COLUMNISTAS IOM KIPUR

El secreto de la supervivencia

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Cuál es el secreto de la supervivencia de una festividad como el Iom Kipur (conocido como el Día del Perdón) durante casi tres mil años?
Pocos días en la liturgia universal son de tanta solemnidad como el Día del Perdón. Se trata del día más sagrado del calendario hebreo y está dedicado por entero a la vida espiritual en la sinagoga, a la plegaria intensiva, a la meditación y a la penitencia. El autoanálisis del balance del alma desde el punto de vista moral constituye una de las características principales de esta fecha, y para conseguir ese estado se prescinde, por más de 24 horas, de todos los placeres de la vida.
El llamado Día del Perdón es, en realidad, la culminación de diez días de Ios Iamim Noraim, a lo que hay que agregarle el mes previo de preparación. En total son cuarenta días. Los últimos diez son llamados Días de Teshuvá (arrepentimiento). La palabra teshuvá proviene del verbo hebreo lashuv (volver). Un hombre que se arrepiente –dice Erich Fromm– es un hombre que regresa. El perdón divino no es un regalo, sino una meta que debe conquistar el hombre al volver sobre sí mismo.
Por un día en el año, los seres humanos y los ángeles son iguales. Profetas y poetas, músicos y pintores, creyentes y agnósticos han quedado prendados de su magia, reflejando en su arte parte de las sensaciones por las que atravesaron ese día. ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es su significado? ¿Cómo es posible que plegarias y oraciones que datan de más de dos milenios de antigüedad, escritas en contextos tan diferentes, puedan conmover al hombre moderno? Nos anticipamos al decir que, en gran medida, interpretan el alma humana, prácticamente inalterable en el tiempo. De allí su vigencia. Parafraseando a Heine, se podría decir que el hombre se saca el traje de perro que le impone la sociedad para vestirse por un día con el ropaje de los príncipes.
¿Por qué el ayuno? Dice al respecto el Sefer Hajinuj (413): “Pues el comer y el beber y demás placeres corporales nos incitan a continuar en la persecución de lo material y evitan que el alma procure la verdad, y no es digno presentarse a juicio delante del Santo Bendito Sea comido y bebido”.
¿Cómo debe ser el ayuno? De acuerdo con el texto del profeta Isaías, el cual se lee en este día, la inhibición de comer no debe ser pasiva, sino un llamado de atención para una actitud activa en favor del prójimo que así lo necesite. Para que el ayuno sea bien recibido, se debe compartir habitualmente el “pan con el hambriento, albergar a los pobres y errantes en nuestra casa, y cuando vieres un desnudo habrás de cubrirlo...” (Capítulo LVIII).
El ayuno –han dicho últimamente algunos rabinos– facilita la comprensión, en carne propia, de lo que significa el hambre para el ser humano, aunque fuera por un solo día, como la que hoy padece en diversos grados casi la mitad de la población mundial. Esa condición de falta de alimentos llama a comprender y ayudar a reducir la situación de carencia de otros seres humanos. La palabra utilizada en hebreo para decir dádiva, caridad, es tzedaká, que literalmente significa justicia, dado que ayudar a quien lo necesita es también hacer justicia.
Es útil detenernos en reflexionar acerca del concepto de tzedaká, especialmente porque tiene plena vigencia, sobre todo en nuestro tiempo. ¿Cuál es hoy nuestra realidad? Vivimos en un mundo en que aumenta simultáneamente la riqueza para muy pocos y la pobreza para los más. Nunca el abismo entre ambos fue tan grande. En nuestra propia casa, Latinoamérica, vemos que más de un tercio de la población vive por debajo de la línea de pobreza.
La expresión “¡Jatima tova!”, con la que nos saludamos en el Día del Perdón, significa “¡Buena firma!”. Simboliza el deseo de que el prójimo sea refrendado por el Señor con una rúbrica afirmativa en el Libro de la Vida en un mundo más ético.

*Presidente del Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí (Cidicsef).



Mario Eduardo Cohen