COLUMNISTAS MUSICAS

El rumor de las galaxias

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Hay un vértigo que no se calma, porque viene del modo en que nuestros oídos atienden al rumor de las galaxias que giran y se expanden. Desde los pitagóricos en adelante, sabemos que ese rumor es la música del Universo, que suena como una nota pulsada en la eternidad. Desde luego, copiones como somos de los modelos que nos proporciona la realidad, nuestra especie ha inventado simulacros de esa obstinación. Sé que en una capilla alemana hay un órgano o armonio al que le clavaron una tecla para que suene esa u otra sola nota; la composición aspira a durar lo que dure el tiempo. Cada cincuenta años, un operario distinto del anterior debe desclavar la tecla y clavar otra para que la composición presente alguna variación; esta variación, desde luego, prescinde de los oyentes, porque sólo se escucha en tanto concepto. Es notable que uno pueda apreciar una música tan extendida en el instante fugaz de una captura del entendimiento. Dentro de ese espectro de relación entre el original y su reproducción estética se encuentra el problema o el tema de Dios.

Hace un par de días leí en internet un recuadrito donde un médico argentino contaba cómo hace unos veinte años operó a un sacerdote poco conocido de un problema vascular, o gástrico, o gástrico vascular. Con el tiempo ese sacerdote se convertiría en la máxima autoridad de la iglesia y en el líder espiritual más importante de los últimos tiempos, pero entonces Bergoglio era apenas un capo de los jesuitas y los médicos no daban pie con bola en su tratamiento, y Bergoglio pensaba que se moría y sólo cuando lo atendió este médico creyó que había una luz de esperanza y que esta vez se salvaba. Y aquí está la cuestión: ¿salvarse de qué? De la muerte, desde luego.

¿Pero no es acaso en la muerte del cuerpo físico donde se sitúa la esperanza de una vida eterna que nos prometen las religiones, si nos comportamos de acuerdo con sus preceptos? ¿Por qué entonces el proto-Francisco, un hombre dedicado al bien, un esclavo de Dios, utilizó palabras como “esperanza” y “salvación” para referirse a una operación que demoraría precisamente el momento de toparse con la esperanza salvífica que supone la existencia de Dios?

Entre otros muchos progresos, puede estimarse el de la humanidad observando el modo en que a lo largo del tiempo fue construyendo la figura de Dios. De los dioses antropomórficos que eran la tierra o la tormenta o el viento pasamos a humanos con poderes que se cruzaban con nuestra especie y la alentaban o disuadían de sus combates; de allí, en opinable evolución, esa muchedumbre se resumió en uno solo, Jehová o Yahvé, el Dios padre de un hijo único, su pueblo elegido, judío. Jehová también se paseaba entre los suyos para cazar y liderar sus ejércitos y comerse unos asaditos, pero en ninguno de los tres casos había una promesa de vida ultraterrena a la altura de la expectativa supuesta por la creación de esas divinidades –el Hades es un terreno umbroso, lleno de lamentables muertos vivos; el judaísmo apenas contaba con una módica mención a la pervivencia de las almas de los justos–. Ahí, para resolver ese problema de coherencia narrativa, aparece la magnífica creación cristiana, que funde hombre y divinidad y promete una existencia antinatural y una duración infinita, al tiempo que produce el punto de fuga donde desaparece la misma figura de Dios, se hunde en el tiempo y el espacio y deja colgado a su hijo como un signo de interrogación.

Por eso el cristianismo es, principalmente, el espectáculo de las operaciones de un personaje ausente, el punto de máxima condensación y pureza de ese personaje, que se funde con su abstracción. El cristianismo es la verdadera novela conceptual moderna.

Ahora bien, ¿qué pasa con los lectores, con los creyentes? La muerte de cada fiel devoto de la ficción de una vida de ultratumba (con sus cárneas horribles resurrecciones) genera entre sus íntimos y cercanos una maratón doliente, no la alegría del fin de un padecimiento y el ingreso al éxtasis perpetuo. Dios es la forma que encontramos para acotar lo innominable e inaferrable de una extensión sin forma y nombre, la música de los espacios infinitos que no nos da tregua ni ofrece perdón.



Daniel Guebel