COLUMNISTAS CONSIGNAS PELIGROSAS

El sueño del país propio

Crecen en el mundo los intentos secesionistas, casi siempre acompañados por expresiones extremas. El caso mapuche.

PABLO TEMES
PABLO TEMES Foto:Simbolo frigio remendado

En enero de 1918, el entonces presidente norteamericano Thomas Woodrow Wilson sentó las bases de los mapas políticos que llegan hasta nuestros días. En un recordado discurso, pidió “un ajuste imparcial de todas las reivindicaciones coloniales”. Su presunción era que los principios organizadores de las relaciones internacionales en la era moderna debían ser el respeto de la soberanía de las personas y el rediseño de las fronteras estatales “a lo largo de líneas de nacionalidad claramente reconocibles”. Las fronteras debían basarse en la autodeterminación. Sus declaraciones tuvieron un fuertísimo impacto en los diferentes, y numerosos, rincones coloniales de Asia y Africa.

Desde entonces, cada vez más territorios ocupados por comunidades que se identifican con un mismo pasado, una lengua, es decir, una cultura, buscan construir un Estado independiente de la nación a la que pertenecen formalmente, aunque en la práctica nunca se hayan integrado, al menos del todo. Asistimos a diversos casos, también con diferentes resoluciones.

Antes del referéndum de independencia de Escocia en 2014, desde Estados Unidos Barack Obama instó a los votantes a preservar una  Gran Bretaña “fuerte, sólida y unida”. Sin embargo, este mismo país votó a favor de retirarse de la Unión Europea poco más tarde, en 2016. El Kurdistán iraquí acaba de votar por una abrumadora mayoría, 93% a favor, la  escisión respecto del gobierno central de Bagdad. Hoy, 1º de octubre, Cataluña intentará votar su independencia de España. Los desafíos se multiplican y conmueven no sólo al país y la región en cuestión, sino también a la comunidad internacional.

Las intenciones independentistas no son una novedad reciente. Existe una tendencia estructural a nivel mundial hacia una creciente fragmentación. Cuando se fundó Naciones Unidas, se inscribieron 51 Estados. Hoy ya son 193 los miembros. No obstante, el ritmo de creación de nuevos países se ha desacelerado debido a diferentes razones, entre ellas el fin de la descolonización, primero, y el rol estabilizador del conflicto de la Guerra Fría entre las potencias que actuó para congelar las diferencias existentes al interior de los Estados. Por esto último es que conflictos como la sangrienta guerra entre hutus y tutsis en Ruanda-Burundi, o el de Kosovo, comenzaron a explotar recién luego del fin de la confrontación bipolar.

En lo que va del siglo XXI se unieron a la ONU apenas tres nuevos países: Timor Oriental, Montenegro y Sudán del Sur (si bien Suiza se incorporó formalmente a las Naciones Unidas en 2002, tiene una larga historia como Estado independiente, por lo que se la ubica en esta lista). Otros territorios, como Kosovo, Abjasia, Osetia del Sur o Somalilandia son autónomos de hecho, aunque no cuentan con el reconocimiento oficial de buena parte del mundo. En la actualidad ha aumentado exponencialmente la incertidumbre, las reglas no son claras y el orden internacional parece paralizado, lo que genera ventanas de oportunidad para que viejas reivindicaciones locales se encuentren con los intereses geopolíticos del juego de poder: Georgia (Rusia-Estados Unidos), Sudán del Sur (Estados Unidos), Libia (Estados Unidos-Rusia), Siria e Irak (Turquía-Irán). En 2014, cuando Rusia anexó Crimea, el presidente Putin justificó la acción de una región en gran parte de habla rusa con un lenguaje de autodeterminación. Ese mismo año, ISIS anunció el fin de las fronteras del acuerdo Sykes-Picot, determinadas después de la Primera Guerra Mundial. China, por su parte, estuvo reforzando reivindicaciones territoriales en el Mar de China Meridional construyendo islas artificiales.

Proliferación de nacionalismos. Normalizar el secesionismo es peligroso. El nacionalismo se está consolidando con fuerza en la política y sus expresiones se vuelven más extremas. Benedict Anderson acuñó, hace 35 años, el concepto de la nación como “comunidad imaginada”, construida socialmente por las personas que se perciben a sí mismas como parte de este grupo. Las separaciones pacíficas de los países son extremadamente raras: en líneas generales, vienen precedidas de algún tipo de catástrofe, económica o humanitaria, y son procesos que pueden terminar en una guerra civil y hasta con hechos aberrantes como prácticas de limpieza étnica. En un contexto de alta interdependencia económica y de globalización como el actual, el impacto es difícil de imaginar. Casos como el de India o el de Yugoslavia deberían servir para alentar la moderación y la prudencia más que la reivindicación militante.

América Latina sufre la histórica maldición de sus liderazgos miopes y cortoplacistas que inventan e importan conflictos para su propio rédito político inmediato. Por ejemplo, la idea de un Estado mapuche, segregado de la República Argentina y organizado políticamente en base a normas ancestrales fuera del marco institucional de nuestro país, no tiene viabilidad alguna. Organizaciones como Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) lo maquillan como un reclamo de pueblos originarios para justificar sus intereses y sus acciones, en muchos casos alejadas del marco de la ley. Los pueblos originarios, un punto además sobre el que existe contundente disputa en el caso específico de los mapuches, gozan de la garantía de ocupar sus tierras de forma pacífica. Como argentinos, no como extranjeros. Dentro del marco institucional vigente, no por la fuerza. Y bajo los derechos y obligaciones del Estado argentino, no como naciones independientes.

La clave está en la lucha de legitimidades. Como se verifica en el conflicto catalán, tiene lógica el reclamo de autodeterminación de los pueblos. ¿Puede España obligar a los catalanes a vivir compartiendo valores que no les son propios? Al mismo tiempo existe una entendible pretensión del Estado español de evitar un desmembramiento de su territorio nacional. ¿Acaso la de Cataluña sería la única ruptura? ¿Qué quedaría de la España de hoy si otras regiones relevantes, como el País Vasco por ejemplo, reavivaran sus reclamos independentistas?

Saldar estos conflictos identitarios es mucho más difícil que otros de naturaleza económica, política o social, pues a menudo son vistos por los propios protagonistas como un complejo juego del gallina. Y nadie parece dar el brazo a torcer.

Veremos qué ocurre hoy, pero resulta indispensable evitar hechos de violencia, pues combinada con un nacionalismo extremo constituye un cóctel explosivo que todo intoxicará.