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El turno de América

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Europa se desangra por los bordes y en el centro mismo de su cuerpo herido se entrega a diversiones cada vez más neronianas. El Brexit, resultado del voto rural y pobre, efecto de la ignorancia cívica en que la derecha mantuvo a los sectores más castigados por el Estado Universal Homogéneo, abre una puerta para que por ella entren las aguas heladas del cálculo egoísta.
Aunque pretendan negarlo, la idea de Europa quedó resquebrajada después de la decisión anglosajona, porque demostró lo precario de los vínculos establecidos. Por otro lado, el mundo tártaro, que tantas fantasías alimentó en el pasado, tembló con un golpe de Estado que, si bien fue conjurado, demostró la precariedad de los límites comunitarios, detrás de los cuales la presión musulmana se vuelve intolerable.
Nos cuentan que en el corazón de Europa, Berlín, los jóvenes que piensan “La vida es aburrida, divirtámonos” se entregan a esnifar chocolate, costumbre introducida por el belga Dominique Persoone en 2007 (Bruselas es la capital de Europa).
Aspirar cacao por la nariz produciría endorfinas en la sangre, lo que, al combinarse con la música, el baile y las luces de los clubes, genera un estado de euforia y de huida hacia delante. O mejor, hacia el oeste, porque el xocolatl (así es en náhuatl) es producto americano. El siniestro Hernán Cortés, cuando lo descubrió (Colón no había tenido éxito en su promoción), escribió para la posteridad: “Cuando uno lo bebe, puede viajar toda una jornada sin cansarse y sin tener necesidad de alimentarse”.
El siglo XVII desparramó el cacao a través de los reinos europeos (Italia y Francia, en primer término). En 1646 comenzó a venderse en las droguerías y farmacias alemanas. En 1763, los cerveceros ingleses pidieron que se limitara la fabricación de chocolate. Hoy, al aspirarlo, Europa dice que ya no da más, y mira hacia este lado del mundo buscando su esperanza. Dios nos libre.

Daniel Link