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El tiempo pasa, incluso en Argentina

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Intimida semblantear una década en cuyo borde aún se está. Supone pretender instalarse en un bucle del tiempo que vertería todo su sentido en la palabra propia. Si cada cosa, cada hecho y toda vida guardan un secreto, sobrevolar raudamente por encima de la superficie de la historia es traicionarla. Como el Angel de Walter Benjamin, marchamos hacia el futuro de espaldas, como si no necesitáramos ver el camino por conocerlo, con la sospecha de que al final nos encontraremos de nuevo en el punto de partida.

Si nos cabe esta imagen, es porque los argentinos tenemos la sensación de vivir fuera del tiempo, como si todo lo que pasa, y nos pasa, no fuera nada. ¿Pero es realmente así o ésa es la imagen con la que intentamos fugarnos de nuestra historia, de nosotros mismos?
Captar la estela que deja el rastro colectivo exige traspasar la espectacularización a la que cotidianamente estamos sometidos en todos los planos. En estos días, en particular en lo político, donde los fuegos de artificio electorales ciegan la visión, ocultando la fisonomía de lo que acontece por debajo.

Debemos resistirnos a balances sumarios, que requerirían una distancia que no tenemos. Conviene reseñar a grandes trazos. Destacar, por ejemplo, las explosivas transformaciones sociales, que modifican hábitos y códigos: en la sexualidad, la convivencia, la comunicación, etc. ¿Somos hoy una sociedad menos hipócrita o sólo aumentó nuestro exhibicionismo adolescente? Probablemente ambas cosas mezcladas. ¿Tramitamos hoy con mayor civilidad nuestros furores y conatos de violencia? La sociedad argentina sigue siendo excesivamente caliente, pero la agitación está en el ágora como nunca, a la vista de todos, con lo mejor y lo peor que tenemos.

Son años en los que la política aumentó su peso en el moldeado de la vida común. He ahí un valioso instrumento para quienes se deciden por el compromiso con esa dimensión de lo público. Es un motor que se acelera y extiende su onda expansiva hasta abarcar cada vez a más personas. Falta que las organizaciones políticas se reconstituyan para contener y articular esa participación creciente.
Han aumentado algunos consensos, especialmente en lo concerniente a la necesidad de una presencia eficaz del Estado, a la inclusión de derechos y a la igualdad, valores tan importantes como el de la libertad. Por otra parte, la sombra del narcotráfico y de otras estructuras delictivas sofisticadas se cierne inquietante sobre nuestro territorio, se mete en los eslabones más débiles de la población, pero comienza a crecer la conciencia pública de esta amenaza, lo que puede evitar que se agudice como un factor imparable de la disolución de los lazos sociales y de la cooptación mafiosa de las estructuras del Estado.

Si enfocamos la mirada hacia el mundo, lo vemos cambiar en materia geopolítica, en la superación definitiva de rémoras de otros tiempos, pero también en la creciente complejidad de nuevos problemas. La disolución de muchos regímenes genera la diáspora desesperada de miles de familias que golpean a las puertas del mundo supuestamente civilizado, que indiferente no asume sus propias responsabilidades.
El orden mundial, dominado por un capitalismo alienante y alienado, genera las condiciones para que el malestar aumente, presionando por respuestas fallidas que una vez más favorecen la producción de lo ominoso. Somos parte de este mundo, que nos afecta y al que afectamos, pero solemos perderlo de vista.

Ni enteramente ganada y menos aún perdida: nuestra década es una década vivida, en la que hemos realizado algunos aprendizajes que deberán servirnos en el futuro, para no empastarnos en un presente absolutizado, para seguir forjando mayor conciencia comunitaria, sin la cual ningún destino individual prosperará.

 

*Filósofo. Ex senador.



Samuel M. Cabanchik