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El triunfo de la runfla

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default Foto:Cedoc

En este tiempo de vacas flacas, donde periodistas y analistas políticos se preguntan quiénes son los responsables de los desaguisados y la inoperancia en relación con la infraestructura del país, algunos nos preguntamos dónde están aquellos recursos humanos que el país produce con el nivel de instrucción y la especialización suficiente para enderezar un barco en el medio de la tormenta. Puntualmente, dónde está el saber técnico en el Estado, qué ocurre con aquellos que después de años de inversión en capacitarse no aparecen en puestos clave. Está claro que en política la meritocracia no aplica. Que, en Argentina, el saber técnico muchas veces es sistemáticamente menospreciado y sustituido por la rosca política, la militancia del amiguismo, la runfla. Pero, por otro lado, en política uno subsiste persistiendo, nunca abandonando. Mi percepción es que pocos llegan a estar en el lugar adecuado en el momento adecuado y, en general, son los relativamente mediocres los que manejan los diferentes niveles de gobierno; es decir, el porvenir del Estado.

Habría que averiguar no sólo acerca de la dinámica de las elites políticas que desechan a los que no son leales, sino también de las debilidades de aquellos cuadros políticos capacitados que no llegan al ápice del poder. En este último aspecto me voy a concentrar elaborando algunas hipótesis para abrir el debate. La primera hipótesis es que los especialistas, como tales, tienen poca capacidad de rotación en puestos del Estado. Un especialista en un determinado tema que invirtió tiempo en su formación para resolver los problemas de su área tendría muy poco incentivo para aceptar un puesto de importancia en otra área del Estado una vez que termine su tiempo de gestión. En ese caso ocuparían esos puestos políticos con “cintura” y capacidad de ser fungibles en diversos cargos. Así es como se ve la rotación de políticos “de carrera” (especialmente de abogados) en diferentes puestos protagónicos del Estado sin tener la más mínima instrucción sobre el área de la que se hacen responsables.

Otra hipótesis es que hay pocos especialistas con capacidad de persuasión. He escuchado en diversas circunstancias que a los especialistas no se los escucha, ya que la dinámica política, las conveniencias eventuales y el contexto social determinan las decisiones. Este argumento es válido, pero desconfío también del poder de persuasión de los especialistas para que un líder político asuma costos en el corto plazo que podrían transformarse en beneficios sociales en el mediano plazo. Así se evitarían políticas populistas beneficiosas en el corto plazo pero catastróficas en el resultado final. Esta hipótesis está relacionada con el miedo. Un superior puede ser un mediocre; por lo tanto, si se le acercan ideas con soberbia aparece el miedo. Al mediocre le da miedo el que sabe porque lo pone al descubierto. Es cierto que la política es un desfile de soberbia, pero en este sentido debemos preguntarnos cuántos especialistas pierden el rumbo por no saber persuadir en un contexto de “guerras de vedettes.”

Por último está el tema remunerativo. La hipótesis sería que los especialistas, al tener cierto nivel de instrucción y capacidad, desarrollan cierta independencia de la teta del Estado en actividades del sector privado que los remuneran mejor y los van alejando de la cosa pública. Aquí tengo mis dudas. En primer lugar, porque no hay sitio para todos en el sector privado. En segundo lugar, porque la vocación por el sector público pesa. En tercer término, porque el sector privado no es ajeno a la mediocridad. Por último, porque hay en el Estado miles de especialistas con vocación que complementan sus ingresos con sus trabajos en el sector público y con eventuales trabajos en el sector privado.

Es fácil echarle la culpa a la corrupción estructural, al amiguismo, a la falta de oportunidades. Seguramente estos factores tienen muchísimo peso a la hora de elegir colaboradores en un gobierno. Pero oportunistas hay en todas partes y por lo tanto no pueden ser totalmente determinantes. En estos treinta años de democracia fueron muy pocos los políticos a la altura de las circunstancias que entendieron la complejidad del Estado argentino para resolver sus problemas. Haber los hubo. Pero la percepción es que se necesitan más.


*Politólogo.


Martín Kunik


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