranja o de algún color feudal, según el territorio en que se practiquen. O responder a las urgencias y los propósitos que el relato del gobierno nacional imponga.

En el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, durante el fin de semana largo y artificial inventado entre el 1º y el 4 de mayo, decenas de miles de vecinos sufrieron las consecuencias del clientelismo amarillo. Acaso para halagar a un nuevo mercado electoral (el de los adolescentes) se avasallaron derechos elementales, sobre los que ya no habría que insistir, como el de circular, entrar y salir de las zonas en que se habita o, simplemente descansar. A esto hay que agregar una brutal contaminación sonora y ambiental. Todo a favor de un espectáculo musical que es el gran negocio de una poderosa productora internacional. Esto “embelesó”, según propia confesión, al jefe del gobierno que debería velar por los derechos ignorados. A este clientelismo le espanta verse como tal, pero lo es, aunque invierta en marketing para disimularlo. Lisonjea a potenciales consumidores de su producto, transa con ellos mediante discursos oportunistas y balances de “gestión” que incluyen repetidamente palabras como “cultura” o “juventud”, que suenan bien. O tutea al ciudadano.

El desquicio producido en Palermo y extendido a una enorme zona aledaña también llegó a plazas de otros barrios (como la Noruega, en Belgrano), donde se agredió sin pausa a los vecinos con kermeses gastronómico-musicales ensordecedoras, con tóxicos olores de fritangas y stands de supuestas comidas étnicas elaboradas in situ, sin higiene ni control bromatológico. En esos barrios tampoco hubo descanso, el uso de las plazas quedó vedado a los vecinos y se avaló una vez más el usufructo privado de lo público, por cuyo mantenimiento se pagan onerosos impuestos, según viene ocurriendo semana a semana.

Posiblemente en el año y medio que queda de aquí a las elecciones se reproduzcan este tipo de avasallamientos. Las urgencias y ansiedades clientelistas los impulsarán. Que resulten exitosas o que puedan frenarse dependerá del alerta y la lucidez de los ciudadanos. Sería oportuno recordarles a los clientelistas, mediante el ejercicio de herramientas ciudadanas como el voto o los espacios de expresión, que acciones como las del fin de semana largo no sólo sirven para ganar votos, sino también para perderlos. Esto requiere memoria y constancia. William Butler Yeats (1865-1939), una de las voces más potentes de la poesía irlandesa, dijo: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad. Quizás sea hora de cambiar esta ecuación con el simple hecho de decir no (usando las herramientas de la democracia) a quienes olvidan, en hechos que afectan a la vida cotidiana de las personas reales, que el respeto es la base de toda relación humana. Ese respeto a la dignidad de la persona que el clientelismo y el populismo olvidan.

*Periodista y escritor.



Sergio Sinay