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El rostro del tsunami

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Yo no sé si todo el mundo en la Argentina –es una forma de decir– está informativamente al tanto de las maniobras del vicepresidente Amado Boudou en el caso Ciccone y el uso veleidoso, narcisista y pecador que le dio a su lugar en el poder político. ¿Están todos informados? Es una pregunta tan volátil como preguntar a cuántos les interesa la división de los poderes, el respeto a los principios republicanos, el sentido y la importancia del diálogo, el valor de abrazarse a la Constitución argentina. ¿Jerarquizan todo ello?
¿A muchos o a pocos? Si me tocara a mí hacerlo, ya diría que el grueso de la población se guía poco por los medios de comunicación o lo hace a cuentagotas o no le da importancia porque lo que aflige son pocas cuestiones vitales (que hacen a la vida y a la sobrevivencia): la inseguridad y la inflación, la vivienda, si funcionan o no los medios de transporte para llegar a destino. Esa es la escala jerárquica de la aflicción colectiva. Es decir, son las clases medias urbanas las que están politizadas, informadas y dispuestas a emitir opinión. Esas clases medias urbanas ya han sentenciado a Boudou. Es culpable Boudou antes que se presente ante el juez Lijo.
No necesitan transitar la indagatoria.
Es así porque la mayoría de la población está desarmada en materia de ideas, de reflexiones. Porque la política y sus protagonistas son vistos futbolísticamente y porque, además, hay opiniones frívolas sobre cómo visten, qué se compran y qué hacen o dejan de hacer los que están “arriba”.
Lo interesante es todo el trasfondo que hay detrás de este caso escandaloso. Todas las pruebas estaban desde hace tiempo. El periodismo de investigación mucho hizo ( y merece que le otorguen medallas) para esclarecer el papel del vicepresidente, del titular de la AFIP y de una caterva de funcionarios y de amigos marplatenses y capitalinos.
Boudou atinó a lanzar algunas diatribas contra los medios de comunicación opinando que eran puros inventos, con lo cual se profundizaron las dudas. ¿Por qué la Casa Rosada lo vino salvando hasta ahora?
 Es posible que sintieran que si arañaban al “segundo” en el máximo cargo estaban atacando la figura clave del Gobierno. Cristina Fernández era quien lo nombró su segundo entre muchos pretendientes. Eso no es un dato menor. Boudou, sin antecedentes, le debe el cargo a esa decisión o a ese capricho. Quizás había que cuidarlo porque Boudou habría actuado por encargo del matrimonio Kirchner. Pero, más allá de las ganas, llegó un momento en que no se lo pudo defender más, en que tiene la obligación de rendir cuentas, en que no tiene coronita y debe responder por este entuerto multimillonario con connotaciones delincuenciales.
¿Qué va a pasar de ahora en más? El Gobierno tendrá que moverse con extrema sabiduría y prudencia. Porque se están jugando demasiadas cartas que pesarán en las elecciones del 2015. Porque es una verdad palpable que la Justicia ha tomado impulso y está decidida a adentrarse en los secretos del Estado y a aplicar la ley, postura que no mostraba hasta ahora.
Si el Gobierno abandona a Boudou, las características del proceso puede encaminarlo a la renuncia lisa y llana. Hay quienes dicen que, si lo hace, le sacaría un peso de encima al cristinismo, que carece de respuestas ante la oposición. Y no es esa una conclusión cínica.
El escándalo ha crecido desmesuradamente. Boudou, que siempre ha gustado de calzarse trajes de amianto con una sonrisa, desde sus motos, sumergiéndose en las aguas de Puerto Madryn o pisando las alfombras rojas, quizás elija, ante esa alternativa, poner mil trabas antes de que llegue la sentencia. Ante esa alternativa, ¿tendría chances procesales para alcanzar lo que desea? Que hablen los expertos.
El affaire Boudou tiene más rostro de tsunami que los que están en el Gobierno creen. Salpica a muchos de los organismos clave, como el recaudador, que es sostén económico de la Nación. Mancha la credibilidad, que ya la tiene gastada. Incrementa la sospecha, que, en su caso, el “affaire Boudou”, es el comienzo de una larga historia de impunidad y de saqueo de los fondos públicos.

*Periodista y escritor.



Daniel Muchnik