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El rostro de la insatisfacción de EE.UU.

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Preocupacion. La anfitriona Merkel tuvo que mediar entre Trump y el resto de los líderes.
Preocupacion. La anfitriona Merkel tuvo que mediar entre Trump y el resto de los líderes. Foto:AfP
Si tuviésemos que enumerar a quienes se sienten cautivados con Trump, los dedos de la mano sobran. En el plano local, los diferentes sondeos de opinión pública lo ubican en la zona del presidente más impopular de la historia moderna de Estados Unidos. En el ámbito internacional, los principales líderes europeos como Angela Merkel o Emmanuel Macron manifiestan en público sus diferencias con él, sea en términos de la política de refugiados, comercio exterior, defensa o medio ambiente. Aquella dirigente que aparecía como una lógica excepción, la premier británica Theresa May, viró de la cordialidad de una visita inicial a Washington, al fastidio de advertirle sobre los riesgos de intervenir en Corea del Norte y, más tarde, a la exasperación de quedar en el medio de una pelea mediática con un dirigente de menor rango como el alcalde de Londres.

Por supuesto, la larga lista de heridos no acaba en Europa Occidental. En el ámbito de la región Asia-Pacífico, Trump arrancó su presidencia con una fuerte controversia con el premier australiano Malcolm Turnbull respecto al cumplimiento de un acuerdo sobre refugiados con la gestión Obama. El incidente, que incluyó hasta agresiones verbales, no desentonó para nada con las sonoras disputas con sus dos grandes socios comerciales del NAFTA, Canadá y México. Al igual que Australia, el conflicto no sólo abarcó temas de agenda política como medio ambiente, comercio bilateral y seguridad, sino también desplantes varios como el anuncio de construcción de un muro fronterizo que pagaría
México o la imposición de aranceles extraordinarios a las importaciones canadienses. Sin embargo, este duro camino de espinas tuvo también algunas flores, unas previsibles, otras no tanto.

En el primer plano, el nuevo presidente cuidó la relación con Arabia Saudita e Israel, los dos grandes aliados históricos de Estados Unidos en Medio Oriente. Asimismo, Trump contó con la esperable acogida de algunos líderes de corte autoritario como el presidente turco Recep Erdogan o el presidente egipcio Abdel al Sisi. Por el contrario, lo inesperado sucedió por el lado del vínculo con dos grandes potencias asiáticas, China y Rusia. En particular, el mundo anticipaba un nuevo eje Washington-Moscú a partir del feeling de Trump con el presidente Vladimir Putin y del objetivo estratégico de inflar a Rusia para frenar a China. Pero el diablo metió la cola en el medio. La acusación de intromisión rusa en las elecciones norteamericanas, aún de imprevisibles consecuencias, cobró la temprana víctima del Asesor Nacional de Seguridad Michael Flynn. Esa circunstancia, forzó a Trump a dejar de catalogar a China como “ladrona de empleos” y “manipuladora de monedas” para pasar a destacar “la gran química” con el líder chino Xi Jinping que afloró en el marco de un juego de golf.

En este contexto, es lógico que la combinación política de impopularidad local y rispidez con la comunidad internacional, consolide un escenario de recambio anticipado, más aún cuando la palabra impeachment ya tiene la categoría de “probabilidad moderada” para The Economist. Tal circunstancia, le abre expectativas a diferentes actores políticos y económicos que piensan a Trump como un hecho fortuito, un evento que podría haberse evitado. Ello resulta un grave error de interpretación política. Muerto el perro, no se acabará la rabia. El magnate neoyorquino es el rostro, quizás incómodo, de un largo proceso de cambio marcado por la insatisfacción de la opinión pública norteamericana con la posición global de Estados Unidos, una impresión de decadencia económica, así como una serie de profundas divisiones sociales relativas a raza, género y nivel educativo que salieron a la superficie con crudeza en las últimas elecciones.
De acuerdo a Gallup, la mayoría de los norteamericanos continúan percibiéndose como potencia sólo en la faz militar. Esa sensación de declive tiene sustento en la falta de crecimiento de la productividad, de los salarios y el nivel de vida, no sólo en Estados Unidos sino en la mayoría de los países desarrollados. Ese fenómeno exacerba las presiones contra la globalización y el libre comercio y abona el terreno para liderazgos populistas.  
En ese aspecto, está claro que las recetas proteccionistas de Trump no son la solución de fondo, pero cuando se habla de aumento de la productividad, el desafío compromete tanto a la dirigencia política como al mundo empresarial, del conocimiento y la innovación.

*Politólogo. Analista internacional.

Daniel Montoya*