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El síndrome de Capgras

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Me gustaría terminar con este tema antes de que el gobierno sea otro; me voy a tener que apurar. Antes de dejar descansar para siempre a Richard Dadd, quiero detenerme un momento en la tarde que cambió su vida. Recordemos que su familia, mal aconsejada por un psiquiatra pésimo, había decidido recluirlo para siempre en un hospicio. Su única oportunidad de escapar a ese destino era apelar la decisión ante su padre, a quien Richard no estaba en condiciones psicológicas de confrontar. Un artista con inclinaciones más románticas, de los que sobraban en su época, se habría suicidado. Richard no quiso, o no pudo, y resolvió en cambio matar a su padre, para lo cual –arriesgamos– tuvo antes que poder percibirlo como otra cosa. Cuando lo capturaron en Clermont, Richard declaró que la criatura que había matado no era Robert Dadd sino un demonio impostor, que había tomado forma humana en su lugar. En nuestro universo post freudiano, es casi imposible no interpretar esa alucinación como una defensa. Pero también podría haber sido la causa.
Alucinaciones de este tipo son bastante habituales. En 1873, mientras el pobre Richard pedía a sus médicos que le recetaran expectorantes para poder escupir los demonios que se le habían metido en la boca, nacía en Francia Joseph Capgras, el psiquiatra francés que identificó la alucinación del doble como fenómeno recurrente, conocida hoy como síndrome de Capgras. En los 90 se empezó a considerar la posibilidad de que tuviera un origen biológico: una suerte de prosopagnosia emocional, en la cual la capacidad racional de reconocer un rostro se mantiene intacta, pero las emociones que debería producir están ausentes. Experimentos actuales de V.S. Ramachandran parecen confirmar esta hipótesis, así como el hecho de que el síndrome de Capgras es común en pacientes con Alzheimer y demencia senil.
Sin acceso al cerebro de Richard Dadd, no podemos saber cuál de los dos modelos –el psicoanalítico o el neurológico– nos puede ayudar más a entender por qué hizo lo que hizo. Jamás sabremos si mató a su padre porque vio un demonio, o si vio un demonio para poder matar a su padre. Pero se me ocurre ahora una pregunta difícil: ¿existe la posibilidad de que ambos modelos sean aplicables?
Levante la mano el que durante todos estos años nunca se sintió víctima del síndrome de Capgras, en relación con parientes o amigos lobotomizados por la liturgia kirchnerista o sus consecuencias. Serán pocos, supongo, porque muchísimos lo hemos dicho en conversaciones de sobremesa, en Twitter, a menudo usando como referencia películas de zombies, o They Live, o alguna de las versiones de Los usurpadores de cuerpos. Todas historias que, por otra parte, no nacen de un repollo. En el libro de Diane Purkiss con el que empezamos todo esto, se mencionan cientos de variantes medievales de la misma historia: las hadas se llevan a un miembro de tu familia y dejan una criatura vacía en su lugar.
La cultura de mi época me lleva a ver mi locura –mi antikirchnerismo sistemático– como una defensa paranoica, un síntoma. La historia del psicoanálisis está pavimentada con la afirmación de que los síntomas de la locura son en realidad respuestas a la locura. Lacan agregaría que se puede construir una defensa paranoica incluso teniendo razón en todo. Comparto esa idea, y veo cómo podría explicar lo que nos pasa. Pero no me convence acá, por varios motivos. Me cuesta creer que este tipo de defensa pueda darse en masa, con características idénticas en cada caso, ante el mismo fenómeno. Y además, no me parecen defensas tan inconscientes ni tan arraigadas. De hecho, me cansé: ya está, me di por vencido, me chupa un huevo el kirchnerismo, hagan lo que quieran. ¿Qué tipo de construcción defensiva paranoica se abandona así de fácil, porque te aburriste? Y sin embargo, tampoco suena posible que nuestro antikirchnerismo tenga algo que ver con la constitución orgánica del cerebro. ¿O sí? No sé, probemos.

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo