COLUMNISTAS TRUMP Y EL CAPITALISMO

El último mundo

Hace unas semanas, en el programa radial de una emisora española, dos comediantes populares que improvisan a partir de temas que les proveen los oyentes elucubraron una serie de argumentos hilarantes para responder a una pregunta sobre el segundo mundo: se habla mucho del primero y del tercero, ¿pero qué pasa con este gran olvidado?

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Hace unas semanas, en el programa radial de una emisora española, dos comediantes populares que improvisan a partir de temas que les proveen los oyentes elucubraron una serie de argumentos hilarantes para responder a una pregunta sobre el segundo mundo: se habla mucho del primero y del tercero, ¿pero qué pasa con este gran olvidado?

La nave del tiempo ha ido cubriendo de polvo ese espacio que ocupaban los países socialistas pero también ha sepultado bajo los escombros el planteo político que alumbraba la “tercera posición” y la liquidez del recién de-saparecido Bauman puede llegar a alcanzar el culmen si, tal como se perfila, se siguen acumulando condiciones objetivas que desintegren aquello que todavía se llama “primer mundo” y que ya comienza a ser un recuerdo que se puede revisar en las más de mil páginas de Postguerra de Tony Judt. Es más, ya en esa obra, publicada en 2008, el año “D”, el del desembarco de la Gran Crisis, lo cual le confiere la virtud de epitafio, Judt, mirando el presente, cita a Stefan Zweig cuando, con añoranza del mundo perdido anterior a la Primera Guerra Mundial, expresa “pesar por los que eran jóvenes durante esos últimos años de confianza”.

Se sostiene sin parpadeos que el centro llevaba más de siete décadas expandiendo su hegemonía y esa expresión de deseo histórico estalla con sólo volver la mirada al movimiento de disolución que comenzó en los 70, en plena Guerra Fría y con los países no alineados aún sentados en la mesa, ante las primeras deslocalizaciones laborales y alcanza su cenit hoy cuando ha convertido el trabajo en una quimera. Eso nos lleva a hablar del “extremo centro”, expresión acuñada por el historiador Tarik Alí, director de New Left Review, quien afirma que “Asistimos al divorcio del capitalismo y la democracia”. No hemos pasado de un mundo bipolar a otro multipolar, como explican los think tanks neoliberales, estamos ante un mundo apolar, como afirma el chileno Ricardo Lagos: no hay polos en la uniformidad global.

La elección de Donald Trump y la celebración de su ascenso por los mercados hacen pensar que el capitalismo actual no tiene mayor reparo a la hora de optar por un interlocutor políticamente incorrecto pero sistémicamente estable. Un actor gubernamental que opera desde su cuenta de Twitter y que levanta relatos de humo con velocidad digital: su proteccionismo o la regulación que promete no deja de ser un relato tan efímero como un snapchat. Su aversión a China está construida sólo con sentimentalismo tóxico ya que, al final del día, está claro que únicamete anhela un sistema económico cuyo dominio no pueda ser contestado. Un modelo que, por otra parte, ya se incuba en Europa. En  Prato, un tradicional centro de fabricación y diseño de moda  situado en la Toscana, se ha convertido no sólo en centro de importación de ropa desde China, sino en un centro de producción. Inmigrantes clandestinos chinos llegan constantemente a Italia para trabajar en los miles de talleres de la ciudad a tres dólares la hora, o unos doscientos dólares por la producción de veinte vestidos. Los estándares de calidad de los artículos, por supuesto, son mínimos y están lejos de los exigibles a un buen trabajo artesanal, aunque la etiqueta los identifique con una marca y una denominación de origen –Made in Italy– de primera calidad.

Stefan Zweig sentía tristeza por los jóvenes que habían conocido un mundo anterior a la guerra. Hoy, los jóvenes del “primer mundo” que se han formado en la burbuja de la economía financiera y su proyecto vital está encallado en la crisis, tienen nostalgia de lo que quizás no lleguen a obtener en un mundo que se diluye ante sus ojos.

La broma no es preguntar dónde se escondió el segundo mundo sino adónde buscar el primero. Aunque no se trata de un chiste, quizás, sí, un cruel cuento chino. Sólo hay que leer a Trump en las redes: nos lo cuenta en 140 caracteres. No necesita más.

                                                 

*Escritor y periodista.



MIGUEL ROIG