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El saber y la sombra

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Para seguir lo que decíamos el sábado pasado: el mundo es inabarcable, sí, pero también inexpugnable. E inextricable. Lo siento, digo, esto de la aliteración, pero así son las cosas, y es por eso (en parte) por lo que escribimos, investigamos, pintamos, hacemos música, calculamos y toda otra práctica que suponga curiosidad o perplejidad. Pero el mundo, este mundo, no se deja vencer ni desenredar y quienes lo habitamos no somos lo suficientemente idóneos para una tarea que aclararía muchas incertidumbres. Por ejemplo, ¿usted cree que el tiempo es sucesivo? ¿Sí? ¿Y si no lo fuera? Muchas confusiones dejarían de serlo y hasta el déjà vu tendría explicación: a usted le parece que ya vio eso antes pero no; sabe que no. ¿Y si esa impresión quisiera decir que usted no vio eso antes pero lo verá en el futuro, pasado mañana o dentro de tres años y medio? Porque hay gente que parece haber estado hablando de lo mismo en distintos años y distintos parajes, y no me refiero esta vez a Demócrito y los átomos sino a algo más cercano y deslumbrante. Tanto Agatha como Rita hablaron de lo mismo, cada una según su necesidad y su horizonte, aquélla de las pequeñas células grises, ésta de los NGF (factores de crecimiento, o sea, lo que hace que las pequeñas células grises crezcan y se reproduzcan). Tanto una como la otra se escudaron en la sombra, una para huir del fascismo, la otra para huir del dolor. ¿Coincidencia? Ah, no, si no nos animamos a escarbar la cáscara del mundo, estamos fritos, de veras.



Angélica Gorodischer