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El vacío está servido

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La historia es explicación” enseña Fernand Braudel. Explicación de cómo se gestan las sociedades y las culturas y, por resultado, de cómo son en el presente. Y en el caso argentino, con una riquísima historia llena de sobresaltos y cabriolas es de buen arte mirar el pasado buscando claves del presente, claves, no analogías, pero claves muy decidoras. Y en este tránsito del kirchnerismo al macrismo que estamos viviendo, la dinámica de los hechos políticos –ya que no su contenido mismo, claro- acepta que le pongamos unas luces de la Buenos Aires de 1852.
En ese tiempo, el largo y musculoso gobierno de Juan Manuel de Rosas se derrumbó casi desde adentro en la batalla de Caseros. El derrotado gobernador partió al exilio dejando el poder formal al triunfante entrerriano federal Justo José de Urquiza.

En Buenos Aires Urquiza encontró una ciudad próspera con una clase dirigente y empresarial que había crecido en los años anteriores, una integración simbólica de los sectores más pobres y marginados a la vida pública a través de la popularidad de Rosas y una épica nacionalista y de prestigio internacional que servía de argamasa política al derrocado sistema de poder. Los hombres de la época comprendieron esta complejidad. Alberdi propiciaba que Urquiza se colocara en el lugar vacante y realizara con el mismo autoritarismo del vencido una política de impulsos al desarrollo material. Sarmiento temió esa alternativa porque comprendía que las fuerzas actuantes hasta Caseros seguían vivas en la provincia mayor y decisiva de la Argentina; y eligió volverse a Chile.

En los meses siguientes, Buenos Aires se sacudió las odiosas prácticas dictatoriales del rosismo y las restricciones a la libertad y reabrió una intensa vida política que estaba adormecida desde los tiempos de Rivadavia y la generación de 1837. Y en esa vida política participaban todos, los de antes, los recién ganadores y los que regresaban del exilio. Era un espacio de gestación, pero por el momento faltaban dos elementos de equilibrio político que se habían ido con Rosas: el relato de la grandeza y la inclusión popular.

Siete meses después de Caseros, el 11 de septiembre de 1852, la ciudad de Buenos Aires se sublevó contra Urquiza sellando la separación que arrastraríamos dolorosamente durante nueve años de guerra. Y con esa separación, también se perdía para la ciudad el discurso de la unidad y la organización constitucional que había ocupado el escenario como capitel de la acción pública.

Sin Rosas, sin Urquiza, sin el proyecto de unidad y sin el orgullo nacionalista, la ciudad cae en un vacío político. Y las masas populares, que sostuvieron con firmeza al gobierno autoritario de Rosas que se ocupaba de hacerles sentir su protección y festejarlas, quedaron transitoriamente al margen del bullicio político. No podía ser una marginación muy larga, pues desde las Invasiones Inglesas habían tomado un lugar protagónico en la política argentina que no perderían nunca, tampoco en los tiempos hasta nuestros días, valga la acotación.

Tulio Halperin Donghi, que analiza estos sucesos con su minucia prestigiosa en Una nación para el desierto argentino, cuenta que en ese vacío activísimo en debates y propuestas es donde crece la figura de Bartolomé Mitre. Tiene poco más de treinta años, Alberdi lo descalifica con “pobre niño”, pero él ha sentido ese vacío y levanta su oratoria para fundar el Partido de la Libertad. Le habla a las masas y les propone un nuevo proyecto de grandeza recuperando los trabajos aún recordados de Bernardino Rivadavia. Y hace más, proyecta e impulsa la repatriación de los restos del primer presidente argentino que son recibidos en Buenos Aires, en 1857, en medio de una apoteosis.

En palabras de Halperin Donghi, “Es que, como no se fatigará desde entonces de denunciar Alberdi, la causa de la libertad, que Mitre evoca en riadas de cálida oratoria, oculta la eterna causa de Buenos Aires. La provincia hegemónica, que ha visto partir al destierro a su paladín de un cuarto de siglo, sólo ha necesitado unos pocos meses para reemplazarlo”.

Esos episodios históricos que gloso nos enseñan mucho de política y puede ayudarnos a ver los problemas del presente. El reemplazo de Rosas por Urquiza fue, al principio, un episodio sonoro, pero que no cambiaba las estructuras de fondo. La dificultad de Urquiza para dar a la “provincia hegemónica” un discurso y una conducción que incluyera a los sectores populares deja un vacío político pero poblado por las nuevas libertades. Y como al poder y a la política les repugna el vacío, pronto la sociedad encumbra nuevos protagonistas y nuevas ideas, porque Mitre no es hijo del vencedor ni del vencido y sabe salir de la confusión por arriba, con un proyecto nuevo, que él llama “nacional” y que será, con el andar, el de la formación de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX.

Y esas claves, esa dinámica y esos frutos, acaso sirvan para comprender lo que tenemos y lo que falta en la Argentina de nuestros días. Transitamos entre dos grupos políticos, vencedores y vencidos, que se declaran antitéticos, sin que ninguno de entrambos logre levantar vuelo. Y las mayorías populares observan esperando, intrigadas y temerosas.

¿Está servido el vacío?                                                     

*Economista e historiador.



Daniel Larriqueta