COLUMNISTAS MOVILIDAD SOCIAL

El valor de la familia

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Un reciente estudio en EE.UU. muestra contundentemente que la familia es uno de los elementos que mejor explican el éxito en la movilidad social de los norteamericanos. Las personas que vivieron en ámbitos familiares más estables, al cabo de treinta años tuvieron más éxito económico y social que quienes no lo hicieron.

Otra investigación hecha en la provincia de Buenos Aires prueba de manera indubitable la relación que hay entre la contención familiar y el consumo de sustancias adictivas. Jóvenes que contestaban afirmativamente a preguntas como “¿sentís que tus padres te quieren?”; “¿hablás con ellos sobre lo que te angustia?”; “¿sentís que contás con tu familia cuando tenés un problema?”, tienen muchas menos posibilidades de consumir drogas que quienes daban contestaciones negativas.

La estabilidad familiar está también relacionada con el éxito en la escuela, entre otras razones porque los niños necesitan nutrición, afecto y estímulo para poder procesar lo que se les enseña ; y ello está inevitablemente asociado al núcleo familiar. Estudios que hemos realizado en villas de la CABA, donde encontramos más de 50% de hogares monoparentales de jefatura femenina, muestran que los niños tienen –según uno de ellos lo dijo– “hambre de papá”. Los adolescentes vinculan la falta de padre con un handicap difícil de superar a la hora de consolidar sus aspiraciones para imaginar un proyecto de vida estable.

Todas estas evidencias acerca de la importancia del núcleo familiar para la construcción de la vida tienen, sin embargo, poca correlación con lo que está sucediendo en la actualidad. En la Capital, por ejemplo, se divorcia una pareja cada hora y media, lo que implica que crece el número de divorcios en relación con los matrimonios. Mientras en 1990 por cada tres parejas que se casaban otra se separaba legalmente, el año pasado la relación fue de dos por una. Pero las madres separadas (o las adolescentes primerizas) no vuelven a armar familias estables, como lo demuestra el crecimiento exponencial  (49% entre 2001 y 2010) de los hogares de jefatura femenina; y en especial de los hogares más pobres.

El alto porcentaje de hogares con jefatura femenina en la Argentina es un fenómeno de larga data. Según el Indec, aumentó del 23 % en el año 1991 al 26% en 1997 y al 29% en 2001. En el Censo de 2010 llegó al 34%.

Pero lo más relevante es que el incremento fue mucho mayor en los hogares de menores ingresos, donde la jefatura femenina aumentó su peso relativo en 75% en el primer quintil, pasando del 14,5 en 1991 al 33% de los hogares.

O sea: solas, cada vez más pobres y con menos posibilidades de recuperarse, porque el crecimiento de los hijos pone más y más presión sobre el ingreso familiar.

A pesar de la centralidad que la familia tiene para la construcción de la vida, la discusión sobre sus roles ha estado teñida de cuestiones ideológicas. Para algunos autores y dirigentes políticos, la defensa de la familia suena a “argumento conservador”, aun cuando las mismas personas más pobres expresan mayoritariamente que la necesitan. La discusión sobre el matrimonio igualitario muchas veces bordeó el conflicto con la idea de familia tradicional, como si una cosa excluyese la otra en el imaginario progresista dominante en el Gobierno.

La superación de la pobreza y la equidad exige superar esa disputa improductiva y lograr acuerdos estratégicos sobre lo que denomino “la familia como herramienta”; o sea todas aquellas cuestiones que permiten que la familia potencie sus roles positivos en beneficio de sus miembros.

Si pensamos la vida como una serie de trayectos que se encadenan y tienen características específicas, será posible ordenar la acción del Estado con una buena base conceptual y operar en consecuencia. La familia (incluyendo obviamente a la monoparental) necesita tener tiempo disponible para ella misma; un ámbito vital digno; posibilidades para que los niños sean cuidados de modo que los padres puedan trabajar; una escuela que además de educar, sepa mirar lo que sucede en el núcleo familiar y ayude cuando sea necesario; un ámbito urbano que los proteja. Y que cuando los niños crezcan, cuente con las herramientas para acompañarlos, escucharlos y ayudarlos cuando sea necesario.

Hay muchísimas soluciones exitosas para cada uno de estos temas en la experiencia internacional. Pero para poder reproducirlas, es esencial poner a la familia con sus carencias y posibilidades en el centro de nuestra mirada social, dándole la importancia que tiene como eje de una sociedad más equitativa y construir alrededor de ello un acuerdo político que haga sustentables las acciones que se decidan.

*Responsable de políticas sociales de la Fundación Pensar.



Eduardo Amadeo