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El superclásico y otras inquisiciones

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“Sí, siempre mantengan los clásicos a mano para prevenir la caída.”

Virginia Wolf (1882-1941); escrito en su diario íntimo

 

Apoyó ambas manos sobre el puño del bastón y dijo, cálido, alejado de la previsible ironía, traje gris, chaleco, camisa blanca, corbata azul, ojos buscando un cielo:  “Estoy desconcertado, Asch. Conozco bien los clásicos, pero ¿qué es un superclásico? ¿Un abuso de clasicismo, tal vez? ¿Un guiño a la desmesura dionisíaca de Nietzsche? Perdón por mi ignorancia, pero no he logrado descifrarlo”.

Me había citado al mediodía en el Dorá, el hotel donde solía almorzar arroz blanco hervido con poca manteca y una porción de dulce de leche, su postre preferido. Cada vez que lo veo, vuelvo a ser aquel chico de 18 años que en su primera nota para Siete Días se animó a desayunar con él en su departamento de la calle Maipú. Cubiertos de plata, mantel blanco, carpetita con la Union Jack, té con leche en tazas de porcelana, un bol con corn-flakes para el señor, tostadas para el jovencito y Fanny que, desconfiada, miraba de reojo ese pelo demasiado largo. Todo para pedirle a Jorge Luis Borges una composición “Tema La Vaca”, escrita en la escuela primaria.  

—No es lo que imagina, Borges. Superclásico suelen llamar al River-Boca. Es para reafirmar su estatus de derby nacional. Hoy juegan, y el país se divide.
—La división debería ser nuestro único superclásico, ¿no le parece? –suspiró, demoledor, antes de pedir más té.  

Hace cuatro años me visitó por primera vez. Le pregunté si viajaba por el tiempo, como en su cuento El otro. “La eternidad no resultó tan desdichada como la había imaginado”, asintió. Le conté que había estado presente en su entierro, allá en Plainpalais. “Viajé a Ginebra el 14 de junio de 1986 para cubrir su muerte, Borges. Después de la ceremonia esperé hasta quedarme solo frente al foso. Quería arrojarle la última flor y me di el gusto”. Me agradeció, ácido, divertido: “Qué gesto tan amable. Por cierto, debí agradecerle en ese mismo instante pero, como bien comprenderá, me resultó imposible”.

—¿Todavía detesta el fútbol, Borges? ¿O lo venció la curiosidad?
—El football es una desgracia estética, Asch. Por fortuna tuve la precaución de ser ciego, aunque admito que su exótico dialecto me atrae. Ayúdeme, me gustaría sorprender a algunos amigos comentando un match y quisiera empezar con este… superclásico. ¿Seré capaz?
—Maestro, si yo hablo de fútbol, ¡usted también! Y mucho mejor si está ciego. Pregunte lo que quiera.

—¿Es seguro ir al estadio? ¿Se evitará la previsible batalla entre las hordas de un club y el otro?   
—Es que… ya no dejan ir al público visitante, Borges. Es por seguridad. Van sólo los locales y los barras, que se matan entre ellos.  

—Qué notable esa persistencia en la unanimidad… En fin. He notado que los footballers difícilmente se refieren al saber. Por el contrario, recurren a la “conciencia”. Dicen por ejemplo: “Somos conscientes de esto, o de aquello”. ¿Qué piensa, Asch? ¿Prima en ellos el fenómeno psíquico, o una ética?
—Bueno, ehhh…

—Algo parecido sucede con la idea. Se prefiere el “concepto” en tanto unidad cognitiva de significado. “¡Flor de concepto tiró el Muñeco!” o “El Vasco tiene conceptos claros”, elogian.   
—Sí porque…

—La “cosa” es otro punto interesante. No la cosa-en-sí kantiana, sino la cosa como objetivo único, abstracto. “Hoy hicimos bien las cosas”, se ufanan. “Queremos pelear cosas importantes”, anuncian. Y ante cualquier incidente eventual, sintetizan: “Son cosas del fútbol”.
 —Qué cosa, je.

—Lo mismo cuando refutan la negatividad dialéctica. En lugar de responder “no”, el footballer plantea la incertidumbre. Si la pregunta es: “¿Por qué hoy fueron un desastre, Pérez?”, Pérez dirá: “No sé si fuimos un desastre”. Y así. No saben. ¿Lo aburro?
Borges quería más data sobre el slang futbolero, así que le preparé una lista de las sentencias más conocidas.
—A ver, anote maestro: 1) Técnico que debuta, gana. 2) El 2 a 0 es el peor resultado. 3) Dos cabezazos en el área es gol. 4) Penal bien pateado es gol. 5) La verdad está en el verde césped.

El Maestro quedó muy impresionado.

—La verdad en el verde césped… Qué audaces. No estaría mal intentar con un oxímoron. Césped azul, por ejemplo.
—Dos más: “Partidos son partidos”, y “Hasta el minuto 90 todo puede pasar”.

—Ah, los griegos… El racionalismo en Parménides: “Lo que es, es”, y el devenir que fluye en Heráclito. ¿No advierte un fatalismo desmesurado en todas estas afirmaciones? ¿En qué se basan, Asch?
—En nada, Borges. Cada tanto suceden, y todos se esfuerzan en creer que siempre pasan. Así, a fuerza de repetición y necedad, se hicieron dogma.

—Ahá. Y dígame: ¿cómo hago para comentar atinadamente cada jugada?  
—Es fácil. Si es gol, diga que los defensores marcaron mal; si no es gol, que los delanteros no saben definir. Juzgue cada contingencia como intencional: un jugador jamás “falla”; siempre regala, desperdicia, devora, rifa. Y si todo va mal, la culpa siempre es del árbitro.
Demasiada información para Borges. Parecía agotado, o triste, sobre todo después de descubrir algunas figuras que juzgó banales (“hambre” como virtud) o perturbadoras (“hacer tiempo”, como mera especulación). Cuando le expliqué que la palabra “aguante” era usada como sinónimo de valentía, se derrumbó.

—Tener aguante… –pensó en voz alta. Entonces repitió aquella frase que hace años le dedicó a Leopoldo Fortunato Galtieri, el general que pretendía ser “un segundo Perón”.
—Qué aspiración tan modesta –dijo, antes de elegir el prudente silencio.



jasch