COLUMNISTAS OBRAS

El sacrificio de Cristina

Sin ánimo de bromear y sin voluntad de armar taxonomías y catálogos, los últimos acontecimientos públicos me permitieron observar (o quizá inventar) tres clases distintas de militantes políticos. Son:
1) El quebrado, que se piensa a sí mismo como maduro y pragmático y a la altura de las circunstancias: militó por años sintiendo que daba todo por la patria y por la causa, y en algún momento se pregunta si no habrá llegado el momento de que exista alguna clase de devolución. Si el quebrado pertenece al grupo gobernante (sea cuál sea), y la vida lo ha llevado a casarse y tener hijos y, en fin, tener gastos a la altura de la circunstancia y de su representación, en algún momento, en busca de compensaciones. Si, por ejemplo, es aficionado a la ornitología, primero se compra un canario, después un cardenal, después le entra al gusto por lo exótico y piensa en aves tropicales. Pero las aves tropicales no se pueden tener en un ambiente chico: hay que pasar a un country, pero el cuidado de los pájaros cada vez más numerosos y más grandes requiere de más espacio, así que hay que comprarse un campito. Pero como el campito está cerca de la ruta y el ruido de los camiones molesta a sus variopintos animalitos hay que pasar a la estancia. Y como todo eso implica mayores gastos exige mayor nivel de negociados, y así…
2) El consecuente. Cree que la verdad habita y se agita en un discurso que hace propio y que lo anima.
3) El cautivado por su propia representación. No es un descubrimiento nuevo que la política se volvió escenario teatral. Acotada a las variaciones del drama y su recurso interpretativo preferido, el énfasis, con su gusto por la impronta epopéyica, en este período kirchnerista; ágrafa y plebeya durante el menemismo, con su gusto por la comedia picaresca apta para todo público y complaciente con los sectores altos. Por supuesto, los actores comprendieron pronto esta naturaleza teatral, y muchos de ellos –son actores y los actores quieren actuar– incursionaron en política, aunque, cuando se cansan del papel o no consiguen prebendas a la altura de sus esfuerzos o público para sus escándalos, vuelven a los brazos de Adrián Suar, que se aplica a su rol de buen chico de familia judía omnicomprensiva. De todas formas, en ese escenario variado, el premio a la mejor actuación le corresponde a nuestra Presidenta. No opino sobre la veracidad de sus denuncias de una posible amenaza “del Norte”, de hecho tiendo a darle crédito ya que la política exterior americana ha sido siempre pródiga en crímenes, conspiraciones, atentados y falacias de toda índole para la búsqueda de sus propios objetivos. Pero es sobre todo la idea de Cristina  de poner su cuerpo en prenda de sacrificio por la causa, lo que conmueve y emociona hasta las lágrimas. Es de una raíz tan honda y tan cristiana que muestra por qué el peronismo se presenta siempre como la mejor obra y gana las elecciones.

dguebel