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El surfeo como política

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No se conocen las causas del cambio de titular en la Secretaría de Comunicaciones dispuesto por el Gobierno el 27 de marzo, cuando Lisandro Salas fue reemplazado por Norberto Berner, un abogado que se desempeñó como director estatal en Telecom. Es sabido, sin embargo, que esta novedad junto al cambio de presidente de la empresa Argentina de Soluciones Satelitales (Ar-Sat, donde Matías Bianchi Villelli asumió en lugar del renunciado Pablo Tognetti) afecta la relación de fuerzas interna en el Gobierno e implica un ascenso de La Cámpora en detrimento del ministro de Planificación Federal, Julio De Vido.

El área de Comunicaciones es estratégica ya que lidia con los prestadores de telefonía fija y móvil y de conectividad a Internet. También gestiona inversiones en satélites y fibra óptica por montos que superan los 4500 millones de pesos. El crecimiento macroeconómico de buena parte del ciclo kirchnerista no se percibe en Comunicaciones si se toman como indicadores la prestación de servicios de calidad, la realización de inversiones para la mejora del sector y una estructura de precios accesible para los usuarios.

La Secretaría de Comunicaciones surfeó la última década combinando anuncios que no se concretaron (el más reciente fue el compromiso de lanzar en marzo de 2013 la empresa estatal Libre.ar de telefonía móvil, a cargo del 20% del espectro, tras una licitación dirigida a grupos privados que el Gobierno convocó y luego anuló) con una práctica tolerante con la concentración del sector en pocas manos. Esa práctica es tributaria de la Ley de Reforma del Estado de 1989. La responsabilidad del tributo no sólo incluye al Poder Ejecutivo sino también al Congreso, que se abstuvo de impulsar cambios significativos en el área.

La actividad del gobierno en Comunicaciones, funcional a los grandes operadores telefónicos, contrasta con la que registra en el campo audiovisual, donde a partir de 2008 denunció la concentración del sistema de medios y alteró la posición dominante de Clarín. El mercado audiovisual presenta hoy nuevas relaciones de fuerza, con una reconfiguración de grupos concentrados, además de una intervención estatal que alienta a conglomerados como Vila-Manzano o Cristóbal López.

La facturación de Telefónica y Telecom (que tienen entre sí una vinculación societaria avalada por el gobierno) multiplica siete veces la del Grupo Clarín. Si se suman los servicios convergentes de telefonía fija, telefonía móvil, conexión a internet y televisión por cable, Clarín absorbe menos del 10% de la facturación; Telefónica el 28,4%, Telecom el 27,6% y Telmex el 22,6%. En parte, ello se debe a que la telefonía (móvil y fija) genera ingresos superiores a los 40 mil millones de pesos, en tanto que la televisión de pago y la conectividad a Internet son un mercado casi cuatro veces más pequeño. Tres conglomerados (Telefónica, Telecom y Telmex) capturan el 97% de los ingresos de telefonía.

Estos servicios convergentes son los que transportan los contenidos informativos y de entretenimientos que consume la mayoría de los argentinos. La calidad de ese transporte de contenidos, su precio, su velocidad, la asimetría entre “subida” y “bajada” en la arquitectura de las redes digitales y la garantía de que no se ejerce discriminación favoreciendo firmas propias y perjudicando a terceros, deberían ser aspectos regulados desde Comunicaciones. Sobre todo, teniendo en cuenta que en la Argentina esa calidad es muy desigual por razones socioeconómicas y geográficas. Las brechas de ingresos y de lugar de residencia inciden en el acceso a los contenidos que distribuyen las redes.

La ausencia de políticas inclusivas en Comunicaciones incidió también en el cuello de botella que sufren otros actores que podrían prestar servicios más atentos a las necesidades de los usuarios, como el movimiento cooperativo. En algunos lugares del país las cooperativas brindan eficientes servicios públicos. En telecomunicaciones no encontraron hasta ahora un Estado presto a facilitar su participación.


*Especialista en medios; en Twitter @aracalacana



Martín Becerra